Hay una tranquilidad que pocas veces reconocemos: la de estar bajo el amparo de nuestro hogar, en el lugar de trabajo o en los espacios que conforman nuestras ciudades, confiando en que aquello que hemos construido será también nuestro cobijo y nuestra protección. Detrás de esa confianza hay arquitectura, ingeniería, conocimiento y decisiones que, en un momento de emergencia, pueden marcar la diferencia entre la vida y la tragedia. Por eso, construir no debería ser solamente cumplir una norma; debería, ante todo, asumir una responsabilidad con la vida y el patrimonio construido.
Colombia es un país diverso, de regiones, geografías y culturas distintas. Sus montañas, llanuras, costas y valles están sometidos a diferentes condiciones climáticas, geológicas y ambientales. Santander es un ejemplo particularmente significativo: vivimos en un territorio accidentado y de pendientes pronunciadas, con condiciones de suelo heterogéneas y una reconocida actividad sísmica.
Los terremotos no son una anomalía de la naturaleza ni un castigo divino: son parte de la dinámica de nuestro planeta y, en un país como Colombia, debemos aprender a convivir con ellos. Lo que sí podemos evitar es que un fenómeno natural se transforme, de manera inevitable, en una tragedia humana. Un sismo pone a prueba mucho más que una estructura: pone a prueba también nuestra capacidad de reconocer el territorio, planificar, construir correctamente y comprender que la vulnerabilidad no está únicamente en la naturaleza, sino también en las decisiones humanas.
Por eso, hablar de seguridad humana implica superar la idea de que cumplir la norma es simplemente un requisito para obtener una licencia de construcción. El Reglamento Colombiano de Construcción Sismo Resistente —la NSR-10, vigente desde 2010 y hoy en el centro del debate nacional sobre la necesidad de actualizarla— representa el mínimo técnico y ético que la sociedad establece para proteger la vida. Cumplirla por obligación es necesario; cumplirla por convicción es cultura.
Esta reflexión también nos invita a mirar nuestra memoria constructiva. En Santander, como en muchas regiones de Colombia, la tapia pisada, el bahareque, la madera y otras técnicas tradicionales hacen parte de una cultura que aprendió a construir con los recursos del territorio. No se trata de idealizar estas técnicas ni de afirmar que toda construcción tradicional es insegura. Se trata de reconocer que allí existe conocimiento acumulado. La tarea contemporánea es estudiarlo, validarlo, mejorarlo e incorporarlo a escenarios de regulación técnica que permitan construir con mayor seguridad.
Necesitamos avanzar en investigación y en instrumentos normativos que reconozcan adecuadamente sistemas como la construcción en tierra y la tapia pisada. Un código técnico para la construcción en tierra no debería entenderse como una concesión a la tradición, sino como la incorporación responsable de un patrimonio tecnológico a las exigencias actuales de seguridad humana. Una sociedad madura no abandona sus saberes ancestrales por considerarlos obsoletos, pero tampoco los conserva intactos por nostalgia: los estudia, los mejora y los integra al conocimiento contemporáneo.
Como arquitectos, ingenieros y ciudadanos tenemos una responsabilidad particular: aprender y enseñar a leer el territorio antes de construir sobre él. Leer el suelo, la topografía, el clima, la geología, la cultura y las formas tradicionales de habitar. Esa responsabilidad debe comenzar también en las academias, formando profesionales conscientes de que, detrás de cada plano, cada cálculo y cada decisión constructiva o política, habrá personas que confiarán su vida a nuestro trabajo.
La seguridad humana, entonces, no es responsabilidad exclusiva del arquitecto o del ingeniero. Involucra al Estado, a las universidades, a los constructores, a los propietarios y a todos los ciudadanos. Es una responsabilidad colectiva y una tarea que Colombia no puede seguir aplazando hasta después del próximo terremoto.
Porque la pregunta no es si la tierra volverá a moverse. La pregunta es si nosotros estaremos preparados cuando lo haga. Ojalá nunca tengamos que aprender el valor de una buena arquitectura entre los escombros. Ojalá la próxima generación pueda mirar nuestras ciudades y encontrar en ellas no solamente edificios, sino decisiones responsables, conocimiento y respeto por la vida.
Conocer nuestro territorio no significa temerle: significa respetarlo. Y construir de acuerdo con él no limita nuestra arquitectura, la hace más consciente, más propia y más humana. Al final, la seguridad no debería ser solamente una condición que exige la norma. Debería ser una convicción que nos recuerde, antes de que la tierra vuelva a temblar, que detrás de cada muro, cada estructura y cada hogar hay una vida que espera estar protegida.
- Por Arq. David Alberto Arias Mantilla Director, Lonja Inmobiliaria y Avaluadora — Sociedad Colombiana de Arquitectos, Regional Santander












