El papa Francisco no escribió solo para los católicos, lo hizo para todos los hombres de buena voluntad, inspirado en San Francisco de Asís.
El liderazgo de Jorge Mario Bergoglio trascendió a la iglesia católica por su mensaje coherente de humildad, inclusión y fe. La Fe y la Iluminación en diversas teologías buscan entender lo inexplicable. La ciencia, aunque limitada, también intenta comprender la existencia, los deberes humanos, el universo y sus leyes. Algunos sueñan con que la inteligencia artificial o su versión de la hipotética “singularidad” tecnológica resolverá nuestras falencias.
El papa Francisco, en su encíclica Laudato Si, que da origen al título de esta columna, aborda desde lo científico, tecnológico y ético la problemática actual derivada de nuestros hábitos de consumo que destruyen hábitats, contaminan, deforestan, queman combustibles fósiles agravando los efectos del cambio climático, en el marco de un modelo económico que privilegia el lucro por encima del bienestar humano y de los demás seres vivos, todo desde una visión antropocéntrica que estimula el individualismo y hace añicos los lazos comunitarios. Es una economía que mata bajo el criterio equivocado de dominar a las personas y a la naturaleza, afectando en mayor grado a los pobres, con la fantasía de que el progreso tecnológico permitirá en un futuro resolver los problemas que hemos causado. El papa Francisco no escribió solo para los católicos, lo hizo para todos los hombres de buena voluntad, inspirado en San Francisco de Asís bajo el criterio de hermanar a la humanidad y a ella con “el resto de la creación”; es así como afirma que la naturaleza no existe para ser explotada, sino que como “obra de Dios” debe ser contemplada y cuidada. Afirma que al romper el equilibrio del hombre con el prójimo y con la Tierra, lo rompe con Dios, lo que constituye, según lo afirmado en su encíclica, un pecado que requiere conversión como expresión de amor a las futuras generaciones.
Este diálogo entre la ciencia y la teología pretende inspirar la justicia social y la justicia ambiental, al mismo tiempo que advierte que la negación del aporte de los seres humanos al cambio climático y el auge de la tecnocracia que brota en distintos puntos del planeta como formas de gobierno y dominación, conduce de manera inevitable a destrucción de la “Casa común”, es decir al planeta y a la vida que alberga. Guardo algo de esperanza en que las manifestaciones de dolor expresadas por millones de ciudadanos del mundo con motivo de la muerte de Francisco se traduzcan en apropiación de su mensaje, no obstante, soy consciente que la estupidez humana es infinita como la historia bien lo demuestra.












