domingo 27 de enero de 2019 - 8:00 AM

Alas de libertad en Santander: el regreso a casa de Illika y Dasán

57 días de lucha contra una dosis de veneno, héroes anónimos y hasta un helicóptero de la Fuerza Aérea se necesitaron para que dos cóndores extendieran de nuevo sus alas en las vastas y gélidas montañas del Páramo del Almorzadero en Santander.

A Illika y Dasán, dos de la veintena de cóndores que vuelan y hacen nido en las formaciones rocosas del Cerrito, les tocó interrumpir su vuelo ya que, al parecer, dos trozos de carroña envenenada que se engulleron, y con los que algunos campesinos buscan poner lejos de sus rebaños a perros y aves, los hicieron descender de manera estrepitosa.

Avanzaba la mañana del 21 de noviembre de 2018 y el llamado insistente de campesinos de la vereda Corral Falso del Cerrito, Santander, alertaron a Ferney Barrios, el líder de la Policía Ambiental de la provincia de García Rovira y a Fredy Villamizar, un curtido integrante del Cuerpo de Bomberos del municipio. Se decía que del cielo habían visto caer a dos grandes cóndores, que no podían volar y que al parecer estaban agonizando.

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Cuando policía y bombero emprendieron la búsqueda aseguran que les tocó ‘con las uñas’. Dicen que cuando pidieron ayuda, algunos pobladores de la zona, de manera casi despectiva aseguraron que de sus bolsillos no saldrían recursos para salvar a ‘esos pajarracos’.

En el momento que todo parecía perdido y el Almorzadero se veía resignado a perder a dos miembros de su realeza, un veterinario y un funcionario de la Corporación Autónoma de Santander acudieron junto con ellos al rescate de los gigantes alados.

El comandante de Bomberos del Cerrito, Freddy Villamizar, narró que “al desplazarnos a la zona encontramos a un macho cóndor juvenil y a una hembra adulta. Estaban en distintos lugares. Al cóndor se le indujo el vómito y logró sacar un poco del veneno, pero la hembra se veía más decaída. Como pudimos hicimos el traslado al Cerrito”.

Quien les brindó atención médica veterinaria fue Carlos Grimaldos, un profesional de la Fundación Neotropical que, con Illika y Dasán, completa cuatro vidas de cóndores salvadas. Gracias a su experticia y junto con los saberes milenarios de la medicina rural, a punta de carbón, agua y algunas dosis de tropina logró mantener vivas a las aves mientras se buscaba que recibieran atención especializada.

El halcón con el que volaron los cóndores

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Mientras los salvadores de los dos animales estudiaban la manera de trasladarlos, sabían que un viaje por tierra sería riesgoso pues tenían que atravesar la trocha Curos Málaga para llegar a Bucaramanga o exponerlos en un largo recorrido que además incluiría 22 kilómetros de un terreno destapado por el páramo del Almorzadero.

Coincidencialmente, expertos del parque Jaime Duque, la institución que se encarga de rescatar y recuperar aves, se encontraban ese día en el Cerrito y al ver la condición de los alados pidieron apoyo a la Fuerza Aérea de Colombia, que dispuso una de sus mejores aves, un helicóptero Halcón Negro.

Y fue el pasado 22 de noviembre cuando el ave artillada de la FAC aterrizó por primera vez en la cancha Sady Tobón de la Normal del Cerrito. Tras disponer a los cóndores en guacales e impregnarlos con esencias naturales para mantenerlos calmados, este Halcón alzó el vuelo con destino a Sopó.

La lucha contra el veneno

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Tras realizar las pruebas médicas a los gigantes de cuello blanco y tez arrugada, expertos determinaron que su sangre estaba contaminada con plomo, un veneno muy potente que puede permanecer en un cuerpo hasta causar la muerte. La acción de este elemento, según la veterinaria del Parque Jaime Duque, Nathalia Agudelo, les produjo “intoxicación, depresión e inapetencia alimenticia”. El área de Cuidado Crítico fue el lugar destinado para los animales por su grave condición de salud.

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Y como si los veterinarios quisieran mantener la pureza de esta ave milenaria, trataron sus dolencias con medicina alternativa, con plantas y esencias. La decisión fue acertada, el tratamiento funcionó. “A los cinco días ya comían, a los 15 mostraron gran mejoría, sus exámenes arrojaron resultados positivos. Fue un tiempo récord. Normalmente ellos no responden tan rápido ante un tratamiento por intoxicación”, reveló Agudelo.

Luego de haber superado la fase crítica, los cóndores fueron trasladados a un lugar de encierro más amplio. 57 días después, estaban listos para regresar a sus nidos.

Un vuelo llamado libertad

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El UH-60 Black Hawk, pilotado por el capitán Edwin Sanabria, fue el escogido para llevar de nuevo a casa a estas majestuosas aves, ella de ocho años y él de cinco años de edad. Durante toda la mañana del pasado 17 de enero, el personal del Jaime Duque se volcó a despedir a sus ilustres visitantes. Mientras los expertos veterinarios los enguacalaban y aseguraban dentro del helicóptero, el piloto analizaba las condiciones del tiempo para garantizar un viaje tranquilo.

Las 9:26 a.m. fue la hora escogida para alzar el vuelo. La aeronave arrancó su misión del Jaime Duque y se dirigió hasta Tunja a aprovisionarse de combustible, tras realizar esta maniobra continuó su recorrido y a las 10:56 a.m. aterrizó en el mismo sitio donde el 21 de noviembre facilitó el regreso a la vida de estas aves, símbolo nacional.

En una milimétrica operación, los dos guacales fueron bajados de la aeronave y puestos en dos camionetas. Cada uno iba escoltado por veterinarios, personal de la Fuerza Aérea y varias motocicletas de Policía y Ejército.

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La vigilancia presidencial se quedaba corta ante la magnitud de vigilancia que tenía la caravana.

Al menos 27 vehículos y cerca de 200 personas emprendieron un recorrido de 45 minutos por un empolvado camino para ascender hasta la vereda Cruz de Piedra, un mirador ubicado cerca a los 4 mil metros de altura y considerado como el sitio ideal para que los cóndores volvieran a desplegar sus alas.

El ritual de liberación se completó con un recorrido de dos kilómetros a pie, donde el aire escaseaba pero también en el que la fuerza mental y las ganas de verlos libres podían más. En la cima de la montaña escogida y al filo de un gran cañón, los dos guacales fueron dispuestos, uno al lado del otro.

Tras el silencio de los asistentes, únicamente interrumpido por la brisa fría, a Illika, que en lengua Quechua traduce ‘con suerte’ y a Dasán, ‘el líder de las aves’, se les desactivó el seguro del guacal, la puerta se abrió y ocurrió el milagro...

Illika salió presurosa de su jaula, trepó a una roca, extendió sus alas, dejó que el viento las acariciara, se hincó, tal vez en señal de agradecimiento a sus cuidadores y se lanzó a volar entre un grito de ¡Viva Colombia! Dasán, un poco más temeroso, esperó, tomó pista y se despidió entre aplausos y otra voz que exclamó ¡Viva Santander!

Se dice que estas aves simbolizan fuerza, que muy posiblemente eran madre e hijo, que ella duerme en montañas santandereanas y él prefiere volar más lejos, más hacia el Norte. No obstante, estas insignias nacionales fueron capaces de erizar la piel, de arrancar lágrimas y de lograr que muchos se unieran para hacer realidad este viaje llamado libertad.

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