a era post-Brexit es un espejo, refleja lo que se pierde cuando se elige con el estomago y no con la cabeza. La historia no solo juzgará lo que el Brexit rompió, sino todo lo que dejó sin construir. Y esa, es su verdadera tragedia.
Cuando entendamos -de verdad- que las decisiones políticas afectan nuestra vida cotidiana y pueden cambiar el destino de un país por generaciones, votaremos con más juicio y miraremos con lupa a quienes piden nuestro voto.
Y si no, que lo digan los colombianos, atrapados en promesas incumplidas; o el heredero de Chávez, anclado al poder como si fuera vitalicio; o los británicos cuando rompieron con Europa y ahora buscan acuerdos.
En 2016, Reino Unido decidió, por escaso margen, abandonar la Union Europea. Una decisión impulsada por una mezcla de nacionalismo, desinformación y promesas vagas de “recuperar el control”. Detrás estuvieron figuras como Boris Johnson y partidos como UKIP, que agitaron las aguas del desencanto y el miedo.
El referéndum dejó una fractura en los jóvenes y en las grandes ciudades que querían quedarse; los votantes mayores y las zonas rurales optaron por salir. Hoy, muchas de esas personas que dieron su voto por la salida, confiesan abiertamente su arrepentimiento. Y no es para menos. Años después, la mayoría de británicos considera que el Brexit ha sido un rotundo fracaso.
Las consecuencias están a la vista. Escasez de mano de obra, caída en la producción agrícola, crisis en sectores como la hostelería, el transporte, la salud; y una economía que ha tenido que reinventarse.
El sueño de independencia acabó mostrando que, la interconexión con Europa no era una mordaza, sino un puente. Y al romperlo, quedaron aislados. El nuevo perfil migratorio lo confirma. Antes del Brexit, miles de trabajadores cubrían puestos que hoy siguen vacantes. El gobierno británico se ha visto obligado a abrir la puerta a migrantes extracomunitarios en sectores estratégicos.
Pero el daño ya está hecho, hay menos servicios esenciales y es más gravoso sostener lo que antes funcionaba sin esfuerzo.
Bajo estas premisas se han intentado acuerdos post-Brexit. Recientemente se celebró una Cumbre bilateral entre Londres y Bruselas donde se anunciaron pactos para mejorar la movilidad y facilitar los viajes de ciudadanos europeos y británicos; se reafirmó la cooperación en defensa dentro del marco de la OTAN; y se planteó la entrada de Reino Unido al fondo SAFE, destinado al rearme europeo, aunque algunos socios dudan de la conveniencia de su inclusión.
Algunos avances son más técnicos que históricos. En el acuerdo, Londres prorrogó 12 años el acceso a sus aguas a cambio de controles sanitarios para sus exportaciones, y abrió la puerta a un plan de movilidad juvenil, aunque con cautela, temeroso de despertar viejos fantasmas migratorios.
El tema es que Reino Unido quiere beneficios sin ceder soberanía. Y por supuesto Europa, con razón, no olvida quién abandonó el barco.
En definitiva, la era post-Brexit es un espejo, refleja lo que se pierde cuando se elige con el estomago y no con la cabeza, Y aunque haya gestos de reconciliación, hay heridas que no sanan con buenas intenciones. La historia no solo juzgará lo que el Brexit rompió, sino todo lo que dejó sin construir. Y esa, es su verdadera tragedia.












