martes 09 de julio de 2019 - 10:32 AM

Así pasan sus días las trabajadoras sexuales de la tercera edad de Bucaramanga

El oficio que les marchitó el sueño de una vida alegre. En el centro de Bucaramanga, según conoció esta redacción, hay cerca de 60 trabajadoras de la tercera edad luchando por sobrevivir con lo que sus cuerpos puedan ‘rentarles’.
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Mujeres de la vida fácil’, ‘de la vida alegre’... ¡Qué va! Ha de ser bastante difícil y triste para una mujer entregar su cuerpo al mejor postor por unos cuantos pesos, más aún cuando se está en la tercera edad. Para entonces, la figura femenina ya no es tan llamativa, priman las arrugas, la humanidad flácida, marchita.

Tienen 60, 70 y hasta más años. Sus rostros reflejan el tiempo y el sufrimiento. Han visto pasar por el frente nombres, hombres y fechas. Muchas esconden la soledad detrás del maquillaje: labial oscuro, pestañina, sombras en los ojos; un rubor que destaca en sus mejillas ajadas por el tiempo.

Atrás quedaron las minifaldas, los tacones, la ropa ajustada; se les ve sentadas por el centro de Bucaramanga o paradas en las esquinas a la espera de clientes, ya no tantos como cuando los muslos eran firmes, el busto erguido, el abdomen plano, el vientre intacto.

Salen a la ‘puja del amor’ por raticos, aunque la competencia sea dura, rodeadas de decenas de muchachas que muestran sus atributos juveniles aún. En este oficio donde hombres y mujeres pagan por sexo, el precio, además de la belleza, está valorado por los años.

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La soledad de Margarita

Margarita, a sus 68 años, se gana el sustento en las calles, saciando el deseo de cientos de hombres que piden lo que en sus casas les da pena. Su vida, contrario a florecer para hacerle honor a su nombre, se ha ‘marchitado’. El dinero que le dan sus ‘amantes furtivos’ no ha sido suficiente para comprar la felicidad mientras que la juventud se desvanece.

Las implacables vueltas al sol comienzan a hacer mella en su rostro, lleva más de 40 años dedicados a la prostitución, esa práctica ‘escondida’ pero muy visible. De día y de noche, ante los ojos de todos, miles de personas se prostituyen. La necesidad las obliga, el hambre las constriñe. Otras lo hacen por conformismo o simplemente por gusto, placer lascivo.

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Margarita lo hace por necesidad, vende su intimidad por solo “20 mil o menos el rato” como ellas lo llaman. Cuando tienen suerte, logran atrapar la mirada de uno o dos deseosos de amor comprado, a veces pasan la semana “blanqueadas”.

Hay mucho dolor detrás. Las prostitutas y más aún las ‘viejas’, son objeto de críticas, de condena social, pero Margarita, como muchas de sus compañeras, no tiene otra opción. La calle ‘deshoja’ su vejez, es la única forma de poner un plato de comida en su mesa y tener un techo que la cobije, en un ocaso manoseada, usada, abusada, ‘protegida’ solo por lo que su cuerpo pueda rentarle.

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‘Gritan’ por ayuda

No cuentan con el apoyo de una familia; algunas tienen hijos, pero no se hacen cargo de ellas. Eso es lo que quizá más les duele.

Del vientre de Margarita ‘floreció’ una vida, la de su única hija. Llora al nombrarla. “Me colabora muy poco, me dice que me vaya para la ‘porra’ porque no me puede sostener, me rechaza por mi trabajo. Es doloroso”.

Varias coinciden en lo mismo. “Tuve tres hijas, pero se organizaron y me dejaron orillada, sola”; “tengo un hijo pero no está acá, toda mi vida he vivido sola”; “mi hija no me ayuda, no me da ni la posada, a veces me toca dormir en la calle”; “viví con mi hija, pero el marido me pegó, yo no me dejé y por eso ella me odia”; “no tengo quién me colabore, tengo dos hijos, pero ni siquiera me llaman”... Los ojos se les ‘encharcan’.

En Bucaramanga, según Fátima Bacca, quien vela por los derechos de las trabajadoras sexuales, hay por lo menos 60 mujeres de la tercera edad ejerciendo el oficio más antiguo del mundo, el más ingrato. Al final, a pesar de haber tenido a tantos hombres a su paso, las deja en soledad, con las manos vacías. No hay dinero, ni sosiego, ni techo, ni familia... Ni amor.

