En un esfuerzo por rememorar los sabores de la cocina ancestral, Luz Yaneth Ovalle, se dio a la tarea de darle vida a un encuentro de fogones andantes que ocuparan las calles de Guavatá.

En noviembre de 2008, mientras Luz Yaneth Ovalle Pérez conmemoraba el primer aniversario de la partida de su padre, los recuerdos la envolvían. Con nostalgia evocaba los sabores que don Cristóbal, con tanto cariño y dedicación, solía preparar para ella.
En ese momento, una idea comenzó a tomar forma en su cabeza: perpetuar la mágica conexión con el exquisito sazón de los abuelos, para que nunca se olvidara, en las calles de Guavatá. Inspirada por ese deseo de preservar la memoria culinaria de su padre, Luz Yaneth Ovalle Pérez, en su rol de rectora del Instituto Técnico Agropecuario, tomó la iniciativa de organizar un proyecto único.
Reunió a un grupo de estudiantes para que, de manera creativa, diseñaran fogones sobre ruedas, donde se prepararía comida ancestral para compartir con los transeúntes. Este festín no solo estaría acompañado de deliciosos platos, sino también de la vibrante música a cargo de los tiples y los requintos, sin que el traje típico faltara en las calles.
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Según la rectora, los recuerdos más entrañables de su padre giraban en torno al fogón. Eran las noches largas, en las que, acompañados por la música colombiana y rodeados de memorables historias, compartían bocados que tenían el sabor de la tradición.
Juntos disfrutaban de la tomata de guarapo y tinto, mientras se calentaban junto al fogón, extendido sobre chamizos gruesos, sostenido por cuatro horquetas y rodeado por tres piedras. Sobre el fogón colgaban los calabazos, la cusca del armadillo para la sal, y los canastos traídos de Bolívar, mientras la carne seca se mantenía a salvo del gato con un palo cercano.

La chamicera debajo del fogón, los plátanos, todo formaba parte de ese escenario que Luz Yaneth Ovalle quería rescatar al llevar el fogón, arrastrado por las calles, para compartir esos recuerdos y sabores con la comunidad.
La idea no era simplemente sacar una carroza, sino poner en marcha un auténtico fogón sobre las calles, y a esa iniciativa la llamaron el ‘Fogonazo Guavateño’. Utilizando pequeñas carretillas de tracción humana como base, se crearon los primeros fogones móviles, convirtiéndose en una cocina andante que recorrió las calles de Guavatá, llevando consigo los sabores y tradiciones ancestrales de la región.
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Para llevar a cabo el ‘Fogonazo Guavateño’ y dar vida a las tradicionales cocinas, todo debía estar en sintonía con la autenticidad de la tradición campesina.
Se recreó una fiel simulación de la cocina rural, incluyendo mobiliario y utensilios caseros, gastronomía ancestral, artesanía tradicional, alfarería, vasijas, y herramientas utilizadas en los oficios de los campesinos. Esteras, cobijas, tejidos, husos, trabajos en madera y una colección de objetos que conformaban un verdadero museo regional en movimiento.
Las tradiciones orales también tuvieron un papel destacado: coplas, cuentos, retahílas, refranes, chistes, anécdotas, cuitas, poemas, adivinanzas, trabalenguas, canciones, guabinas, y otros elementos del folclor local también se han tomado esta celebración.

Los ‘fogoneros’, quienes desfilan año tras año por las calles, han ido recogiendo con esmero artefactos, utensilios y objetos que cuelgan de la cocina móvil. No es raro encontrar piezas que, casi extintas, son desconocidas para las nuevas generaciones, pero que los guavateños se empeñan en exhibir, resistiéndose a dejar que las costumbres legadas por los nonos desaparezcan.
El ‘Fogonazo Guavateño’ ha ido atrayendo cada año a más turistas al municipio, quienes llegan con el deseo de compartir un bocadito y descubrir la maravillosa cultura ancestral que desfila por las calles. Este evento se ha convertido en la cocina andante más autóctona de Colombia, un verdadero homenaje viviente a las raíces culturales de Guavatá.
“El evento se desarrolla este año en medio de las ‘Olimpiadas Guavateñas’”, comentó la creadora, quien destacó que ya se celebra la 17ª versión del ‘Fogonazo’. Sin embargo, no se trata solo de un desfile por las calles del pueblo.
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Cada año, los participantes se esmeran en presentar el mejor plato ancestral, pero también deben cumplir con ciertos requisitos. Por ejemplo, el fogón andante debe contar con un techo de paja, y mientras más elementos curiosos y auténticos incluya, mayor es la calificación que recibe, pues estos detalles son premiados.
Este año, con más de 20 participantes, el fogón de la vereda Puerto López se llevó el primer lugar. La decisión fue tomada por un jurado calificador compuesto por Ramiro Olarte, un folclorista veleño; Esley Vásquez, directora del Festival Nacional de la Guabina y el Tiple de Vélez; y Diego Suárez, gestor cultural de Puente Nacional.

“Los fogones también funcionan como museos andantes”, explicó la organizadora. “El techo debe estar elaborado en paja, y el traje tradicional es negro con blusa blanca”. Además, los participantes representan diversos oficios, como el proceso del café o el algodón, complementando la presentación cultural. Este año, se incorporó un fogón del municipio de Barbosa, marcando el inicio de la participación de la provincia veleña.
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“Hermoso, impresionante”, comentó el jurado Ramiro Olarte. “Los ganadores presentaron una propuesta que luego se refleja en el fogón”. A sus 65 años, Olarte admitió que desconocía algunos de los elementos exhibidos en el evento. “Se aprende mucho más; es muy importante porque une a las familias y a los jóvenes, y permite recordar los platos de las regiones que se han dejado de preparar”.

















