Trump incluyó en su lista de países gravados a territorios de ultramar y dependencias que no son países soberanos, que están deshabitados y que están en los confines del mundo.
En las últimas horas, el mundo se sorprendió por una medida que Donald Trump estaba anunciando desde hace ya varios días, en la que le subiría los aranceles a prácticamente todo el planeta. Esta medida, incomprensible en sus valores a primera vista, ha partido de un cálculo escueto y simple en el que Trump y su equipo de asesores económico dividió el déficit del comercio estadounidense con las importaciones que llegan de EE.UU. a cada país y lo multiplicó por 100. A esa cifra le aplicó el 50% para tener el porcentaje con el que gravó el comercio con todos los países del mundo, según datos de verificación de la BBC.
No contento con eso, Trump incluyó en su lista de países gravados a territorios de ultramar y dependencias que no son países soberanos, que están deshabitados y que están en los confines del mundo. Nada más señalar, por ejemplo, que aplicó aranceles comerciales a las islas Svalbard, dependencia del Reino de Noruega —famosa porque allí se encuentra conservado el banco de semillas más grande del mundo—, a las Islas Malvinas, e incluso a las Islas Heard y McDonald, territorio británico, donde solo habitan pingüinos y otras especies de la fauna antártica.
Más allá de que no sabremos si los pingüinos tengan capacidad para “aplicar aranceles recíprocos”, hay que entender la movida de Trump como un viraje agresivo en su intento por contener el avance y desarrollo industrial de China. Está claro que la capacidad industrial de Estados Unidos está mermada y ha perdido participación en el comercio mundial —del 14% en 1990 al 10,35% en 2023, según datos del Banco Mundial—, lo que refleja el estancamiento en el que ha entrado la economía estadounidense. Esperan que, imponiendo aranceles a nivel mundial, puedan equilibrar la balanza del comercio internacional de nuevo a su favor e impactar a China, que hoy por hoy es el mayor centro industrial del planeta.
Nada más los aranceles han generado ruido de desaceleración en el gigante asiático y en algunos países del sudeste asiático (como Vietnam o Laos), a donde los chinos han movido parte de su capacidad industrial para saltarse la guerra económica que sostiene con Estados Unidos. Temen en el lejano oriente que China no pueda cumplir su meta de crecimiento del 5%, con aranceles que pueden llegar a sumar el 70%. Por eso ahora los chinos se abren al diálogo con la Unión Europea, se asientan en la extracción de recursos naturales en África y están invirtiendo en infraestructura en Latinoamérica.
Para Colombia, el arancel del 10% no es certero, sí y sólo si se diversifican, en un mundo más multipolar, otros mercados que se abran a recibir productos colombianos.












