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Viernes 23 de febrero de 2018 - 03:46 PM

“Pillé a mi pareja"

No se trata solo de unos “cachos”, se trata de haber sorprendido a la pareja -¡ahora expareja!- en algo realmente sórdido: pornografía, fraude, mentiras y situaciones que dejarían “de una sola pieza” a cualquiera que tuviera que vivirlo. Vanguardia Liberal recopiló las historias de cuatro de nuestros lectores que se animaron a contarnos sus terribles experiencias.

Personas que han pillado a sus parejas fuera de base. (Foto: Tomada de Internet /VANGUARDIA LIBERAL)
Personas que han pillado a sus parejas fuera de base. (Foto: Tomada de Internet /VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: REDACCIÓN GALERÍA

Dicen que todas las parejas tienen sus secretos... pero no todos están preparados para descubrir aquellos que guarda uno de sus integrantes, y que ciertamente dejarían helado aquien tuviera que vivirlo. La psicóloga Carolina Dulcey explica por qué guardamos secretos: “es algo intrínseco al ser humano, porque hace parte de las habilidades que desarrolló para vivir en comunidad y, por supuesto, para permanecer en pareja”.

Es verdad que no todo tenemos que contarlo y que hay cosas que tenemos en nuestra mente y en nuestro corazón que harían más daño que bien al revelarlas... y que no aportarían nada al asunto.

Pero, ¿qué pasa cuando estas cosas están directamente relacionadas con quienes somos?

“Es algo que nunca terminará y para lo que debemos estar preparados como seres humanos: queremos agradar y es por eso que no lo revelamos todo. Por otro lado, queremos creer la imagen que vemos de la otra persona, así que preferimos en muchas ocasiones omitir y no ver algunas señales que nos permitirían descubrir mucho más rápido eso secretos”, señala Dulcey.

Sin embargo, la experta asegura que hay muy buenos mentirosos... así que es mejor tener una vida hecha... ¡y nunca dejar de sorprenderse! 

Quiero aclarar que no estoy en contra ni mucho menos de las personas Lgbt. Al contrario, tengo muchas amigas lesbianas y no tengo nada de qué quejarme, son muy chéveres y solidarias conmigo.

Es que el tema, es el engaño. Me siento como en un fraude total. Y en cierto sentido, es completamente así.

Mi exnovio es alto, tiene los hombros anchos porque jugó rubgy durante su secundaria -que cursó en Bogotá- y realmente al verlo piensas que es el típico hombre con el que te sentirías súper feliz de salir.

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Era la envidia de todas mis amigas. Nos conocimos en el colegio, pero yo viajé a Estados Unidos para cursar mi carrera y él se quedó en Colombia manejando la empresa de su papá. Cuando regresé, comenzamos a salir.

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Para mí fue una atracción inmediata. Y creí que para él también había sido así. La relación iba viento en popa. De hecho, ni siquiera peleábamos. Él era completamente lindo conmigo, con mi familia, el novio perfecto. Solo había un detalle que en ese momento no quise ver: no quería estar demasiadas veces conmigo en la intimidad.

Al principio me decía que era porque tenía que viajar y estaba un poco estresado: siempre ha tenido una relación complicada con su papá. Antes que sentirme mal, pensé: ‘wow, éste sí es un hombre diferente, centrado en su futuro, que no piensa en sexo todo el tiempo. Me gané la lotería’. Bueno, no puedo negar que fui un poco ingenua.

Conforme avanzó la relación las cosas se fueron poniendo más distantes en ese campo entre los dos: él era cariñoso, pero yo sentía que me trataba más como a una amiga que como a su novia.

Entonces comencé a pensar que tenía a otra mujer. Sé que no debí haber hecho lo que hice, pero a la larga fue lo mejor para los dos: instalé una aplicación en su celular que me permitía ver los mensajes que enviaba, los sitios que visitaba y las interacciones entre su celular y otro.

