En esos anaqueles de cemento - ó bóvedas que llaman - durante lustros han almacenado miles de esqueletos. Es como si por ese inmenso solar de 4.8 hectáreas que ahora llaman cementerio municipal ya no cupiera un hueso más.

En esos anaqueles de cemento - ó bóvedas que llaman - durante lustros han almacenado miles de esqueletos. Es como si por ese inmenso solar de 4.8 hectáreas que ahora llaman cementerio municipal ya no cupiera un hueso más.
Sí, hace más de medio siglo que los árboles del camposanto cambiaron su savia por ADN. Lo absorbieron, lo bebieron cual arbustos sedientos cuando comienza el invierno, a fuerza de tanto muerto que les echaron en sus raíces.
Han bebido tanto de eso que nos habita e identifica como humanos, que hay lápidas perforadas por las ramas desde adentro donde permanecen abrazadas con los difuntos en las criptas, a varios metros del suelo; se asoman para reencarnar en vegetales, como si aquellos cuerpos ahora desmoronados revivieran en varas largas buscando sol.

El esqueleto como el archivo biográfico definitivo
Hay tumbas donde brotan brazos arbóreos con un follaje tan verde que ya habría querido conocer José Celestino Mutis en su expedición botánica. Han tomado tanto de nosotros que en los pabellones traseros estrujan esos anaqueles de cemento -o bóvedas que llaman- donde durante lustros han almacenado esqueletos. Es como si por ese inmenso solar de 4.8 hectáreas que ahora llaman cementerio municipal ya no cupiera un hueso más. ¡Le ha faltado crujir al suelo!
Debe haber muchos, miles; dicen que por lo menos 5.000. Esa contabilidad del otro mundo la hicieron hace menos de cinco años, cuando por acción de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, removieron la tierra para indagar en sus fauces dónde están los otros colombianos a quienes la guerra cogió en el lugar equivocado. Lea: UBPD recuperó cuatro cuerpos en cementerio de Santa Rosa del Sur, Bolívar
De hecho, hasta escándalo hubo porque dijeron que mil cuerpos se habían ‘perdido’, como si cualquier día hubieran decidido irse de ahí ‘hartos’ del hacinamiento y el ruido de los carros que bajan y suben en tropelía por la rebautizada Avenida Sotomayor, Avenida Próspero Pinzón, ahora calle 45 después que el plan vial pensado en 1931 se consolidara y decidiera partir el solar para, de paso, robarles la tranquilidad eterna.Las criptas están superpobladas. Algunas albergan hasta 15 difuntos, porque no hay tumba pa’ tanta gente… muerta. Difícil arqueo.
La leyenda urbana dice que hace un tiempo una líder comunitaria del barrio que ejecutaba labores de colaboración administrativa dentro del predio, veía llegar volquetes con cadáveres que no sabían dónde poner y ella sintiendo que les colaboraba buscando el eterno descanso a unos y el luctuoso trabajo a otros, les indicaba el hueco a ‘rellenar’ en aquellos terrenos donde muy poco juicio normativo se aplicaba para entonces.

Los restos del cura Camilo Torres
Esa misma ‘contabilidad funesta’ la conoció Nubia Acevedo quien por años administró la Funeraria Colombiana; después habría de manejar el mismo ábaco mortuorio Hernando Acevedo, pero ambos murieron, este último hasta hace poco tiempo avasallado por el COVID.
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La cuenta ya se debió superar con tanto plomo alrededor, porque allí han traído despojos de combatientes caídos en sus convicciones, atrincherados, huyendo de los racimos de explosivos que les dejaban caer del cielo en Norosí, sur de Bolívar; Matanza, Santa Cruz de la Colina; en García Rovira, hasta de Piedecuesta. Esa es una de las dolorosas novedades.
Hasta era inimaginable que en una cripta sin nombre, camuflados entre los pabellones militares estuvieran ‘atrincherados’ los restos del cura Camilo Torres, el exsacerdote guerrillero abatido en Patio Cemento, jurisdicción de San Vicente de Chucurí, Santander, el 15 de febrero de 1966. Pero ahí estaban, la misma Unidad los encontró después de 57 años de búsqueda.

