Entre las muchas frasecitas insulsas que repite esa especie peligrosa denominada “influencers”, están las sandeces que se refieren a la vejez: que es ‘solo un número’, que ‘vieja es la cédula’, que ‘todo es actitud’, dicen. Los que vivieron momentos difíciles con padres o familiares muy mayores y los que ya ven cambios en la forma en que el cuerpo responde saben que no es cuestión de actitud. La vejez es un hecho natural, no vergonzoso como para inventarse juegos de palabras de negación que esconden a un segmento de la población y le agregan el peso de sentirse mal por estar viejos, porque no tuvieron la actitud para que el número quedara solo en la cédula. Estar viejo es un hecho que acarrea dignidad y merece trato acorde, y que de algún modo es una conquista; al fin y al cabo, muchos se quedan en el camino. Y cada vez llegamos a más viejos, pero lamentablemente no en mejor estado.
Una notable voz de la narrativa francesa actual, Delphine de Vigan (1966), tiene un texto en su novela “Las gratitudes” (2021) que cierra la idea con elegancia y sin tapujos: “Envejecer es aprender a perder (…) Perder la memoria, perder los referentes (…) Perder lo que te han dado, lo que te has ganado, lo que te merecías (…), lo que pensabas que nunca perderías. Readaptarse. Reorganizarse. Apañárselas. No darle importancia. No tener ya nada que perder.” Una novela breve que es una avalancha de realidad, humanidad y respeto hacia los viejos.
Esas pérdidas tienen medida estadística: la brecha entre la expectativa de vida y los años vividos con buena salud muestra que la longevidad sigue avanzando más rápido que la autonomía. Un estudio de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), basado en los datos del Global Burden of Disease, encontró que entre 1990 y 2019 la expectativa de vida después de los 65 años aumentó 2,1 años, mientras la vida saludable apenas 1,4. Otro realizado en Chile y publicado en 2024 por BMC Geriatrics encontró que una persona de 60 años podía esperar vivir 26,4 años restantes, pero apenas 14 serían libres de discapacidad. Y es una tendencia latinoamericana.
El asunto no es para frasecitas de autoengaño y resignación. Es un problema de salud pública y una variable inevitable en las iniciativas para repensar las políticas de seguridad social. ¿Y qué hacen las autoridades nacionales y locales? No es solo ampliar la atención geriátrica. Los sistemas de salud tendrán que sostener durante años a una población con pérdida progresiva de autonomía: atención primaria, rehabilitación, salud mental y, sobre todo, cuidados de larga duración. Ya no es vivir más, sino envejecer mejor.