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Curiosamente, una de mis amigas lesbianas me pasó la aplicación. Pasaron los días y nada fuera de lo normal sucedió. Ya me sentía más que feliz, no me estaba mintiendo -sólo era un chico ocupado- y solo pensaba en cómo iba a quitar la aplicación de su celular.

Precisamente un sábado que iba a verme con él lo descubrí todo: habíamos quedado de vernos y yo le dije que le tenía una sorpresa, con lencería y juguetes para nosotros dos. Un par de horas antes de encontrarnos, entró a su celular y descargó una aplicaciónde pornografía. ¡Y cuál fue mi sorpresa cuando vi que lo que buscaba eran hombres! Yo no lo podía creer.

Busqué en Internet, quise creer que eso le pasaba a algunos hombres, pero al confrontarlo -obviamente lo hice- fue siempre el caballero que es y me confesó que hace un tiempo lidiaba con ese sentimiento: era gay. Me pidió perdón y lo apoyé, pero esa ‘pillada’ me dejó totalmente desubicada. Por mucho tiempo no he vuelto a creer en el amor ni en los hombres. 

Lo primero que sentí fue asco y miedo, claro, de que yo también resultara involucrada en semejante cosa y terminara en la cárcel.

Asco también por la mentira, porque las cosas que me había regalado las había comprado con el dinero de sus clientes: personas que confiaban su dinero en mi esposo para que les hiciera inversiones en la bolsa. Incluso el dinero de mi papá.

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La gente me pregunta si no me di cuenta antes, si acaso no sabía y hasta de frente me dicen que no me creen, que yo tenía que saber.

Afortunadamente, un juez determinó la verdad: yo no sabía nada, confiaba en él.

Ahora comprendo a qué venía toda esa ‘carreta’ cuando me decía que las mujeres no servíamos para las finanzas, que yo no me preocupara por eso, que él se encargaría de todo. Sí, claro, para hacer sus fraudes.

Confieso que me enamoré muy rápido de él: a los siete meses de novios nos casamos aquí, en Bucaramanga.

Mi familia lo adoraba: es de esos típicos hombres que hablan de Mozart y de cuanto tema ponen de conversación.

A veces me aburría que pareciera tan sobrado, pero yo no presumía nada más allá de que era eso, un tipo un poco sobrado. Por lo demás era posesivo, celoso, discutíamos un montón. Pero aún así una se encapricha. Y nos casamos.

El primer año de matrimonio fue un caos, pero poco a poco fuimos tomando el ritmo: el se encargaba de las finanzas y yo del hogar. Siempre me había regalado cosas bonitas: joyas súper caras, viajes a Europa, escapadas a Cartagena con todo pago.

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Me decía que todo iba muy bien con los negocios, pero lo que estaba era endeudado hasta el cuello. ¡Los dos lo estábamos!

El día que lo descubrí fue el peor de mi existencia. Estábamos por casualidad en la finca de mis papás, en La Mesa, cuando entró un chat a su celular. Él le tenía clave, pero yo la sabía y aproveché que él había bajado a ayudar a mi papá con una huerta casera para abrir el mensaje. Jamás se me olvidará. Decía literalmente así: “Bobo, nos pillaron. El man dice que nos va ademandar. Ojo”. ¿Nos pillaron? ¿Demandar?

Lo escuché entrar con mi papá a la casa y salí corriendo como una loca, con celular y todo. Él me persiguió, pero mi hermana menor y su perro -un labrador- se fueron tras de nosotros. Creí que me iba a matar.

El perro se le tuvo que echar encima. Tenía un montón de correos y cuentas que mostraban para dónde desviaba los recursos. Fue terrible. Por supuesto que el matrimonio se acabó ahí. Por todo el incidente, mi papá llamó a la polícia. Él se fue del país a los pocos días. Fue hace ya mucho tiempo, pero no lo supero y no creo que lo haga nunca.

