Recordar la historia de un barrio es fundamental porque fortalece la identidad local, promueve el sentido de pertenencia y ayuda a preservar el patrimonio cultural de la comunidad. Hoy, en nuestros recorridos periodísticos, desempolvamos el ayer del emblemático barrio Campo Hermoso.

Los recuerdos de antaño, los nombres de los vecinos más veteranos, la primera obra comunitaria, la construcción de la iglesia y las mil y una leyendas que dieron forma a la vida barrial se entretejen en esta crónica de Vanguardia y que rescata la memoria de Campo Hermoso, uno de los sectores más tradicionales de Bucaramanga.
Se cuenta que el propio fundador de la ciudad, Andrés Páez de Sotomayor, solía caminar con orgullo por la Calle Real de Campo Hermoso. Y no fue el único. También el Libertador Simón Bolívar pasó por este lugar durante una visita a la ciudad.
En aquel entonces, este era el único camino hacia la Villa de Girón. Por allí transitaban las mulas que transportaban agua, los feligreses que iban a misa en la capilla de Chimitá y los viajeros que se dirigían al caserón levantado por Antonio Estrella a finales del siglo XIX: la recordada Quinta Estrella, cuyas balconadas parecían robarle luz a las lunas llenas.

Así nació Campo Hermoso, un barrio que creció a la par con Bucaramanga y cuya memoria aún vive en la voz de sus habitantes.
Un padre muy recordado en la comunidad, Ismael Mejía Calderón, solía contar que en realidad el barrio no se llamaba así. “Campo Hermoso” era, en sus orígenes, apenas el nombre de una pequeña tienda ubicada en la carrera 8ª, cerca del Hospital San Juan de Dios. Pero la abundancia de eucaliptos, guayabos silvestres y la frescura del entorno hicieron que el apelativo se quedara como identidad de todo el sector.
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El barrio se extendió desde la Cárcel Modelo hasta los establos de la Casa de Baranda y las tiendas de La Cita y Hueso Limpio. Por aquellos años, se veían dos haciendas: una donde hoy está la cancha de fútbol y otra en Rondinela, célebre por su laguna natural que cada invierno recibía bandadas de patos.

Según los recuerdos de Germán Wandurraga Malagón, hoy presidente de la Junta de Acción Comunal, a comienzos del siglo XX los terrenos pertenecían a Luis Modesto Ortiz y Benito Ortiz, quienes vivían entre las carreras 4ª y 5ª. Con el paso del tiempo llegaron nuevos pobladores como Miguel Flórez y la familia Suescún, asentados cerca del antiguo camposanto.
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Las primeras viviendas empezaron a construirse hacia 1948, levantadas por vecinos como José Vicente Peña, Ángel María Vargas, Mauricio Castro y Pedro Correa. Poco a poco, el caserío se transformó en comunidad y hoy más de 20 mil personas hacen parte de Campo Hermoso.
En 1951, durante la alcaldía de Pedro Jesús Duarte, se intentó abrir una vía atravesando un cementerio, lo que desató polémica y retrasó la comunicación del barrio. Solo en 1954, con el alcalde Guillermo Sorzano González, se habilitó un acceso que permitió la expansión del sector, no sin controversia, pues muchos hablaron de profanación de tumbas.

Con los años se levantaron la Cárcel Modelo, las escuelas Campo Hermoso y Santa Teresita, y surgió una cooperativa que impulsó el desarrollo comunitario. Don Crisanto Serrano Galvis, al comprar la Quinta Estrella, inició la parcelación de lotes que dieron paso a nuevas urbanizaciones.

El 8 de septiembre de 1967 se inauguró la Parroquia de Santa Teresita del Niño Jesús, cuya casa cural fue referente nacional por su diseño y materiales. Por allí pasaron los padres Luna, Mayo, Ramón Iglesias, Ismael Mejía y Roque Julio Quintero y Nelson Enrique Gómez, quienes impulsaron la vida espiritual. La comunidad religiosa promovió también la creación del Colegio Cooperativo de Bucaramanga, inaugurado en 1969, y más adelante se gestionaron obras como la pavimentación de la vía principal.
En los años 70 casi todas las calles eran destapadas, excepto la Calle 45, que ya era una de las más importantes de Bucaramanga. No obstante, el barrio fue transformándose: las casas se remodelaron, las calles se pavimentaron y la 45 se convirtió en eje de conexión hacia Chimitá.
















