Bucaramanga
Sábado 12 de septiembre de 2026 - 04:51 PM

Un tributo de agradecimiento a Liliana Guzmán Rivera

Este es un homenaje póstumo a Liliana Guzmán Rivera (q.e.p.d.)

Liliana Guzmán Rivera. (q.e.p.d.)
Liliana Guzmán Rivera. (q.e.p.d.)

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Publicado por: Virgilio Galvis Ramírez

Evoco mi infancia, para muchos de mis lectores inexistente, cuando por sobre la carrera 27, mamá llamaba al señor Chaves, dueño de la botica Sotomayor, para que viniera a casa a ponernos las tenebrosas inyecciones y, cómo no, a su vecino, don Félix Guzmán, el dueño del taller de carpintería, quien nos prestaba en casa sus servicios profesionales y nos enseñó de niños a machucarnos los dedos con el martillo.

El tiempo pasó y de la prole de hijos de don Félix me nacieron amistades por el ciclismo, el fútbol, la carpintería y una hermandad que el tiempo selló con Leonardo. Me fui a estudiar y, a mi regreso, como los amigos de verdad, parecía que nos habíamos dejado de ver ayer. Y renació cuando, años después, de mi trabajo que como oftalmólogo realizaba ad honorem en el entonces Hospital Ramón González, del que me salí porque los directores daban mal trato a la oftalmología como “cenicienta de la medicina”.

Salido, llamé a Leo para que me ayudara en una nueva locura.

Ubique la vieja casona en la K 28 con C 34, en la que Pedro Santacoloma, recién retirado de la oftalmología, se salía y yo busqué de oportunidad rentarla. Hablé con la propietaria, señora Myriam, esposa de un conductor de Copetran. Me la arrendaba, pero me pidió fiador y le ofrecí el nombre de Alejandro Galvis Galvis, y no me lo aceptó porque los políticos tenían mala reputación. Se me ocurrió lanzarle el nombre de mi humilde, pero gran amigo Leonardo Guzmán, y de inmediato me respondió: “Ese hijo de don Félix sí me sirve”. En 1978 firmamos el arriendo y empezó el periplo del trasteo de los bienes y equipos legalmente comprados y adquiridos para servicio por la creada “Fundación Oftalmológica de Santander”, y trasladarlos del hospital a la vieja casona rentada.

Nos ha dolido en el alma el designio que mi Dios dispuso para llevarse a Liliana prematuramente; a esa mujer de tesón, con entereza de carácter y cariñosa de su familia, la llevaremos en nuestro corazón por siempre, esperando la oportunidad de encontrarme con ella en la eternidad, para buscar qué otra locura arquitectónica emprendemos apoyados por el socio supremo, que en la tierra siempre nos ha acompañado.

Fue en ese entonces cuando Leonardo, como mi escudero, se convirtió en “ombudsman” y me ayudó como “todero” a transportar, instalar y mantener la tecnología del momento en condiciones óptimas.

El tiempo pasó y servir con amor a los necesitados, con las donaciones que recibíamos y la gratuidad de nuestros servicios médicos, se nos hizo insuficiente por los recursos de donación, y pensamos en hacer algo grande, en donde los pacientes privados que pagaban me ayudaran a subvencionar a los necesitados.

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En 1979 nos trazamos la idea y en 1981 nos trasladamos a un lote de 2.000 m² donado por Julio Carrisosa, y se construyeron 6.000 metros de moderna estructura especializada para oftalmología en “Bosque”, y mi fiel amigo Leonardo, día a día, me fue acompañando.

Nuevamente, años después, nos quedamos cortos y emprendimos un nuevo proyecto de 36.000 metros, y la vida pródiga con este mortal lo sigue ligando a los Guzmán.

Mi amigo Felipe Ardila (Q. E. P. D.), su constructor, me solicitó un interventor para el proyecto y, de 13 candidatos que se presentaron, se ofertó una joven ingeniera civil de 26 años, egresada de la UIS, a quien el comité de consejería para la contratación la definió como “brillante, inteligente, ética, de férrea personalidad, pero cálida y con don de manejo hacia sus subalternos”.

Sin saber quién era, acepté a ojo cerrado la solicitud de Felipe y, cuando la entrevisté, se me presentó como: “Liliana Guzmán Rivera”. Me dije: “Oh, Dios, la vida me sigue siendo pródiga”, y en mi conciencia, que es mi presencia de Dios, me repetía: “Qué hermoso momento para darle esa satisfacción a don Leo”.

El proyecto, con cronograma fríamente calculado por Felipe, se inició y Liliana, como interventora, puso manos a la obra, inició su ardua tarea, la que, para resumir y dando fe a sus atributos —“brillante, inteligente, ética, de férrea personalidad, pero cálida y con don de manejo hacia sus subalternos”—, nos entregó el proyecto dos meses y 14 días antes y el 10 % de posibles gastos para imprevistos lo convirtió en un ahorro de 13 %; eran muchos millones.

Hace tres días, recibimos de don Leo la infausta noticia de su trágico accidente.

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Nos ha dolido en el alma el designio que mi Dios dispuso para llevarse a Liliana prematuramente; a esa mujer de tesón, con entereza de carácter y cariñosa de su familia, la llevaremos en nuestro corazón por siempre, esperando la oportunidad de encontrarme con ella en la eternidad, para buscar qué otra locura arquitectónica emprendemos apoyados por el socio supremo, que en la tierra siempre nos ha acompañado.

Lili... disfruta la santa compañía que ahora tienes, líganos al gran jefe y, cuando nos veamos, más feliz vas a estar.

Virgilio Galvis Ramírez.

Publicado por: Virgilio Galvis Ramírez

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