Bucaramanga
Domingo 06 de septiembre de 2026 - 10:34 AM

Entre el acoso y la necesidad: La noche sin tregua del trabajo sexual en Bucaramanga

Detrás del maquillaje, los tacones y las luces de la noche hay historias de mujeres que trabajan para pagar una habitación, llevar comida a sus hogares o ayudar a sus familias. Sin embargo, denuncian que la violencia también hace parte de su jornada. Esta es la realidad de algunas trabajadoras sexuales que buscan sobrevivir en las calles de Bucaramanga.

Algunas trabajan seis noches a la semana y ganan apenas lo necesario para pagar una habitación y comer.
Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.
Algunas trabajan seis noches a la semana y ganan apenas lo necesario para pagar una habitación y comer. Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.

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Publicado por: Katterine Dimas

Mientras decenas de personas hacen fila para entrar al Teatro Santander y ocupar sus sillas, a pocos metros, en la carrera 20 con calle 33, comienza otra función.

No tiene telón, luces ni aplausos. Se repite noche tras noche en las calles del centro de Bucaramanga, bajo la lluvia, el frío y una pregunta que parece no tener respuesta: ¿cuánto puede resistir una mujer cuando salir a trabajar significa también exponerse al peligro?

La lluvia acompañó el inicio de aquella noche. Después de unas horas, desapareció, pero dejó las calles húmedas y una sensación de frío que se instaló en la esquina.

Una historia de contexto: Mujeres trans: Ellas y el territorio más peligroso de Bucaramanga

Allí estaban Angelina y sus compañeras, mujeres transgénero que se preparaban para comenzar su jornada.

Trabajadoras sexuales de Bucaramanga denuncian agresiones con piedras, cuchillos y ataques de grupos de motociclistas.
Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.
Trabajadoras sexuales de Bucaramanga denuncian agresiones con piedras, cuchillos y ataques de grupos de motociclistas. Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.

Vestidos cortos, crop tops, minifaldas, tacones. Algunas llevaban lencería y mallas negras. Maquilladas y perfumadas, habían hecho lo necesario para salir a la calle. Sin embargo, aquella noche, como tantas otras durante los últimos meses, no prometía ser fácil.

La calle está dura, ha estado muy pesado”, dice una de ellas mientras observa el escaso movimiento.

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Ellas esperan. Esperan que aparezca un cliente, que avance la noche, que el frío ceda y, sobre todo, que nada ocurra.

Pero el trabajo ha disminuido y, según cuentan, el peligro ha aumentado.

Quedamos muy pocas. Han pasado muchas cosas. Todos estos chuzos los han cerrado, están en extinción de dominio”, señala otra de las mujeres.

Una esquina marcada por la violencia

Diego Ruiz Thorrens, director de la Corporación Conpazes y defensor de derechos humanos, conoce de cerca las dificultades que enfrentan las trabajadoras sexuales.

Su diagnóstico habla de una violencia que tiene distintos rostros: familiar, policial, criminal y ejercida por particulares.

Quieren aprender belleza, emprender, conseguir un empleo y dejar atrás las noches en la calle.
Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.
Quieren aprender belleza, emprender, conseguir un empleo y dejar atrás las noches en la calle. Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.

Uno encuentra en las mujeres cisgénero y también en las mujeres trans violencia interfamiliar. En las calles es más el problema con los clientes, para el caso de las mujeres cisgénero, mientras que con las mujeres trans, se están presentando problemas de violencia policial, violencia con grupos armados, violencia con los proxenetas, violencia con los vigilantes privados”, explica.

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Minutos después llega Luna, lideresa de las trabajadoras sexuales trans. Viene acompañada de su esposo y de Katy, su perrita. Su propósito esa noche es acompañar a las chicas.

Pero trae consigo historias que contrastan con la aparente tranquilidad de la esquina.

Están pasando grupos de motorizados después de las 11:30 de la noche a disparar. Cuando no disparan, lanzan piedras a las chicas o las persiguen con cuchillo en mano”, cuenta.

Habla de una mujer a la que le cortaron el rostro y necesitó alrededor de diez puntos. De otras que terminaron con moretones en brazos y piernas después de ser golpeadas.

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No sabemos quiénes son porque pasan encapuchados y todo ocurre muy rápido”, agrega.

La escena parece confirmar sus palabras.