‘Pubertad reclutada’
Finiquitó la expedición por los abatidos de la Operación Berlín. Más de setenta cuerpos fueron desenterrados, procesados e identificados para llevar paz a los desasosegados familiares que vieron partir del sur del país, del lejano Guaviare la mayoría, una columna de niños desprendidos de sus juguetes, arrebatados de su pubertad, para convertirlos en ‘rebeldes’ en el nororiente, y conocer que un mes después caían en una celada estratégica trazada por la Quinta Brigada del Ejército al mando del general Martín Orlando Carreño Sandoval, a 3.300 metros sobre el nivel del mar, en el Páramo de Berlín, en Tona, Santander, a 720 kilómetros de su terruño. Tenga en cuenta: Recuperan tres cuerpos de personas desaparecidas en el Magdalena Medio
La nueva búsqueda de la UBPD tiene dentro de la bitácora la ubicación de decenas de colombianos más -hasta de un argentino- a quienes se les fue la existencia alzados en armas o tristemente siendo un ‘daño’ colateral doloroso de este conflicto reconocido a fuerza de lamentos.
El cruce de siglos sorprendió a cientos de émulos del médico, político, periodista, escritor y revolucionario Ernesto Guevara, “El Ché”, porque los tiempos de la cabalgadura libertadora habían cesado, el modo de guerra también.De 1990 para acá sí que se ha regado hemoglobina en nuestras tierras y acumulado huesos en Campohermoso.

El 2 de febrero de 1993
Siete presuntos integrantes de las Farc, caían abatidos por el Ejército que se enteró por inteligencia que un reducto estaba en el área metropolitana, a 16 kilómetros de Bucaramanga. Hay pocos datos de ellos, identidades, detalles de cómo y por qué estaban tan cerca de la capital de Santander. No lo contaron jamás, tampoco nos enteramos, pero están en la nueva estrategia de ubicación.
27 de enero de 2000
El 15 de enero de 2000, el “Shaolín” -como le decían entre filas al General Martín Orlando Carreño Sandoval, en una mezcla de admiración y respeto por su conocida afición a la lectura de “El arte de la guerra”, un tratado que enseña la estrategia suprema de aplicar el conocimiento de la naturaleza humana a la confrontación, escrito por el general chino Sun Tzu, emprendió la batalla contra el Ejército Popular de Liberación, Epl, al mando de Hugo Carvajal Aguilar. Ese día un enjambre de aeronaves como libélulas en primavera, invadió el cielo de Rionegro, mientras por tierra la tropa aguardaba para la contención. El rafagazo de una ametralladora .50 ajustada en uno de los Black Hawk que lo rastreaba desde el aire, fue certero.De esos muertos, identificaron a alias “El Nene o El Viejo”, pero aún rastrean las identidades de los demás abatidos que sería por lo menos una decena con familia en Santa Cruz de la Colina, área rural de Rionegro.
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11 de marzo de 2000
Una célula insurgente fue casi atomizada por un bombardeo ocurrido en Norosí, sur de Bolívar, considerada subregión del Magdalena Medio, a 224 kilómetros de Bucaramanga por vía terrestre, en un trayecto que toma un poco más de 4 horas, saliendo hacia la capital de Santander por Gamarra, pasando Aguachica, sur del Cesar. A eso por allá antes lo llamaban Río viejo, como en los arcaicos mapas del viejo Agustín Codazzi. Aquella montonera de despojos fue traída como reses en canal después que aviones de la Fuerza Aérea Colombiana, FAC, lanzaran una operación devastadora contra el frente 37 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y una comisión del Ejército de Liberación Nacional, Eln, el 16 de enero de 2000. Otras noticias: Avanza la búsqueda de desaparecidos por la ‘Masacre del 16 de mayo’ ocurrida en Barrancabermeja, Santander
El general Eduardo Santos Quiñónez, comandante de la Segunda División, informó ese mismo día que era probable que en la zona hubieran quedado más cuerpos y que algunas tropas de apoyo harían rastreo.Nunca se informó oficialmente sobre más muertos, pero sí se dijo que había indicios de una suma superior de guerrilleros abatidos.Pero fuentes de esas que suelen ser más certeras que las oficiales allá en el lejano sur de Bolívar, dijeron que -por lo menos- los cuerpos de 38 personas más habían quedado esparcidos, entre ellos el de un tal “Martín Caballero” a quien señalaban como comandante del frente en mención; alias “Mario” tercero al mando de la misma escuadra, su compañera, alias “Tatiana” y hasta alias “Jhovanny” comandante de la compañía “Simón Bolívar” del Eln.
Incluso escarban la tierra para saber si de los nueve abatidos en Concepción, Santander, el 11 de marzo de 2004, hay restos por ahí. Cuánto dolor hecho savia…

















