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Sábado 01 de marzo de 2025 - 10:26 AM

Los atajos

Repugna ver a Trump arremeter contra la gobernadora de Maine diciendo: “yo, nosotros, somos la ley federal”, muy al estilo Luis XIV, a la vez que la extorsiona con cortar todos los fondos federales si sus deseos sobre políticas de género no se cumplen a rajatabla -en un país federal-.

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Es desquiciado que gobernantes contemporáneos quieran imponer sus ideas -buenas o malas- sin acudir a los conductos regulares de la democracia. Como si en política ‘querer’ fuera lo mismo que ‘poder’; que insulsa soberbia. En democracia las ideas solo pasan a la práctica cuando los consensos institucionales las convierte en ley, cuando el estado de derecho las asume como normas generales, sin atajos. Ese es el seguro contra la tiranía por el que tanta sangre se ha derramado desde hace siglos.

Por eso repugna ver a Trump arremeter contra la gobernadora de Maine diciendo: “yo, nosotros, somos la ley federal”, muy al estilo Luis XIV, a la vez que la extorsiona con cortar todos los fondos federales si sus deseos sobre políticas de género no se cumplen a rajatabla -en un país federal-. Esto sin comentar la amenaza a la gobernadora Mills con hacerla desaparecer de la vida pública; muy ‘Cosa Nostra’. Que cobardía es gritar, amenazar y acorralar para ejercer autoridad, al menos lo es si se trata de autoridad pública, no de pandillas. Los pantalones están bien acomodados cuando el gobernante convoca las fuerzas políticas en el congreso, trabaja con argumentos y habilidades estratégicas y se da la pela para conducir sus iniciativas hacia la institucionalidad, sin saltar de un brinco hacia el absolutismo.

El presidente Petro dijo esta semana en una entrevista a un diario internacional, entre otras muchas cosas, que su equivocación fue “creer que puedo hacer una revolución gobernando, cuando eso lo hace el pueblo”. Las revoluciones o grandes cambios se hacen gobernando bien, no trinando caprichos deshilvanados. El arte de gobernar es revolucionario para un político de verdad, implica mover la democracia hacia los cambios con liderazgo técnico, estrategia política y eficiencia. Esos son los caminos del Derecho, las vías de hecho son indeseables. Desde su paso por la alcaldía de Bogotá cuando pretendió suprimir los toros cortando el contrato que le permitía a la corporación taurina disponer de ese escenario, quedó claro que Petro, el político, confía en los atajos, en los conductos no regulares. A la postre la ley que proscribe los toros salió en Colombia, pero no por liderazgo del gobierno.

Y el remate de este panorama absolutista, populista y sumamente peligroso, es ese tipo que se ufana de su ramplonería y gobierna con incongruencia a la humanista y culta Argentina -que paradoja-. Un recién aspirante a estadista que se autoproclama como el enemigo del Estado dentro del Estado -un eslogan con cierto sabor sedicioso-, que proscribe el diálogo social y acorrala a sus opositores abusando del poder legítimo. Que Montesquieu nos ampare.

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