Una patrulla motorizada de la Policía aparece en la esquina. El uniformado observa al grupo y lanza un comentario: “Están fumando marihuana, solo se viene a eso”.

Esta es la realidad de algunas trabajadoras sexuales que buscan sobrevivir en las calles de Bucaramanga.
Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.
Esta es la realidad de algunas trabajadoras sexuales que buscan sobrevivir en las calles de Bucaramanga. Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.

La respuesta de una de las chicas llega a gritos: “¡Ábranse!”.

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Los policías continúan su recorrido. La patrulla desaparece entre las calles y la esquina recupera su silencio.

Luna no parece sorprendida.

Siempre es así. Vienen a decir cosas y a provocar a las chicas. Por eso ellas responden. Pero cuando uno los necesita no aparecen”, afirma.

Historias que comenzaron por necesidad

Tres días después, un sábado, la escena es distinta. Hay más mujeres. Tienen entre 20 y 60 años. Algunas son colombianas; otras, venezolanas.

Todas coinciden en algo: el trabajo sexual llegó a sus vidas como una respuesta a necesidades económicas, familiares o a situaciones de violencia y exclusión.

Karen, oriunda de Norte de Santander, llegó a Bucaramanga después de ser desplazada por un grupo armado. Trabaja para sobrevivir y ayudar a su madre.

Estar acá ha sido pesado, cuando llegué me robaron hasta la cédula. Hay días que solo trabajo para sobrevivir, para pagar el hotel y la comida”.

Paloma lleva un vestido rojo, una chaqueta de jean, tenis y un bolso. Aún está en sus 20 años, pero comenzó a ejercer el trabajo sexual cuando era menor de edad.

En una esquina del centro de Bucaramanga comienza cada noche una historia que pocos ven.
Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.
En una esquina del centro de Bucaramanga comienza cada noche una historia que pocos ven. Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.

Dice que no comenzó por gusto. Fue la salida que encontró frente a la situación que vivía.

“Yo convivo muy poco acá en el centro, pero esta cuadra me ha dado de comer. 20 mil pesos que yo me haga es asegurar un lugar donde meterme y poder dormir”.

Luego resume una de las cargas que, según cuenta, acompaña a las mujeres trans en la búsqueda de oportunidades:

Por ser travesti uno no le agrada a todo el mundo, somos mujeres, pero mujeres diferentes”.

Paloma quiere dejar la calle. “Hay veces que me canso de putiar, quiero que me puedan ayudar con un trabajo formal”.

Andrea tiene 25 años y lleva dos años ejerciendo. Trabaja seis días a la semana, desde las 8:00 de la noche hasta las 2:00 de la madrugada.

Llegó a esa esquina por necesidad y ahora sueña con salir.

“Hay veces que las circunstancias nos obliga a esto, la discriminación que se sufre cuando se busca o trabaja en otro lugar”.

Una vez le lanzaron una piedra. El golpe le dejó una marca en la pierna.

Su deseo es aprender belleza y “tener mi propio emprendimiento para poder hacer otras cosas y no tener que ser humillada por nadie”, sostiene.

Cristal, venezolana, también carga en su cuerpo algunas de las marcas de los años dedicados a este oficio y de las agresiones que, asegura, han sufrido algunas de sus compañeras.

Entre clientes y agresiones, así sobreviven las trabajadoras sexuales en Bucaramanga.
Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.
Entre clientes y agresiones, así sobreviven las trabajadoras sexuales en Bucaramanga. Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.

Su petición es concreta: “Necesito que las autoridades me concedan el Permiso por Protección Temporal (PPT) para poder trabajar legalmente y acceder a salud. Sin ese papel me toca seguir aquí en la calle”.

Cuando el peligro aparece frente a ellas

No había pasado una hora desde que las mujeres contaban sus historias cuando el peligro dejó de ser una advertencia y apareció frente a ellas.

Eran cerca de las 10:00 de la noche cuando al menos 12 jóvenes, movilizados en seis motocicletas, comenzaron a recorrer la manzana.

Primero fueron los gritos y las frases ofensivas.

Ya comenzaron, ya llegaron a montarla”, dijo una de las mujeres.

Todas se alertaron.

Minutos después, los motociclistas regresaron. Esta vez lanzaron piedras. Algunas mujeres corrieron. Otras respondieron.

Vea, para que sienta y se dé cuenta un poquito de lo que vivimos en la calle”, me dijo una de ellas.

