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Sábado 26 de abril de 2025 - 12:21 AM

Francisco, un vendaval reformista

Nunca antes un papa había hablado con tanta claridad. Su encíclica Laudato si’, inspirada en San Francisco de Asís, marcó un hito al hablar de una “ética del cuidado” que une lo ambiental, social y económico. Para él, la naturaleza no era un paisaje, sino nuestro hogar.

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Mas allá de lo puramente religioso, el papa Francisco fue un vendaval reformista. Conectó con millones a través de un lenguaje cercano y lleno de sentido común. Fue un líder espiritual y un referente ético y político que no temió al cambio, sino que lo encarnó.

Como señaló el teólogo Juan José Tamayo, uno de los que mejor ha analizado su figura, Francisco fue un líder global, no solo en lo moral y religioso, sino también en debates urgentes como la desigualdad, la crisis ecológica, la exclusión de las mujeres, la migración y la violencia.

Nunca antes un papa había hablado con tanta claridad. Su encíclica Laudato si’, inspirada en San Francisco de Asís, marcó un hito al hablar de una “ética del cuidado” que une lo ambiental, social y económico. Para él, la naturaleza no era un paisaje, sino nuestro hogar.

Desafió las bases rígidas del patriarcado eclesial, defendió la teología feminista y reconoció figuras invisibilizadas como María Magdalena. Aunque su intento de abrir puertas a las mujeres fue valiente, la estructura eclesial sigue resistiéndose al cambio.

Hijo de migrantes, Francisco entendió el drama de quienes cruzan fronteras. Denunció el trato a los refugiados y la indiferencia global, enfrentándose incluso a líderes como Donald Trump. Su insistencia en llevar la iglesia a las periferias fue un acto de rebeldía amorosa. También alzó la voz contra las acciones de Israel en Gaza, denunciando las masacres y la crisis humanitaria.

Dentro del Vaticano no temió señalar abusos sexuales y escándalos financieros. Aunque no logró desmontar esas estructuras por completo, marcó un antes y un después. La condena al cardenal Ángelo Becciu por corrupción es prueba de que los muros comienzan a resquebrajarse.

Francisco eligió la pobreza, renunció al boato y mantuvo una coherencia incómoda. Su muerte ha vuelto la mirada al legado espiritual y estético del Vaticano. Como el Moisés de Miguel Ángel, ubicado en la iglesia de San Pietro, firme y de mármol blanco, se mantuvo entre la tradición y la ruptura, la luz y la sombra.

Quizá incomodó tanto porque, como decía Martin Buber, solo al reconocer al otro y a la tierra como un “tú” y no un “eso”, podemos vivir en comunión y cuidar la vida en todas sus formas.

Francisco fue realmente un buen tipo, como él mismo decía. Su legado va más allá de las palabras: hizo lo que pudo, y ese ‘pudo’ transformó corazones, estructuras y nuestra casa común. Admirarlo no es solo recordar lo que logró, sino seguir su llamado al cuidado, a la humanidad y a la compasión.

Nos enseñó que la humanidad no está en la perfección, sino en la capacidad de enfrentar nuestras fragilidades con valentía, como él mismo hizo al hablar de su salud y temores. Con su muerte, se cierra un capítulo audaz, la baraja está echada. El viento seguirá soplando, tendremos a: ¿Tagle con ojos de Asia, Zuppi con olor a pueblo…o un africano conservador?

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