Agro
Domingo 12 de abril de 2026 - 01:00 AM

Santander: ¿Por qué los cultivos enferman cuando llueve?

En un Santander que aún recuerda las cicatrices de la sequía de 2016 y hoy lucha contra el barro y las enfermedades fúngicas, la agroecología emerge como la única herramienta capaz de anticiparse al caos climático.

En un Santander que aún recuerda las cicatrices de la sequía de 2016 y hoy lucha contra el barro y las enfermedades fúngicas, la agroecología emerge como la única herramienta capaz de anticiparse al caos climático.
En un Santander que aún recuerda las cicatrices de la sequía de 2016 y hoy lucha contra el barro y las enfermedades fúngicas, la agroecología emerge como la única herramienta capaz de anticiparse al caos climático.

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Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz, ‘El campo en Tacones’

La agricultura se ha convertido en un punto clave dentro de la actual crisis climática global. Hoy no solo se trata de producir alimentos, sino de comprender el papel que cumplen los sistemas productivos en la regulación del clima. Entendamos que, cuando aumentan las temperaturas, también se intensifica el ciclo del agua: a mayor calor, mayor evaporación y, como consecuencia, lluvias más fuertes y concentradas.

De acuerdo con reportes recientes del IDEAM, durante el 2026 se han presentado precipitaciones por encima de lo normal en la región Andina. En territorios como Santander, esto se traduce en lluvias persistentes que ya afectan la sanidad de los cultivos y la estabilidad de los sistemas productivos.

En este contexto, la agroecología cobra una importancia fundamental como un sistema de producción capaz de mejorar los suelos, fortaleciéndolos frente a enfermedades y plagas. Y esto lo podemos lograr a través del incremento de abonos orgánicos, la cobertura vegetal y la actividad biológica, lo que permite sistemas más equilibrados, con mayor capacidad para regular el agua y adaptarse a condiciones climáticas extremas, y con potencial de generar ingresos a través de mercados de carbono, aunque en Colombia aún es de acceso limitado.

Estas condiciones evidencian la importancia de contar con sistemas de drenaje para manejar el exceso de agua en el suelo. Cuando el agua no se controla, las raíces se asfixian y aumentan las enfermedades.

Las lluvias intensas han generado un aumento de enfermedades en los cultivos. Problemas como Phytophthora, antracnosis, botrytis y, en el caso del café, la roya, son más frecuentes en condiciones de alta humedad. En cultivos como el plátano, la sigatoka negra se intensifica, afectando la fotosíntesis y la producción, mientras que en la palma de aceite la pudrición del cogollo encuentra condiciones favorables en suelos con exceso de agua y mal drenaje.

Estas condiciones evidencian la importancia de contar con sistemas de drenaje para manejar el exceso de agua en el suelo. Cuando el agua no se controla, las raíces se asfixian y aumentan las enfermedades.

Los suelos degradados, con poca materia orgánica y baja actividad biológica, pierden su capacidad de absorber el agua, lo que genera encharcamientos y reduce el oxígeno en la raíz. En estas condiciones, las plantas se debilitan y se vuelven más susceptibles. Además, durante periodos prolongados de lluvia disminuye la radiación solar, lo que afecta la fotosíntesis, proceso mediante el cual la planta produce la energía necesaria para crecer y defenderse, y reduce su vigor.

La teoría de la trofobiosis advierte que una planta mal nutrida es el banquete perfecto para los patógenos. Bajo esta premisa, y ante el exceso de humedad que hoy asfixia las raíces en la región Andina, el fortalecimiento de la actividad biológica del suelo surge como la estrategia definitiva. No se trata solo de drenar el agua, sino de equilibrar minerales como el potasio para preparar los sistemas productivos ante los extremos de un clima que ya no da tregua.

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El exceso de lluvia no solo enferma las plantas, también desequilibra los sistemas productivos, tanto agrícolas como pecuarios.

Las lluvias intensas también afectan la ganadería. Aunque en regiones como Santander los pastos responden favorablemente al agua y aumentan su crecimiento, estas condiciones favorecen la proliferación de garrapatas y otros problemas sanitarios. A esto se suma el exceso de barro en los potreros, que dificulta el movimiento de los animales y favorece infecciones en las pezuñas. En estas condiciones, el sistema se desequilibra y la productividad puede verse afectada.

En este punto, es importante entender que el problema no es únicamente la lluvia, sino el desequilibrio nutricional de los suelos dentro de los sistemas productivos. Aquí, la nutrición del suelo y de la planta juega un papel fundamental. Cuando una planta se encuentra desequilibrada nutricionalmente, se vuelve más susceptible a enfermedades, especialmente en condiciones de alta humedad. Este principio se explica desde la teoría de la trofobiosis, que plantea que los patógenos afectan principalmente a plantas con desequilibrios nutricionales.

En un Santander que aún recuerda las cicatrices de la sequía de 2016 y hoy lucha contra el barro y las enfermedades fúngicas, la agroecología emerge como la única herramienta capaz de anticiparse al caos climático.
En un Santander que aún recuerda las cicatrices de la sequía de 2016 y hoy lucha contra el barro y las enfermedades fúngicas, la agroecología emerge como la única herramienta capaz de anticiparse al caos climático.

Por ello, la recuperación de los suelos no se limita al aporte de materia orgánica, sino también al equilibrio mineral. Los minerales cumplen un papel fundamental en el desarrollo de las plantas: influyen en la floración, el cuajado, la formación, el tamaño y la calidad de los frutos, así como en su sanidad. Cuando existe un desbalance nutricional, estos procesos se ven afectados y la planta pierde capacidad productiva y de defensa.

Dentro de estos elementos, el potasio juega un papel especialmente importante. Este nutriente regula la transpiración de la planta mediante el control de los estomas, permitiendo un mejor manejo del agua y reduciendo la pérdida de humedad. De esta forma, ayuda a que, en tiempos de verano, la planta conserve mejor su agua y resista condiciones de estrés hídrico asociadas a altas temperaturas.

La verdadera soberanía alimentaria del siglo XXI depende de nuestra capacidad para transformar sistemas productivos degradados en ecosistemas resilientes y equilibrados.

Aquí es donde la agroecología cobra un sentido práctico. La implementación de sus principios permite el establecimiento de sistemas productivos más resilientes. En Santander se vivió en 2016 un fuerte verano que afectó la productividad y la estabilidad de los sistemas agropecuarios. Esto enseña que, después de periodos de alta humedad, pueden presentarse sequías, por lo que es necesario actuar de forma preventiva. En agroecología, el manejo en invierno y verano es el mismo: fortalecer el suelo para responder a ambos extremos climáticos.

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No se trata únicamente de responder al clima, sino de anticiparse. Lo que debemos entender es que las lluvias intensas y los veranos extremos son hoy los grandes retos que enfrentamos quienes trabajamos en el campo. Es una realidad que ya estamos viviendo y a la que debemos adaptarnos.

En este contexto, los sistemas agroecológicos son una herramienta fundamental para fortalecer los suelos, equilibrar la nutrición y diseñar sistemas resilientes que contribuyan a la recuperación del equilibrio natural. Porque, al final, no solo se trata de producir alimentos, sino de sanar el suelo, proteger la vida y contribuir al equilibrio del planeta.

Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz, ‘El campo en Tacones’

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