Magazín cultural
Sábado 29 de agosto de 2026 - 01:51 AM

El sueño de volar sin despegar los pies de la tierra: los aeromodelistas de Bucaramanga

Jets con turbinas, réplicas de aviones de guerra y pequeños modelos de entrenamiento despegan desde Guatiguará. Detrás de cada maniobra hay pilotos que llevan años construyendo aeronaves y persiguiendo, desde tierra, su sueño de volar.

Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA
Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA

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Publicado por: Franz Rey

El avión aparece primero como un punto en el cielo. Después se escucha el motor. El pequeño aparato gana altura, se inclina hacia un costado y, durante unos segundos, parece desafiar la lógica: vuela sin piloto, sin cabina y sin pasajeros. Abajo, con los ojos puestos en el cielo, alguien sostiene firmemente un control entre las manos.

En tierra está el piloto. En el aire, su imaginación, su gran sueño.

“Desde pequeño veía aterrizar esos pájaros de hierro desde mi balcón y siempre me llamó la atención”, recuerda Erwin Balaguera, uno de los pilotos, campeón nacional en 2022 y 2023 en su categoría.

“Siempre, siempre, desde niño, recuerdo que me han gustado y me han apasionado los aviones. Mi mamá y mi esposa dicen que soy un piloto frustrado; tienen razón”, cuenta Angelo Quintero, arquitecto de profesión y aeromodelista. Lo dice sin molestia; al contrario, parece aceptar el apodo como una explicación sencilla para una pasión que llevaba años esperando una oportunidad.

Porque quizá el aeromodelismo tenga algo de eso: de cumplir en tierra un sueño que nació mirando hacia arriba.

Así transcurre buena parte de la historia del Club de Aeromodelismo Bucaramanga, una comunidad que durante décadas ha convertido el gusto por los aviones en una combinación de paciencia, ingeniería, amistad y disciplina.

Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA
Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA

Una historia que comenzó hace décadas

El aeromodelismo llegó a Colombia de la mano de aficionados que encontraron en los aviones a escala una manera de acercarse a la aviación. Durante las décadas de 1950, 1960 y 1970, la afición comenzó a crecer en diferentes ciudades del país, entre ellas Bucaramanga.

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En aquellos años, construir un avión significaba también aprender a trabajar con las manos.

La madera de balso, el pegamento, los planos y la paciencia eran parte fundamental del proceso. No existían las facilidades tecnológicas actuales. Cada modelo exigía tiempo y conocimiento.

En Bucaramanga, aquella pasión terminó encontrando una forma colectiva de organizarse.

Según varios relatos, la historia comienza entre 1978 y 1980, cuando Alfonso Oviedo y Jesús Franco León empezaron a volar sus modelos en un lote de Floridablanca, específicamente en Cañaveral. Allí realizaban vuelos ante un público, especialmente niños, que miraban aquellos aparatos como criaturas recién escapadas de un cuento.

Era una época en la que ver un avión de verdad ya era motivo de asombro. Ver uno pequeño, construido por las manos de un aficionado y capaz de hacer piruetas en el cielo, lo era todavía más.

“El club ha tenido varias sedes y ha atravesado diferentes transformaciones. Cambiaron los lugares, los aviones y la tecnología, pero permaneció la idea fundamental: reunirse alrededor de una pista para construir, reparar y hacer volar pequeñas aeronaves”, así lo recuerda Reynaldo Pérez, piloto desde hace siete años y amante de la aviación desde su infancia.

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En la actualidad, sobre la pista en Guatiguará, estas aeronaves a escala se presentan como imponentes colosos del aire. Algunos modelos evocan la ferocidad de los cazas de combate, mientras otros recrean con una exactitud artesanal las líneas de aviones históricos. Bajo sus cubiertas palpitan motores de combustión y potentes turbinas, integrados con sistemas de telemetría y tecnología electrónica de vanguardia que otorgan una precisión absoluta a cada maniobra.

Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA
Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA

El avión antes de volar

En aeromodelismo, el vuelo empieza mucho antes del despegue.

Comienza sobre una mesa de trabajo.

Hay quienes construyen sus propios modelos utilizando madera de balso y madera contrachapada. “La primera, liviana, sirve para construir la estructura; la segunda aporta resistencia en las partes que soportan mayores esfuerzos”, así lo define Dany Tovar, un piloto que también construye sus modelos.

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“Es un trabajo paciente. Una pieza mal instalada, un cálculo equivocado o un pequeño desequilibrio pueden terminar afectando el vuelo”.

Otros modelos llegan prácticamente listos, pero incluso entonces quedan horas de montaje, calibración y pruebas.

Uno de los pilotos muestra un avión que construyó en casa. Para él, además del placer de volar, está el valor de la historia que representa.

Sus modelos preferidos son aviones clásicos, especialmente aquellos relacionados con la Segunda Guerra Mundial.

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Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA
Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA

De la madera a la turbina

La tecnología también transformó el club.

