¿Qué clase de sociedad permite que su infancia sea destruida con tanta impunidad? ¿Qué culpa tienen los niños de vivir en un país enfermo de violencia, abuso y abandono?
Escribo esta columna con el corazón arrugado y el alma inquieta. En Colombia, los niños siguen siendo víctimas indefensas de reclutamiento forzado por grupos al margen de la ley y otros violados, abusados, contagiados con VIH por un criminal disfrazado de maestro.
¿Qué clase de sociedad permite que su infancia sea destruida con tanta impunidad? ¿Qué culpa tienen los niños de vivir en un país enfermo de violencia, abuso y abandono?
Un reciente informe de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) da cuenta que, desde la firma del acuerdo de paz en 2016, al menos 1.494 menores, han sido víctimas de reclutamiento forzado.
Una cifra que debería estremecernos, no solo porque representa un crimen atroz, sino porque evidencia que estamos regresando a tragedias que creíamos superadas.
El reclutamiento infantil es una de las expresiones mas crueles del conflicto armado. Les arrebata la infancia, la familia, la risa y el futuro. Les pone un fusil en las manos antes de que sepan leer.
¿Dónde está el Estado? En muchas regiones -no es un secreto-, el único poder imperante es el de los grupos armados ilegales. Allí mandan ellos, controlan lo social, económico y hasta lo militar.
La llamada “Paz Total” ha sido realmente un fracaso total, que no puede traducirse en abandono. No se puede hablar de paz mientras los niños sean obligados a matar o a morir. El Estado no puede negociar en nombre de la paz dejando atrás a los mas vulnerables.
Y como sí eso no fuera ya insoportable, ahora nos golpea otro caso de una crueldad infinita. El hombre, que no es un hombre sino un monstruo, capturado en Bogotá, que abusó sexualmente de decenas de niños pequeños en un jardín infantil, haciéndose pasar por maestro y guía espiritual, ganándose la confianza de familias humildes para perpetrar actos que no caben sino en la imaginación de un pervertido y un depredador. La pregunta es obligada: ¿Cuántos niños más están en riesgo mientras las alertas no suenan, mientras los organismos y sistemas de protección fallan una y otra vez?
Lo más aterrador es que no son hechos aislados, son síntomas de una sociedad profundamente enferma que ha perdido el “oremus”. La infancia no se respeta: se recluta, se viola, se desaparece, se revictimiza, una tragedia silenciosa que ocurre ante la mirada indiferente de la gente.
Como madre y como abuela, me pregunto: ¿Dónde están las voces que deberían alzarse? ¿Dónde está el escándalo nacional? ¿Dónde están las movilizaciones, la indignación masiva?
¡Basta ya! No podemos permitir que nuestros niños paguen con su cuerpo y su alma la indiferencia de este país. Es urgente actuar con justicia, prevención real y con verdadera humanidad. Que estos hechos no se pierdan en el olvido y las sanciones sean ejemplares. Que despierten a una sociedad dormida, que no puede ni debe seguir normalizando el horror.












