Publicado por: Editorial
La catástrofe que ha sacudido el occidente del país, con un terremoto de magnitud 7,4 que ha dejado un número aún por establecer de víctimas fatales y una estela de destrucción en ciudades como Pereira, Manizales, Armenia y Cali, debe servirnos en Santander como la más severa de las advertencias, pues aunque el epicentro se haya localizado en Chocó, la fuerza del movimiento telúrico se sintió en casi todo el territorio nacional, recordándonos que somos un país ubicado en una zona de alta complejidad sísmica.
Esta es una realidad que en el área metropolitana de Bucaramanga y en el municipio de Los Santos, una de las regiones con mayor actividad sísmica del país, hemos preferido mirar de soslayo, como si la rutina diaria pudiera protegernos de un fenómeno que no entiende de calendarios ni de prevenciones a medias. La pregunta que debemos hacernos hoy, con las imágenes de edificios colapsados y familias enlutadas aún frescas en la memoria, es si nosotros estaríamos preparados para enfrentar una emergencia de esta magnitud.
La respuesta, lamentablemente, es que no, entre otras cosas porque hemos evadido esta realidad, postergando inversiones cruciales y restando importancia a la necesidad de implementar una cultura de la prevención que vaya más allá de un simulacro anual. Se trata de fortalecer hasta dejarlas en las mejores condiciones todas las entidades, el personal especializado y los sistemas de atención de desastres, en estrecha coordinación con la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, Ungrd, para que la preparación se convierta en una permanente política de Estado.
Se debe asumir con seriedad la necesidad evidente de adelantar permanentes campañas de prevención y educación en materia de riesgo sísmico, tanto para informar a la ciudadanía sobre cómo actuar durante un temblor, como para generar una conciencia colectiva sobre la importancia de las normas de construcción sismorresistente y la identificación de zonas seguras. La formación en cultura de la prevención debe comenzar en las escuelas y extenderse a todos los rincones de la sociedad, para que la respuesta ante una emergencia sea automática y eficaz, reduciendo así el pánico y las malas decisiones que pueden costar vidas.
Si una tragedia como la que hoy vive el occidente llegara a ocurrir en Santander, necesitamos tener la certeza de que todas las entidades responsables cuentan con los recursos, el entrenamiento y la logística necesarios para responder de manera inmediata y acertada. El objetivo principal debe ser siempre el de reducir al mínimo el número de pérdidas de vidas humanas, pero también debemos estar preparados para proteger la infraestructura pública y las residencias. La fragilidad de nuestras construcciones y la falta de planificación urbana pueden convertir un desastre natural en una tragedia humana de proporciones incalculables.
No sirve esperar a que el suelo tiemble bajo nuestros pies para comenzar a actuar, porque cuando eso sucede, como hemos visto, ya es demasiado tarde. La prevención y la preparación son los únicos escudos efectivos que tenemos contra la furia de la naturaleza; luego, asumir esta responsabilidad es un deber ineludible que tenemos para con nosotros mismos y para con las generaciones futuras. Debemos concientizarnos todos, tanto las autoridades como la ciudadanía de Bucaramanga y Santander, para responsabilizarnos y actuar con la seriedad y la energía que esta situación exige, porque la próxima vez, el epicentro podría estar más cerca.
Desde Vanguardia queremos enviar nuestra más sentida y respetuosa voz de solidaridad a todas las familias colombianas que hoy sufren el luto o el desamparo a causa del terremoto que nos ha conmovido a todos. En este momento de profundo dolor, nuestra cercanía y nuestro apoyo están con ellos, con la esperanza de que la pronta acción del Estado y la solidaridad del país entero puedan aliviar, hasta donde sea posible, el inmenso pesar que hoy los embarga.











