Santander
Lunes 10 de agosto de 2026 - 10:19 AM

Cuando la tierra nos mueve el piso: los grandes sustos de Santander

Santander ha sido una tierra de temblores y de sustos de padre y señor mío.

Así registró Vanguardia el temblor del 29 de julio de 1967, en Bucaramanga, el mismo día que un terremoto también destruyó a Caracas, Venezuela. (Archivo / VANGUARDIA)
Así registró Vanguardia el temblor del 29 de julio de 1967, en Bucaramanga, el mismo día que un terremoto también destruyó a Caracas, Venezuela. (Archivo / VANGUARDIA)

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Aunque la tragedia se vive con más intensidad en Chocó y el Eje Cafetero, tras el fuerte sismo que despertó con fuerza a buena parte del territorio colombiano, hay que recordar que esta mañana, Bucaramanga volvió a vivir un susto de padre y señor mío.

Y es que los sismos nos mueven el piso con frecuencia. Es la tierra. Ese movimiento breve, extraño y poderoso que primero se siente en el cuerpo y apenas después encuentra una explicación en las noticias: un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en el área de San José del Palmar, en Chocó, que sacudió buena parte del país y alcanzó a sentirse con fuerza en el Eje Cafetero y en Santander.

Durante unos segundos, los bumangueses volvieron a hacer lo que ya conocen de memoria: levantar la mirada, quedarse quietos, esperar a que el movimiento termine y, cuando por fin todo parece estar en su sitio, buscar el celular. ¿Dónde fue? ¿De cuánto? ¿Hubo daños? ¿Lo sintieron en otras partes?

La respuesta a esas preguntas suele tardar menos que el miedo. Porque Bucaramanga y Santander llevan décadas aprendiendo que debajo de esta tierra hay una historia que, de cuando en cuando, decide hacerse sentir. Y algunos de esos sustos todavía permanecen en la memoria de quienes los vivieron.

El calendario también tiembla

Uno de los recuerdos más fuertes está fechado el 11 de marzo de 2015. Aquel día, un sismo de 6,6 grados volvió a poner a prueba los nervios de los bumangueses. El epicentro estuvo en Los Santos, a unos 161 kilómetros de profundidad. No hubo víctimas ni daños materiales de consideración, pero sí hubo algo que ningún reporte técnico consigue medir con exactitud: el miedo. El sobresalto de una ciudad que siente que el piso deja, por un momento, de ser una certeza.

Antes de ese episodio, Santander ya había tenido noches y madrugadas difíciles de olvidar.

Imagen periodística del terremoto de Pereira, en 1995. (Archivo/VANGUARDIA)
Imagen periodística del terremoto de Pereira, en 1995. (Archivo/VANGUARDIA)

El 14 de abril de 1999, cuando eran las 2:25 de la madrugada, la tierra produjo el sismo más fuerte registrado entonces en el departamento. Alcanzó 6,1 grados y tuvo su epicentro en Santander, a unos 170 kilómetros de profundidad. Había ocurrido apenas unos meses después de la tragedia del Eje Cafetero, aquel terremoto del 25 de enero que dejó destrucción y muerte en el Quindío.

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La comparación resultaba inevitable. El sismo santandereano incluso tuvo una magnitud ligeramente superior, pero la profundidad marcó una diferencia decisiva. Mientras el terremoto que devastó el Eje Cafetero se produjo a unos 30 kilómetros de profundidad, el de Santander ocurrió mucho más abajo. La tierra rugió, pero la distancia amortiguó parte de su furia.

Aun así, nadie que estuviera despierto aquella madrugada necesitó que le explicaran qué era un terremoto.

Temblores en Santander
Temblores en Santander

Y si de noches se trata, hay otra que muchos santandereanos recuerdan con particular claridad. Era sábado, y algunos dormían mientras otros todavía estaban de rumba. A las 11:47 de la noche del 5 de mayo de 2007, un movimiento de 6,0 grados, con epicentro en Betulia y una profundidad de 155 kilómetros, estremeció Santander y se sintió también en buena parte del centro y occidente del país.

Fue un remezón que interrumpió sueños, conversaciones y fiestas. Por unos segundos, la rumba dejó de importar. El instinto pudo más: levantarse, buscar a los familiares, mirar las paredes, comprobar que todo siguiera en su sitio.

