El veterano caricaturista Edilberto Ardila, conocido como ‘Argón’ por sus años de trayectoria en Vanguardia, cambió los trazos por minutos de pura adrenalina al tener que asistir el nacimiento del pequeño Thiago Matteo a bordo de su vehículo.

Escuché la perorata de un santandereano garlando por radio en Bogotá, sin que nadie se atreviera a interrumpir la joda de la que todo el mundo parloteaba, no solo en la capital de la república sino en el resto de Colombia: el asiento trasero de su carro se convirtió por instantes en un cojín partero.
Quedé ‘jetiando’ con el relato no tan increíble en un país donde una clínica se da el lujo de cerrarle las puertas a una mujer en trabajo de parto. Con él no pasaría lo mismo en aquel vehículo pediátrico por accidente, porque el conductor sí que sabía cómo está dibujada –o mejor- caricaturizada la salud.
Había salido del noroccidente de la capital, a unas cuantas cuadras de la Avenida Ciudad de Cali, cuando vio a una mujer mayor haciendo señas en busca de auxilio, tratando de hallar transporte en esa urbe repleta de automotores. ‘Aleteó’ para que alguien se detuviera y él lo hizo.
-Me dijo que la llevara con la hija a un control, que era una emergencia. Se entraron a la casa y me quedé esperando, hasta pensé que no saldrían, cuando veo es que vienen con ella en carrera, diciendo que era una emergencia...
-¡Estaba por parir. Yo no creí que fuera tan emergencia!
-Esa muchacha gritaba, la traían en peso tres personas, vestida con una batica sencilla y un pañal en la manos, era todo lo que traía. Qué joda tan arrecha, eso sí era una urgencia grande.
- Le dije a la abuela: siéntese al lado izquierdo y atraviésela a ella. Ole y echaron hasta la maletica del chino. Venían preparados”.
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Y muchísimo. Ante la algarabía de la gestante quien ya sabía que su primogénito no daría espera, el conductor optó por chicanearle un poco para tratar de darle calma.
-Tranquila, cálmese, que si se viene yo soy experto en recibir bebés; ya me ha pasado... ¡Cuáles! Dije esa joda para que no se desesperara.
Por allá a finales de los 90 había tenido dos experiencias. Una en la Clínica Materno infantil del barrio San Francisco en Bucaramanga y otra en La Paz, Santander, cuando un médico le dijo que lo ayudara a eso, a ver cómo era un parto. Pero habían pasado 36 años.
Acababa de recoger a una mujer cuyo vientre parecía una placa tectónica en pleno temblor mientras el tráfico infame de la Avenida Suba con calle 127 infartaba, indolente frente a la llegada de un nuevo ciudadano a este territorio indómito.

“¡Es una emergencia, es una emergencia…!
Para cuando empujó su cabecita por entre las caderas de mamá, Edilberto Ardila hablaba más que secuestrado recién liberado, tratando de distraer a la preocupada parturienta que ya sentía la presencia de su bebé entre las piernas. La alerta que cundía en aquella cabina fue percibida por varios motociclistas que se unieron de a la caravana, ante las insistentes voces: “¡Es una emergencia, es una emergencia…!
Entonces, como si hubiera llegado la Selección Colombia a Barranquilla, se armó un estropicio de pitos para que la hilera de carros se despabilara, pero ni así, a pesar de que hasta el papá de aquella criatura que aterrizaba iba en una de esas máquinas de la avanzada pudieron abrirse paso. En ese momento, entre las cuatro puertas se escuchó un chillido definitivo que provocó la inesperada reacción del piloto quien metió el freno de emergencia al carro en la mitad de la avenida, se ‘eyectó’, dio dos zancadas hasta quedar del lado derecho trasero, abrió la puerta cuál paramédico de ambulancia, sujetó la testa despeinada del niño y le dio la bienvenida a Mateo, no había más nada qué hacer.
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-Ahí hasta pensé que quizá podía solucionar el tema del cordón umbilical con el bisturí que guardaba en la guantera. ¡Huy no, esa joda no estaba higiénica y yo tenía las manos cochinas...!
Mateo fue saliendo poco a poco, hasta que el improvisado partero lo pudo ensamblar en el primer pañal de su vida.
No valió ir a toda, porque la clínica estaba aún muy allá, en la calle 127 cerca de Unicentro. Allá habrían de saludar al nuevo bogotano, porque la mamá lo sintió: “¡Se vio el bebé, se vino el bebé!” Un video de una empresa donde pegó la estacada, grabó cada detalle del sofoco.
La segunda parte fue no sentir que el bebé llorara y ahí por primera vez fuera de aquel cómodo saco donde estuvo durante nueve meses, el tono áspero de un santandereano perforó sus oídos: ¡Llore mano, llore…!” Solo sus lágrimas y diminutos alaridos sosegaron al socorrista veleño, quien solo atinó a decirla a la abuela que permanecía estupefacta contra el rincón del vehículo, con su hija en el regazo y su nieto en el vientre de aquella.
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-¡Coja el cordón umbilical, apriételo para que no pasen más fluidos…. Y nos fuimos ahí sí para la clínica, ese momento mis primas –que trabajan en el concesionario donde se compró el carro donde yo iba, grababan!
La descarga de adrenalina que sufrió no le permitieron medir la distancia del centro médico, la hora en que nació, solo volvió a la realidad cuando escuchó los aplausos de los profesionales de medicina que los recibieron después de la odisea de bienvenida con la que llegó Mateo a la fría capital.

Nuestro caricaturista
El cuento de aquel chofer que le daba tiestazos al habla me fue conocido, ese Edilberto Ardila compartió la sala de redacción de Vanguardia con quienes hemos pasado las tres últimas décadas dedicados al oficio informar. Era ‘Epe’, o ‘Argón’ el caricaturista, como se hizo llamar haciendo matachos lacerantes que ironizaban con la realidad nacional. Anda al frente del timón de un Volkswagen Gold color plata pertrechado con su airbag natural abdominal, por entre la jungla urbana.
Ahí debió suspender la sarta de tramojazos al lenguaje, garlando de manera coloquial cómo quien echa un cuento en la plaza principal de Vélez, arrullado por torbellinos.
Debía dejar de echar jodas de su tierra y atender al pela’o.

















