Continuamos registrando el ayer de Bucaramanga en letras de molde.

Publicado por: Euclides Kilô Ardila
Dicen que la vida en familia es como un largo viaje por mar que nunca acaba y que, por el contrario, siempre tiene muchos puertos para visitar.
Hoy, en pleno año 2019, una gran familia bumanguesa, la misma que ha navegado por los océanos de la fe y de la esperanza, tiene un centenar de relatos por recordar.
Y entre sus remembranzas se teje una historia sagrada, redactada por esos fieles que han construido su propio templo.
Sí, es la historia de la Sagrada Familia; un ícono que se aproxima a cumplir sus 123 años de existencia con la fe de los católicos de la capital santandereana.
Hay que verla hoy sobresaliendo en la calle 36, entre las carreras 19 y 20 de Bucaramanga. Se reconoce por sus dos torres blancas y por su cúpula amarilla y verde, evocando los colores que predominan en la bandera de nuestro Municipio.
Por fuera se ve la imagen del núcleo familiar divino, compuesto por José, María y su hijo Jesús; por dentro se destacan la silla y el altar mayor de mármol, así como los vitrales y varias pinturas religiosas elaboradas por Luis Alberto Acuña y Óscar Rodríguez Naranjo.
La estructura data de 1895 y fue impulsada gracias a un sacerdote entusiasta que vio la necesidad de que Bucaramanga tuviera catedral.
El dinero para sacar adelante la bella estructura, en su mayoría, se obtuvo por medio de recursos aportados por la comunidad, evidenciando así el interés y la participación activa de los feligreses en esta bella obra.
La iglesia se construyó en varias fases, ya que durante la Guerra de los Mil Días las obras se suspendieron. Después de la confrontación bélica se avanzó poco a poco.
En 1910, las ‘buenas nuevas’ le dieron un aire a la obra y a punta de diezmos fue posible continuar el proyecto. A partir de esa fecha se reanudaron las actividades que, a la postre, nos regalaron una belleza arquitectónica de Bucaramanga.



















