Publicado por: Editorial
Tenemos que reconocer que Bucaramanga ha perdido casi por completo la imagen de ciudad limpia, ordenada y respetuosa que durante décadas fue orgullo regional y motivo de reconocimiento nacional. Ese prestigio bien ganado ahora se ha desdibujado ante la indiferencia y el maltrato permanente y por las acciones y omisiones acumuladas de quienes la habitamos. La ciudad ya no es víctima de su destino, sino del maltrato que sufre a diario.
Para comprender lo que estamos perdiendo, basta observar el estado actual de nuestros parques, que fueron referente urbanístico, riqueza ambiental y punto de encuentro familiar, pero hoy muestran mobiliario e infraestructura deteriorados, zonas verdes arrasadas y una suciedad que los hace poco acogedores. Los andenes, que debían ser el camino seguro para el peatón, se han convertido en extensiones de negocios o estacionamientos improvisados. Las fachadas de las casas y edificios, que antes reflejaban cuidado y limpieza, ahora muestran un abandono que empobrece el paisaje urbano y transmite una sensación general de descuido.
Esto significa, ni más ni menos, que ya no se observan las normas de urbanismo, que garantizan una convivencia ordenada. La limpieza de calles y espacios públicos se ha delegado absolutamente en las autoridades, mientras los ciudadanos se desentienden de sus obligaciones y olvidan que el amoblado urbano, desde una banca hasta una papelera, es un bien común que requiere cuidado colectivo para cumplir su función.
Por supuesto, ya no se ve al ciudadano que barría el frente de su casa (hacia adentro) o que cuidaba su fachada; el simple acto de depositar la basura en su lugar parece haberse vuelto una molestia, y esta erosión de los hábitos cívicos afecta la imagen de la ciudad y deteriora la convivencia diaria. Es necesario volver a ese camino que, más que mensajes esporádicos, requiere un replanteamiento profundo de nuestra relación con la ciudad. Se debe regresar a las campañas cívicas sistemáticas que educaban y concientizaban sobre la importancia de cada pequeño gesto cívico.
La instrucción sobre cultura ciudadana debe ser un pilar fundamental, y su enseñanza debe comenzar por los niños y jóvenes, que deben aprender desde las aulas el valor del espacio público y el respeto por la ciudad y por los demás, pero este aprendizaje debe extenderse a toda la población a través de campañas masivas, permanentes y efectivas que lleguen a cada hogar y comercio, que promuevan la solidaridad y el cuidado del entorno como parte esencial de nuestra identidad como bumangueses. Debemos promover activamente el cuidado del medio ambiente, entendiendo que un parque limpio es una inversión en nuestra propia salud.
Debemos recordar como ciudadanos que el respeto por el otro se manifiesta también en el respeto por el espacio que compartimos, y la solidaridad se demuestra en proteger lo que es de todos. Recuperar nuestra grandeza pasa por recuperar estos gestos mínimos pero fundamentales de convivencia, como un llamado a la acción basado en la experiencia de lo que funcionó. Reconstruir el tejido social a través del cuidado del entorno nos compete a todos; la administración debe liderar, pero el cambio está en la decisión de cada persona de asumir un papel activo.
Reactivar el espíritu de las campañas ciudadanas es una necesidad inaplazable para devolverle a Bucaramanga el título que un día la engrandeció. La cultura ciudadana no es una frivolidad, sino la columna vertebral de una sociedad funcional y próspera, y para ello, recuperar el respeto por los parques, andenes, fachadas y normas de urbanismo, entre otras cosas, es recuperar el respeto por nosotros mismos. La tarea es ardua, pero el premio es volver a vivir en la ciudad que todos merecemos.










