En la sección nostálgica de Vanguardia.com, hoy evocamos el pasado del otrora túnel por donde pasaban los vagones de los Ferrocarriles Nacionales. Veamos:

El agudo silbido de la locomotora cortaba el aire, alterando la cotidianidad de un popular barrio de Bucaramanga que creció con el sonido del tren. Situado en la Comuna Norte, el mítico Café Madrid era más que una estación: fue el alma de un vecindario atravesado por los rieles.
Aunque esos trazados han sido devorados por el tiempo y cubiertos por el polvo y el óxido del olvido, sus recuerdos aún resuenan en las voces de quienes vieron pasar los vagones con la emoción de una época inolvidable de la capital santandereana.
🕰️📽️EL TÚNEL DEL TIEMPO: En la sección nostálgica de https://t.co/89syyMZ8Ks, Euclides Kilô Ardila (@KiloArdila) nos transporta a otra época, reviviendo la historia de los antiguos ferrocarriles nacionales en Bucaramanga a través de añejas fotografías.🚂 pic.twitter.com/T8EqqQVdwX
— Vanguardia (@vanguardiacom) February 13, 2025
Aquel tren, que comenzó a recorrer nuestra geografía en 1940, no era solo un medio de transporte: era un espectáculo. Los vecinos del Café Madrid esperaban su paso con la misma ansiedad con la que se aguarda una feria.
Los ventanales de las casas vibraban con el estruendo del motor, y el aire cálido que soplaba tras su estela ofrecía un alivio fugaz a las calurosas tardes.

En aquellos tiempos, el antiguo Club Ferroviario era el refugio de tertulias y de anécdotas. Bastaba el sonido del tren para que el lugar cobrara vida y, con una taza de café en la mano, la conversación girara siempre en torno a los viajes y las historias que cada vagón traía consigo.

Don Gustavo Pabón, quien aún vive en el barrio, recuerda con nostalgia cómo, desde Bogotá, dos trenes de lujo surcaban los rieles con pocas paradas: el Nutibara y el Tayrona, símbolos de un país en movimiento.
Los niños de la época guardan en su memoria un regalo especial. En 1957, cuando el general Gustavo Rojas Pinilla era presidente de Colombia, cada pequeño del barrio recibió una locomotora de cuerda como obsequio de Navidad. Fue un homenaje en miniatura al gigante de acero que cruzaba este vecindario.

Las estaciones eran lugares de encuentros y despedidas. Familias enteras se acercaban los domingos solo para ver pasar el tren; y las empleadas del servicio doméstico, en su día libre, encontraban allí su espacio de esparcimiento.
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Quienes venían de otras regiones nunca regresaban con las manos vacías: plátanos, yucas, papayas y bultos de guanábanas llenaban las cabinas de regreso a casa.
Pero un día, el tren dejó de pasar. Era 1991. La bandera roja no volvió a ondear y el silbido que anunciaba su llegada se convirtió en un eco lejano. La imagen de la locomotora acelerando y dejando una estela de humo en el cielo se esfumó como una escena de un viejo western, donde lo criollo y el cine de antaño se mezclaban en una postal.

Hoy, el parque construido en la antigua estación del Café Madrid, es el último vestigio de aquella era ferroviaria. Aunque el tren pareció descarrilarse, quedaron sus túneles como puertas al pasado. Dicen que el eco que allí se propaga está untado de recuerdos.
















