domingo 26 de mayo de 2019 - 12:00 AM

La Bucaramanga del ayer: ‘Lea’ la historia del inolvidable Ladislao

Hoy recordamos la bellísima misión que desde 1972 y hasta 2001 cumplió el señor Ladislao Gutiérrez. Su promoción de la lectura se convirtió en un ejemplo de generosa constancia, digna de ser admirada e imitada.

No cesaba en su empeño de mandarnos a leer. De hecho sugestionó a más de uno con sus dedos inquietos, ávidos y algo ‘revolucionarios’.

Pese al inexorable paso del tiempo en su humanidad, él hacía un gran despliegue de vitalidad para recorrer las calles escribiendo esta particular palabra: ‘lea’.

No hacía más que plasmar esa expresión sobre el polvo de los buses, en las paredes, en el asfalto, en los portones, en las bancas, en los baños, en fin... Era una singular inscripción, en letra cursiva, que tenía su notable estilo y su magistral rúbrica.

También era fácil identificar su porte. Todos veíamos a un hombre canoso y de caminar pausado. Siempre llevaba un portafolio debajo del brazo, tenía unas gruesas gafas de carey, vestía de saco y corbata, tal y como se aprecia en los registros gráficos de esta página histórica.

La verdad fue que los bumangueses nos fuimos acostumbrando no solo a su imagen, sino también a ver en diferentes lugares públicos la referida palabra, escrita con una impecable letra.

Es probable que al mencionar su nombre, Ladislao Gutiérrez, los jóvenes de hoy no tengan ni idea de quién hablamos. Pero si usted ya pasó los 40, de pronto sí recuerda al grafito ‘lea’ que miles de transeúntes veíamos escrito por doquier.

En medio del bullicio y de los afanes cotidianos, quienes caminábamos por Bucaramanga apreciábamos escrito por doquier el término ‘lea’.

El autor de este corto mensaje era, de manera precisa, el gran Ladislao de esta historia, un hombre que heredó de su bisabuelo el tesón y el ímpetu de batallar hasta el final. Su campaña de lectura la lideró hasta su muerte.

Con el sol a la espalda, este noble señor duró 29 años escribiendo la palabra ‘lea’ en cuanto espacio urbano encontraba.

¿Para qué lo hacía?

Con voz recia él mismo respondía: “Lo hago para que la gente le gane la batalla a la ignorancia”.

Gracias a la lectura repetida de este aviso manuscrito, visto en los más variados e insólitos lugares, a muchos se nos despertó el interés por la lectura, beneficiándonos con tan importante y enriquecedora práctica.

Por eso hoy evocamos la herencia que nos dejó el ilustre Ladislao, quien fuera un descendiente del expresidente de la República, el General José Santos Gutiérrez (1868-1870).

Fue justo por su ancestro que él se propuso esta meta. Comenzó a escribir ‘lea’ en 1972, entre otras cosas, porque ese año tenía un gran significado para él: se conmemoraba el Centenario de la muerte de su pariente. De hecho, se prometió hasta su muerte ‘sacrificarse’ escribiendo esta palabra.

Esta cruzada por la lectura no la inició solo. Un 6 de febrero de 1972 se unió junto a su primo, Olmedo Gutiérrez, y al cofrade Rozo Julio Anaya, para combatir la poca lectura entre la gente.

Tras las intempestivas muertes de sus ‘parceros’, él prometió jamás frenar su intento por combatir la ignorancia.

Él era natural de Chinácota y se acostumbró a la vida errante.

Lleno de alegría y de ganas de vivir, era un hombre que le demostraba al mundo entero la importancia de leer, manipulando a todos con sus risas y sus ánimos; y sobre todo contándoles a los jóvenes cuál es el camino para llegar a un mundo mejor.

Esta tarea no la hizo solo en Bucaramanga, también iba por todo el país liderando esta misión. Bogotá, Cartagena y Cúcuta fueron algunas de las ciudades que convirtió en sus ‘lienzos literarios’.

Es más, el llamado ‘profesor de lectura callejero’ más popular de todos los tiempos, también desempeñó esta pedagógica labor en Venezuela y Ecuador.

Claro está que Bucaramanga fue su sede. Caminaba por los barrios ‘acosando’ a la ciudad entera con el arma que lo hizo famoso, con el único escudo que, según él, extrañamente y de forma impersonal “nos llevaría a todos a conseguir la paz”.

También se le veía con los estudiantes de las universidades y de los colegios dictando cátedra sobre su campaña. Les sugería a los alumnos ‘tomar partido’ con Ladislao y escribiendo ‘lea’ en los cuadernos.

Les contaba a los estudiantes de la UIS que veía en Frederich Nieztche a uno de sus autores predilectos.

Les decía a los alumnos que lo escuchaban que, su lema completo realmente era el siguiente: ¡Lea, escriba y triunfe!

Si bien algunos lo tildaron de ‘loco sin oficio’, él replicaba rotando el dedo alrededor de la oreja, indicando que los locos eran los que no leían.

Yo diría, sin exagerar, que este gran hombre hizo más por la lectura que muchas de esas campañas que promueven tanto el Ministerio de Educación como las cátedras de Español.

Dicen que ni la muerte, ocurrida en el año 2001 a sus noventa años de edad, logró menguar sus ánimos.

Y es que, según reza en una leyenda popular, él se fue al cielo a promover la lectura. Dicen que desde allá le grita a usted: lea.

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