Otra, una de las más jóvenes, solo alcanzó a decir: “yo estaba ahí parada cuando me vi rodeada”.

A la violencia se suma la dificultad para acceder a empleos formales y construir una vida lejos de la calle.
Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.
A la violencia se suma la dificultad para acceder a empleos formales y construir una vida lejos de la calle. Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.

Luna resume así el riesgo cotidiano: “Aquí tenemos que enfrentar problemáticas como son los drogadictos, como hombres homofóbicos, y como viste con motos que vienen en parches y nos tiran piedras, bolos, nos corretean con cuchillo”.

Y luego pronuncia una frase que parece condensar el límite al que están expuestas: “Con situaciones como estas poder terminar en una cementerio, en una cárcel o en un hospital”.

Según las mujeres, los motorizados suelen aparecer entre jueves y sábado, entre las 10:00 de la noche y la medianoche.

Dos parques, una misma historia

A pocos metros, en el parque Antonia Santos, la escena cambia, pero la historia guarda similitudes.

Allí están las mujeres cisgénero. Algunas recorren el parque; otras permanecen sentadas en las bancas. Tienen entre 40 y 60 años y llevan buena parte de sus vidas ejerciendo el trabajo sexual.

Diego Ruiz explica que no todos los hombres que se acercan buscan sexo.

A veces los hombres no buscan sexo, buscan a alguien que los escuche, que se siente con ellos a tomarse una cerveza, alguien con quien poder desahogarse. Buscan compañía”.

Para estas mujeres, la calle es al mismo tiempo sustento, refugio y peligro.
Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.
Para estas mujeres, la calle es al mismo tiempo sustento, refugio y peligro. Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.

Haydid llegó a Bucaramanga cuando tenía apenas 10 años. Durante décadas ejerció como trabajadora sexual, pero con el tiempo dejó ese oficio y se convirtió en líder social y acompaña a otras mujeres.

“Soy líder social y voluntaria, no me pagan porque a mí no me pagan ningún trabajo de esos. Yo lo hago porque me nacen y porque encarrilo induzco a las mujeres para que aprendan un arte, para que no dependan de nadie”.

Su descripción de las mujeres que acompaña es contundente: “Son mujeres invencibles ante la sociedad. Son violadas, violentadas, ultrajadas, manipuladas y utilizadas”.

Para ella, una de las partes más difíciles del oficio es la pérdida de control sobre el propio cuerpo: “tener uno que hacer y dejarse que el cuerpo lo maneje un hombre a lo que uno no quiere. Eso es lo más horrible que hay”.

¿Qué dice la Alcaldía de Bucaramanga?

La Alcaldía de Bucaramanga asegura que trabaja en alternativas para que las mujeres puedan encontrar otras fuentes de ingresos.

Iván Darío Torres Alfonso, secretario de Desarrollo Social, señala que adelantan mesas de trabajo y “espacios de formación para fortalecer competencias, habilidades que les permitan la autonomía económica y eventualmente no dependan del trabajo sexual”.

También reconoce que existe una barrera para atender las agresiones: “ellas son muy prevenidas con la institucionalidad”.

Según el funcionario, la administración ha identificado episodios de violencia incluso cuando las víctimas no denuncian directamente y dispone de refugios para casos de riesgo inminente.

Algunas llegaron al trabajo sexual después de ser desplazadas; otras lo hicieron huyendo de la violencia o por falta de oportunidades.
Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.
Algunas llegaron al trabajo sexual después de ser desplazadas; otras lo hicieron huyendo de la violencia o por falta de oportunidades. Foto: Franz Rey / VANGUARDIA.

Pero en la calle persiste la desconfianza.

Luna lo resume de esta manera:“las entidades como la alcaldía, la gobernación, la policía nacional, no quieren tomarnos en cuenta hasta que no haya otra chica trans caída, o sea otro feminicidio”.

Después añade: “ni la alcaldía ni la gobernación se acerca aquí a mirar cómo estamos”.

La noche avanza. Termina la función en el Teatro Santander, pero continúa el trabajo de estas mujeres. Las luces de la ciudad permanecen encendidas y el frío se hace un poco más fuerte. En la carrera 20 con calle 33, ellas siguen esperando.

Esperan un cliente. Esperan que termine la noche. Esperan, quizá, que algún día puedan dejar de esperar en una esquina para sobrevivir.

Publicado por: Katterine Dimas

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