El cineasta santandereano Alberto Gómez Peña apuesta por historias que transforman, llevando el audiovisual más allá del entretenimiento y buscando impacto real en Santander.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Desde niño, a Alberto Gómez Peña lo marcó el poder de la narración. Sentado entre los mayores, escuchaba fascinado a su tío abuelo Luis Arango, el gran cuentero de la familia: “Yo ya veía desde los siete años el impacto que tenía la narración en los encuentros familiares… y lo imitaba. En el colegio, gané un concurso de cuentos importante y ahí empecé a sentir que las historias tienen un impacto en las personas”.
Durante años, Alberto no supo cuál sería su camino: “no sabía de qué manera iba a desarrollarme, si como cuentero oral, como escritor... Lo audiovisual llegó por destino. Yo siempre he pensado que las cosas más importantes que le pasan a uno en la vida, uno paradójicamente no las está buscando”.
Terminó estudiando realización audiovisual en Canadá, donde descubrió un ambiente en el que las películas estaban por todas partes. Se destacó en la universidad y siempre ha tenido ese capacidad de convencer a la gente de sus ideas. Ahí fue donde nació también su vocación de director.

Eso sí, para Alberto, el cine nunca ha sido solo entretenimiento: “es un reflejo de los cuestionamientos existenciales que tengo. Hoy en día no me embarcaría en un proyecto solo para entretener o generar reflexiones superficiales. El cine está vinculado a un cuestionamiento filosófico del individuo. Yo creo que a todos nos corresponde filosofar y el cine es una manera de hacerlo. Me interesa el para qué de las historias”.

Su carrera es también una búsqueda constante de propósito. Antes de “Río de ceniza”, su ópera prima estrenada en 2021, Alberto había dirigido cortometrajes y experimentado en televisión local con el programa El Show de los Estudiantes, en donde, además, se descubrieron talentos como el de la periodista Daniela Pachón. Alberto ve todo lo relacionado con el campo audiovisual como una oportunidad para que otros también encuentren su voz.
Y este fue el caso de “Río de ceniza”, un viaje íntimo y existencial: “tenía que ver con rasgos familiares que casi parecen condenas. La película es oscura, melancólica, pero era el momento de contarla así”.
Después de esa experiencia, su visión del cine se volvió aún más crítica y fue entonces cuando se topó con el cine documental, que llegó a su vida también por casualidad: llegó la oportunidad de trabajar el guion del reconocido cantautor santandereano Pablus Gallinazo con la producción de Dago García: “avanzamos rápido y aprendí muchísimo de ese proceso. Pablus me decía que las obras tienen que ser útiles, que uno debe preguntarse para qué sirven las cosas que hace. Ese es el aprendizaje que me acompaña”.
Hoy, Alberto siente que su cine transita hacia nuevas preguntas. Su más reciente proyecto, “Abriendo puertas”, le marca el fin de una etapa: “Es probable que sea la última película que haga centrada en desarrollo de personajes”. Ahora, Alberto quiere conectar con la transmedia, que es un medio para que otras cosas sucedan. Por ejemplo, en la serie documental “Mantilla Caballero; quinientos años después”, el propósito es que de ahí salga un museo, que el audiovisual tenga un impacto real en la vida de las personas. No es un fin en sí mismo, es un medio”.
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Pero el proyecto que más lo entusiasma es el “Parque Topocoro, Museo Navegable”: “en la región de San Vicente de Chucurí hay vestigios de presencia humana de hace más de 10.000 años. Me parece fundamental que la gente conozca esa historia. Además, fue una región marcada por la violencia. Ahora queremos que se convierta en un espacio de educación, empleo y turismo. La violencia se combate con oportunidades y educación, y eso es lo que el museo puede lograr”.
Alberto reconoce el valor de los equipos: armó un grupo con expertos como Armando Martínez, Mónica Giedelmann, Ricardo Varela e Iván Acevedo. Juntos, el impacto será mayor. Su participación en Lideremos le ayudó a fortalecer esa visión colectiva: “no se trata del protagonismo personal, sino del alcance de los proyectos”.
Precisamente, sobre su paso por Lideremos, destaca una lección esencial: la importancia de la escucha: “he aprendido que el verdadero liderazgo es escuchar. Eso es transformador. Me voy de aquí siendo, en muchos aspectos, otra persona”.
Al preguntarle por el futuro, Alberto es enfático: “no me pienso ir de esta región. Quiero quedarme y colaborar en proyectos de alto impacto que sirvan a Santander. El arte debe tener utilidad, debe dejar algo más allá de la vanidad del creador”.
Entre preguntas filosóficas y proyectos de territorio, la voz de Alberto Gómez Peña deja claro que el cine, como la vida, no es solo un espectáculo, sino una manera profunda de preguntarse por el sentido y la utilidad de todo lo que hacemos.












