Falleció Adolfo Herrera Cabrales (1946-2025) uno de los más destacados reporteros gráficos de Santander y de Colombia. Ayer fue su sepelio.

Adolfo Herrera Cabrales fue un maestro de la lente, con alma de cronista. Reconocido con cariño y respeto en el mundo de la reportería gráfica como Clic’k, fue mucho más que un fotógrafo: fue un artista de la imagen, un decano del fotoperiodismo regional, un hombre de mirada aguda, lente audaz y profundo sentido humano.
Su pasión por la fotografía nació en su juventud, cuando vendía helados en El Playón, y desde entonces no se despegó jamás de su cámara ni de su vocación de contar historias a través de la luz. Recordaba con ternura aquellos años iniciales junto a su gran amor, Ángela Amorocho, con quien compartió 56 años de matrimonio sólido y feliz. Mientras ella lo apoyaba en las ventas, él se las ingeniaba para capturar instantes que ya comenzaban a marcar su destino como reportero gráfico.
En los años 60 aprendió el oficio de forma autodidacta, con esfuerzo, leyendo revistas y adentrándose en el arte del revelado y copiado en una época en la que ser fotógrafo era un desafío técnico y económico, muy distante de las facilidades digitales actuales.
Sin embargo, su talento y tenacidad lo llevaron lejos. Aún siendo adolescente, se vinculó al periódico El Frente, y poco después, su carrera dio un giro definitivo al incorporarse a la entonces Vanguardia Liberal -hoy Vanguardia-, donde brilló por más de una década como reportero gráfico estrella.
Aquí, en nuestra casa editorial, vivió 12 años de éxitos profesionales que lo catapultaron, a mediados de los años 80, al diario El Tiempo y, posteriormente, lo llevaron a ser el fotógrafo oficial de la Dirección de Tránsito. Cada uno de sus pasos estuvo marcado por la excelencia, por imágenes que no solo informaban, sino que también hablaban con el alma.
Después de dejar los medios, emprendió una nueva aventura con su familia: Foto Clic’k, un reconocido negocio que durante años tuvo sede en la Ciudadela Real de Minas, y que siguió siendo una vitrina de su estilo visual único.

Amante de las motocicletas, solía emprender travesías por los pueblos, capturando no solo paisajes, sino también la esencia de sus gentes. Enamorado de su tierra, hizo de Barichara su refugio, su nido de paz; incluso adquirió una de esas icónicas casas del pueblo más bello de Colombia.

Quienes lo conocieron coinciden en que era un hombre cálido, de conversación fácil, sonrisa sincera y un toque carismático que lo hacía entrañable. Le gustaba la música, el buen aguardiente y, sobre todo, compartir tertulias con amigos y colegas.
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Para la cronista Nelly del Río, compañera de múltiples jornadas en Vanguardia, “Adolfito, o el viejito, como le decíamos, era un ser alegre, bonachón y uno de los mejores reporteros gráficos de su época. Recuerdo su bigote de charro mexicano, que más tarde se quitó, y su sonrisa inconfundible, además de su capacidad para capturar imágenes con alma”.
Su lente no era común: era irreverente, genial. Su sentido de la oportunidad y su mirada crítica lo llevaron a crear una de las crónicas fotográficas más recordadas por los lectores de los años 80, cuando, junto a Nelly del Río, dejó un ataúd en el parque Santander para observar y documentar la reacción de los transeúntes. Un experimento visual que, de haber ocurrido hoy, sería viral. Pero él lo hizo cuando la fotografía aún era una revolución silente.
Jaime del Río, también exfotógrafo de Vanguardia, rememora: “Él tenía ese clic’k especial. Sus fotos eran distintas; cada una era de portada. Para nosotros, fue un maestro; y como persona, un hombre bueno, generoso y sabio”.
César Mauricio Olaya Corzo, otro de sus colegas y también exfotógrafo de Vanguardia, lo describe en sus redes sociales con precisión: “Adolfo no buscaba protagonismo. Decía que su trabajo hablaba por él, y se entregaba a su oficio con el alma...”.

Hombre de valores, formó una familia ejemplar junto a doña Ángela, con quien tuvo cuatro hijos: Luz Ángela, Mabel Lucía, Adolfo Enrique e Iván Darío, los dos últimos herederos de su amor por la fotografía. Fue también un abuelo tierno y presente de cuatro nietos: Daniela (q. e. p. d.), Luciana, María Victoria y Martín.
Su hijo, Adolfo Enrique Herrera, quien fuera hace algunos años Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría de Fotografía, dice que “él, además de haber sido un gran profesional, fue un excelente padre. Era mi compinche, mi amigo, mi héroe. Todo lo que hizo en la vida fue para garantizarnos lo mejor y, sobre todo, nos inculcó los valores, el ejemplo del trabajo digno y la importancia de hacer las cosas bien, con alma y pasión. Me siento agradecido con Dios por haberme bendecido con este decano de la fotografía, pero sobre todo por permitirme el honor de ser hijo de este gran ser humano”.
En diciembre pasado, Clic’k alzaba la copa repitiendo una frase que definía su vida: “Confieso que he vivido”, evocando al poeta Pablo Neruda. Y así fue: vivió intensamente, con el lente bien abierto y el corazón aún más, siempre al lado de su amado hogar.
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El pasado 31 de marzo, ya con sus quebrantos de salud, cumplió 79 años. Hoy, ese lente se ha cerrado, pero su legado sigue iluminando el periodismo gráfico de nuestra región.

Ayer, en la Capilla Mausoleo de la Esperanza, se realizaron sus exequias y se le dio el último adiós al maestro de la lente. A su esposa, hijos, nietos, amigos y colegas les extendemos nuestras más sentidas voces de condolencias. Con Clic’k no solo se fue un fotógrafo excepcional, sino un narrador de la vida, un cronista de lo humano. Paz en su tumba.
















