Imagina que estás en un aeropuerto, en la playa o en un restaurante y una persona se acerca, inicia una conversación y parece estar intentando ‘coquetear’. Tú dejas pasar el episodio y sigues con tu vida, pero días después descubres que aquella conversación está en TikTok, Instagram o YouTube y millones de personas ya la vieron. No sabías que te estaban grabando y no autorizaste que tu imagen se convirtiera en contenido.
Pues esto ya no es una situación imposible porque las gafas inteligentes de Meta y Ray-Ban son un artefacto que puede grabar a alguien en cualquier lugar cotidiano sin que se tenga conocimiento o se otorgue algún tipo de consentimiento. En redes sociales han comenzado a circular contenidos de personas, en su mayoría hombres, que utilizan estas gafas para grabarse mientras intentan “conquistar” mujeres en lugares públicos.
El problema aparece cuando ellas descubren después, a través de las redes sociales, que aquella conversación aparentemente espontánea había sido registrada y publicada. Claro, las cámaras ocultas existen desde hace años, pero las gafas sofistican la dinámica de utilizar un objeto que aparentemente cumple otra función integrando una cámara.
En el caso concreto, cuando las gafas están grabando activan una luz, sin embargo, esta ha sido ocultada o dañada por las personas que graban con estos fines para ocultar la grabación. Ante estas conductas públicas, Meta anunció que deshabilitará la cámara si detecta que esa luz ha sido manipulada, intentando impedir que el usuario convierta deliberadamente el indicador de grabación en una cámara oculta. Sin embargo, aunque se valora el esfuerzo, esta no es una solución mágica.
Que la luz esté encendida no garantiza que la persona grabada conozca que es objeto de captura de sus imágenes, tampoco reemplaza el consentimiento y mucho menos genera información alguna sobre cuál será la utilización que se le dará al contenido recolectado.
La privacidad no significa simplemente estar fuera de la vista de los demás, también incluye la posibilidad de decidir qué información se recoge, quién puede acceder a ella, en qué contexto puede utilizarse y qué ocurre después con el material. Basado en esto, una persona puede encontrarse en un espacio público y conservar una expectativa razonable de privacidad respecto de determinadas interacciones, sin autorizar que una conversación privada la conviertan en contenido.
Aquí está una de las mayores confusiones del debate y es que estar en un lugar público no significa renunciar a toda expectativa de privacidad. Es razonable que una persona pueda fotografiar una plaza, una playa o un aeropuerto y que otras personas aparezcan incidentalmente en la imagen. Otra cosa es acercarse deliberadamente a una persona, grabar una interacción sin informarle y después publicar su rostro, sus palabras y su reacción como entretenimiento para una audiencia.
La discusión, entonces, no debería ser si debemos prohibir las gafas inteligentes, sino qué límites estamos dispuestos a imponer cuando una tecnología permite grabar sin que la persona lo advierta y convertir esa grabación en contenido, puesto que una cosa es poder registrar lo que ocurre en un espacio público y otra muy distinta es tener derecho a convertir a una persona en el espectáculo de millones de desconocidos.
Como suele pasar con muchos avances tecnológicos, las gafas no son en sí mismas el problema. No tendría sentido convertirlas en dispositivos prohibidos porque algunas personas los utilizan irresponsablemente.
Es fundamental que las empresas desarrollen mecanismos tecnológicos que dificulten la grabación cuando los sistemas de privacidad hayan sido manipulados, que las plataformas actúen rápidamente frente a contenidos utilizados para acosar, humillar o sexualizar a una persona sin su conocimiento y que existan reglas claras sobre el uso y posterior difusión de estas imágenes.
La tecnología puede hacer invisible la cámara, pero no debería hacer invisible la responsabilidad en su uso.