La tierra también había dado la bienvenida a otro año con un susto. El 1 de enero de 1996, a la 1:05 de la tarde, un sismo de 6,0 grados tuvo su epicentro en Villanueva, Santander. La profundidad, cercana a los 170 kilómetros, volvió a jugar a favor de los habitantes. Fue fuerte, pero no se convirtió en tragedia. Apenas en otro capítulo de esa larga relación entre Santander y los temblores.

Pero los años noventa fueron, sobre todo, una sucesión de sobresaltos.

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El 2 de septiembre de 1998, a las 2:12 de la madrugada, un sismo de 5,8 grados despertó a los bumangueses. El epicentro volvió a estar en Los Santos. La profundidad, de unos 150 kilómetros, ayudó a que aquel movimiento quedara en el terreno del susto y no en el de la tragedia.

Cuatro años de calendario parecían caber en una sola madrugada sísmica.

Sismos en Santander
Sismos en Santander

El 2 de enero de 1998, a la 1:41 de la mañana, otro movimiento de 5,8 grados había provocado pánico en Santander. También tuvo su origen en Los Santos y ocurrió a unos 155 kilómetros de profundidad. Esta vez hubo una consecuencia concreta: una torre eléctrica cayó en Albania, dejando a varias viviendas sin energía durante horas.

La tierra había hablado y, por un instante, hasta la electricidad pareció obedecerle.

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Meses después, el 24 de mayo de 1998, Bucaramanga volvió a estremecerse. Fueron 5,6 grados, con epicentro en Cepitá y una profundidad de 150 kilómetros.

Luego llegó el 26 de octubre. Eran las 4:55 de la tarde cuando un movimiento de 5,7 grados, originado en San Andrés, en la provincia de García Rovira, se sintió en buena parte del Oriente colombiano, además de Bogotá y Medellín. La tierra parecía recordarle al país que Santander no era el único lugar donde podía escucharse su ruido.

¡Y todavía faltaba otro!

Se registró un nuevo movimiento telúrico en Colombia.
Se registró un nuevo movimiento telúrico en Colombia.

El 3 de diciembre de 1998, un sismo de 5,7 grados y 165 kilómetros de profundidad tuvo nuevamente a Los Santos como epicentro. En Bucaramanga volvió a sentirse ese viejo conocido: el miedo que aparece cuando los objetos se mueven solos y el piso parece perder por unos segundos su condición de inamovible.

La historia continuó en 1999. El 13 de enero, a las 7:20 de la mañana, un movimiento de 5,5 grados, con epicentro en Jordán y una profundidad de 160 kilómetros, volvió a asustar a la población.

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Y casi un año antes, el 6 de mayo de 1998, a la 1:17 de la madrugada, los bumangueses habían despertado abruptamente por otro sismo de 5,5 grados. Otra vez Los Santos. Otra vez la profundidad, esta vez de 162 kilómetros. Otra vez el mismo ritual: despertarse sin saber qué ocurre, esperar, escuchar y después preguntar.

Así ha sido la historia sísmica de esta tierra.A veces de día. A veces de madrugada. Unas veces mientras la ciudad duerme y otras cuando está llena de gente, carros, oficinas, colegios y conversaciones. A veces en medio de una fiesta. A veces comenzando un año. Casi siempre dejando detrás la misma pregunta: ¿y si hubiera sido más fuerte?

Hoy, 10 de agosto, esa pregunta volvió a aparecer. El temblor que tuvo su origen en Chocó no necesitó tener epicentro en Santander para recordarnos nuestra propia historia. Bastó con que el suelo se moviera bajo los pies para que regresaran los recuerdos: aquel 6,6 de 2015, aquellas madrugadas de los años noventa, el sábado de 2007, el susto de 1996.

Porque los terremotos pasan en segundos, pero el miedo se queda mucho más tiempo.

En Bucaramanga, donde la tierra ha aprendido a moverse con frecuencia y los habitantes han aprendido a reconocer sus señales, cada nuevo remezón despierta también una memoria colectiva.

La ciudad vuelve a mirar las lámparas, las ventanas, las paredes. Y por un instante, mientras espera que todo se quede quieto, recuerda que debajo de sus calles hay una tierra que nunca duerme del todo.

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