Fernando Fontana, uno de los pilotos, habla de su jet de categoría sport como quien presenta una máquina de alta precisión. Tiene una turbina capaz de producir 18 kilos de empuje, sistemas electrónicos duplicados, medidores de velocidad y telemetría.

Ya no se trata solamente de madera, pegamento y un motor pequeño, sino de una combinación de conocimiento, aerodinámica, mecánica, electrónica y control.

Hay aviones construidos artesanalmente y otros preparados para competir en categorías específicas. En el club caben todas esas posibilidades.

El principiante puede comenzar con un avión entrenador.

Carlos Cordero, uno de los más nuevos en el club, recuerda a “la consentida”, una Bigfoot de 1,30 metros, alimentada con una batería de tres celdas. Después llegó el Super Easy, otro modelo entrenador.

“Porque nadie comienza haciendo piruetas. Primero hay que aprender a despegar”.

Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA
Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA

El primer vuelo

“Al principio se hace difícil”, cuenta Reynaldo, uno de los pilotos. “Pero la práctica y la práctica, pues, lo hace volar a uno mejor”.

Hay una razón por la que esa frase resulta casi inevitable en el aeromodelismo: el piloto está en tierra, pero sus errores ocurren en el aire.

Cada movimiento del control tiene consecuencias. Un giro demasiado brusco puede sacar al avión de trayectoria. Un mal cálculo puede terminar en un aterrizaje forzoso. Y cuando el modelo finalmente toca la pista, el alivio puede ser tan grande como la alegría.

Pero nada se compara con el primer vuelo.

“Ver que usted mismo fue capaz de llevarlo a volar es una sensación increíble”, dice uno de ellos. Lo compara con la sensación de aprender a montar bicicleta.

Hay algo parecido en ambos aprendizajes: al principio parece imposible coordinar el cuerpo, el equilibrio y el movimiento. Después de suficientes intentos, llega un momento en que ocurre.

Y el avión vuela.

Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA
Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA

El club que también compite

La evolución del club no solo se mide en años. También en campeonatos.

Los pilotos actuales hablan de una etapa especialmente fuerte para la organización. Dicen que hoy hay más pilotos, que el nivel competitivo ha crecido y que entre sus integrantes hay campeones nacionales en diferentes modalidades.

Uno de ellos consiguió el campeonato nacional en 2022 y volvió a ganarlo en 2023. Más recientemente, cuenta, obtuvo el reconocimiento al mejor vuelo del evento.

Otro de los pilotos recuerda que el año anterior consiguió el primer lugar en la modalidad ARF y que ahora enfrenta el reto de defender el título.

La competencia lleva el hobby a otra dimensión. Ya no basta con hacer volar un avión. Hay que dominarlo. Cada maniobra cuenta. La precisión importa. El conocimiento técnico se convierte en resultado.

Y Bucaramanga ha conseguido hacerse un lugar en ese escenario.

Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA
Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA

Un refugio contra el ruido

Pero los trofeos no parecen ser la razón principal por la que los pilotos regresan cada fin de semana. Hay algo más sencillo.

“Yo lo tomo como una ruta de escape”, dice Carlos Cordero.

“El trabajo, el estrés y las preocupaciones del día a día quedan atrás cuando el avión despega”, comenta Carlos Andrés Niño, quien lleva más de 10 años en este hobby.

Durante unos minutos, toda la atención está concentrada en una pequeña aeronave que se mueve en el cielo.

El piloto no puede distraerse. Tiene que mirar. Tiene que anticiparse. Tiene que respirar y mantener la calma.

Cuando el avión aterriza, algo también parece haber aterrizado dentro de quien lo pilotea.

“Eso lo transporta a uno, lo libera”, cuenta. “Lo hace sentir a uno muy bien, relajado”.

Quizá por eso el aeromodelismo sobreviva a los cambios tecnológicos y a las generaciones.

Porque no ofrece únicamente un avión. Ofrece un momento de concentración absoluta.

Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA
Aeromodelistas de Bucaramanga. Foto: Franz Rey/VANGUARDIA

Una familia alrededor de la pista

Los pilotos hablan del club como una familia. No parece ser una metáfora vacía.

Los nuevos aprenden de los experimentados. Se comparten conocimientos, se ayudan con las reparaciones y se acompaña a quienes comienzan.

La intención, dice uno de ellos, es que los jóvenes puedan crecer dentro de un ambiente amable. El club quiere que los hijos de sus integrantes también encuentren allí una alternativa de aprendizaje y disciplina.

Pero quienes llevan años en el aeromodelismo saben que detrás de cada vuelo hay una historia: horas de construcción, errores, reparaciones, campeonatos, amistades y generaciones enteras aprendiendo a entender el viento.

Tal vez esa sea la verdadera historia del Club de Aeromodelismo Bucaramanga.

No la de unos hombres que construyeron aviones pequeños.

Sino la de quienes encontraron una manera de perseguir el cielo sin abandonar nunca la tierra.

Publicado por: Franz Rey

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