Me rompió el corazón. De verdad. Ha sido una de las experiencias más terribles y ahora yo solo puedo recomendar a quienes amamos los animales y tenemos una mascota, que nos aseguremos de que las personas que dejamos entrar a nuestras vidas sean realmente amantes de los animales.

Llévabamos un año de novios y todo parecía estar bien: él no era el tipo más cariñoso del mundo, pero tampoco era frío o lo que uno podría considerar ‘malo’.

Íbamos bien y ya habíamos hablado de casarnos. Con frecuencia me ayudaba a pasear a ‘Randy’, mi perro adoptado de cinco años. Lo rescaté luego de que una familia lo abandonara porque era muy grande, así que decidí que lo recibiría: una de mis amigas es rescatista de animales y al ver su carita no me pude contener. Hicimos contacto de inmediato.

Nunca pensé que uno pudiera llegar a establecer una conexión así con su mascota y por supuesto que no le hacía caso las veces en las que mi novio me decía que ‘Randy’ era solo un perro. Hoy entiendo que es mi único amor incondicional.

Hace como seis meses tuve una gripe terrible y no pude sacar a ‘Randy’ a su vuelta habitual, así que le pedí a mi novio -ahora exnovio, por supuesto- que lo sacara rápidamente porque el pobre necesitaba su paseo. Él se lo llevó, pero olvidó una bolsa para sus necesidades, así que fui tras ellos.

Mi sorpresa y dolor fueron mayúsculos cuando los alcancé y vi que ‘Randy’ estaba acostadito en el piso mientras recibía una patada que ese tipo le daba porque no quería caminar.

¡Y cómo no! No puedo negar que me alteré. Llegué al apartamento con muchísima ira mientras él me seguía quejándose de mi perro. Le pedí al portero que no lo dejara entrar nunca más, ni a mi casa, ni a nuestras vidas.

Es lo más chistoso que me ha pasado: había salido del trabajo con uno de mis colegas. Vivía con su mamá, una señora de 65 años, adicta al juego.

Ese día mi novia me había cancelado una cita porque me dijo que tenía que acompañar a su mejor amiga para que terminara con el novio. Y realmente me parecía lo correcto porque el tipo era un patán.

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No quiso que yo fuera con ella, para que no nos fuéramos a golpes, y me pareció bien. Pensaba ir a casa y ver los deportes con una cerveza, de hecho, me entusiasmaba mucho ese plan, pero mi colega me pidió que la acompañara porque no creía ser capaz sola para sacar a su mamá del casino. Y le dije que sí.

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Era un casino en Cabecera. Así que nos encaminamos en su carro hacia allá. Entramos a varios, porque realmente ella no sabía en cuál podría estar su mamá. Finalmente entramos al que creímos que sería el último y allá estaba la señora.

No estaba precisamente mirando los números, sino como esperando a que alguien le trajera algo y ¡oh sorpresa! Ese alguien era mi novia! No le dije nada en seguida porque ella no me vio, yo me quedé en la puerta como un tonto, mi colega ni cuenta se había dado de que yo no la seguía.

Recapitulé todas las veces en las que me pedía dinero prestado para su mamá, para las amigas, para su perrito, para todo. Y yo le creía, claro, porque a veces uno piensa ‘bueno, son cosas de mujeres’, entonces obviamente no te vas a meter ahí. Pero la realidad era que estaba apostando una cantidad increíble de plata con la mamá de mi colega.

Cuando me vio se quedó de una sola pieza. Se puso pálida, pero para mi mayor sorpresa, siguió apostando como si nada pasara. Se sentó al lado de un tipo que se veía muy mal y algo le dijo, porque el hombre me miró muy amenazante.

Decidí irme. Las mujeres creen que uno no tiene sentimientos y que le pueden hacer cualquier cosa, pero no puedo negar que fue muy fuerte y me ha costado volver a confiar para tener una relación seria.

Publicado por: REDACCIÓN GALERÍA

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