Margarita se ve cansada, ojerosa, habla bajito, pausado, tiene manos temblorosas. A pesar de estar enferma, casi perdiendo la visión, sigue a merced de los devoradores de sexo.

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“Es muy triste (...) voy para los 68 años y no he logrado salir de esto. Estuve en un hogar de paso cuando caí en una enfermedad; tuvieron que meterme a un tratamiento. Pido que me colaboren, que me saquen para un asilo, que hagan algo”, dice mientras con sus manos llenas de anillos de fantasía, limpia algunas lágrimas que ‘resbalan dolorosas’ desde sus ojos delineados con lápiz verde.

“Yo no gano nada, cuando más son por ahí 20 mil pesos. A veces paso ‘blanqueada’ con los bocados que me regalan, a veces no hago ni un rato en la semana. Es difícil, pero toca, porque a esta edad dónde dan trabajo”.

Para Nidia, de 64 años, la situación no es distinta, lleva 25 en el oficio.

“Inicié en esto por circunstancias de la vida, falta de trabajo, buscando un sustento. Cuando uno empieza a salir a la calle es por alguna decepción, por necesidad, porque no tiene la ayuda de nadie. Uno se siente solo. Eso lo arroja a ese destino cruel”: al asfalto, los andenes, la penumbra, donde todos los gatos son pardos, que es la calle.

“A esta edad es difícil tener que soportar tantas cosas en el centro de la ciudad. Soportar lo que los hombres piden se hace difícil, la juventud se ha acabado. Después de que uno entra a los 50 empieza a decaer, la salud no es igual que en la juventud”, comenta Nidia.

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Compite la edad...

Las trabajadoras sexuales de la tercera edad se levantan muy temprano, llegan primero a las calles para ganar los clientes madrugadores, antes de que lleguen las jovencitas.

“Es que la competencia es dura, las jóvenes tienen más armonía, la capacidad mejor que la de uno y la juventud”.

Sus clientes son hombres ya mayores, “son pocos los jóvenes que nos buscan, la mayoría de clientes que nos llegan son ya de edad, pensionados, por eso uno no se siente atropellado, es gente humilde”, dice Nidia.

Otras como Mariela, de 60 años, no han corrido la misma ‘suerte’. “Hasta me han pegado, robado la platica, esos hombres le exigen a uno tantas cosas, que póngase así, que haga esto, aquello, es difícil, indignante, y más aún a nuestra edad”.

Eso sin contar las críticas: “‘¡Señora, usted está muy vieja y en esa vida, sinvergüenza!’, pero ese es el problema, por la edad no dan trabajo. Le pido mucho a mi Dios que me salga en otra parte una oportunidad”.

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“Una señora nos dijo, vayan cojan oficio, puercas. No me gusta porque este trabajo es difícil, uno se desespera, pero mi Dios está arriba mirando y sabe cómo sufrimos. Toda mi vida he trabajado en esto y no por gusto”, expresa otra de las trabajadoras sexuales, quien hace menos de 15 días cumplió los 63 años.

Las historias de dolor de estas mujeres se cuentan por montones en el centro de Bucaramanga. Cuánta tristeza albergan esos cuerpos que desde hace muchos años hacen dichosos a perversos y deseosos.

Mujeres relegadas, pero que siguen ahí, en una ciudad salvaje que lucha por borrarlas, por olvidarlas y señalarlas... Sueñan con que alguien les tienda la mano para poder salir de ese mundo al que permanecen atadas.

“Que mi Dios perdone a esas personas que nos desean el mal, uno no debe pensar en el mal para nadie, sea lo que sea”, dice con un dejo de paz una Margarita ya marchita.

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RECUADRO:
Les cerraron las puertas
Según Fátima Bacca, líder de las trabajadoras sexuales, durante esta administración “nos han cerrado las puertas. Teníamos un taller de marroquinería en el que trabajaban 45 mujeres, pero hace más de tres años nos quitaron el comodato y nos retuvieron las máquinas. También se quedaron con una donación de insumos. Nos dejaron por fuera de todo; no quieren a esta población ni en pintura. Muchas de esas mujeres regresaron a la calle”.
“En cuanto a asistencia en salud, solo hacen exámenes de VIH, cuando las trabajadoras sexuales sufren de muchas otras enfermedades”, agregó Bacca.
Las trabajadoras sexuales del centro de Bucaramanga venden su intimidad por “20 mil pesos o menos el rato”, como ellas lo llaman. Hay semanas en que no atienden ni un solo cliente.
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