El 4 de agosto de 1819, tres días antes de la decisiva Batalla de Boyacá, se libró en Charalá uno de los episodios más desiguales y más heroicos de la gesta emancipadora. Centenares de campesinos, mujeres, ancianos y niños —sin instrucción militar, sin armas, sin posibilidad de victoria— enfrentaron al ejército imperial con machetes, azadones, palos y piedras. Con más coraje que estrategia, plantaron el carácter que nos define hasta hoy.
Apenas habían pasado siete días desde el fusilamiento de Antonia Santos en Socorro, ejecutada por orden del coronel Lucas González, chapetón que creyó que con paredones y miedo podía sofocar el espíritu rebelde de estas tierras. Imaginaba a los insurgentes escondidos, rezando con camándula en mano, mientras él marchaba hacia Tunja para reforzar las tropas que enfrentarían a Bolívar. Se equivocó.
Cuando don Chapetón transitaba por Oiba, recibió noticias que lo obligaron a cambiar de rumbo. La guerrilla de Coromoro —organizada por Antonia Santos antes de su captura— había tomado el pueblo de Charalá. Decidió regresar, convencido de que podría aplastar ese foco de resistencia y continuar su marcha victoriosa. Pero al volver, no encontró un grupo de rebeldes dispersos, sino un pueblo insurrecto, decidido a plantar cara al poder colonial.
El lugar elegido para resistir —sobre esta tierra y bajo este sol— fue el puente sobre el río Pienta. Allí, los patriotas lograron mantener la posición durante varias horas, a pesar de la superioridad del enemigo. Hubo intentos de contraataque, gestos de valentía que, aunque contenidos, sirvieron para sostener la moral de los combatientes. Finalmente, los españoles lanzaron un ataque contundente. Perdieron hombres, pero lograron cruzar el puente, obligando a los patriotas a retroceder.
La retirada del coronel Antonio Morales —comandante patriota, pero no santandereano— generó confusión. Las posiciones fueron abandonadas y rápidamente ocupadas por el ejército español. En ese punto, todo indicaba que seguiría la rendición, los fusilamientos ejemplares y la humillación. Pero no fue así. La batalla continuó, sin esperanza de victoria, sin ni un paso atrás.
El combate se trasladó al pueblo. Se luchó calle a calle, casa por casa, incluso dentro de la iglesia, donde murió Helena Santos, de apenas 13 años, hermana de Antonia, quien fue violada tras ser ejecutada.
Fue pueblo contra imperio. Mujeres enfrentaron bayonetas con cucharones, niños arrojaron piedras, ancianos defendieron barricadas improvisadas. Más de 300 personas fueron asesinadas. Gracias a esa resistencia, el ejército español no logró unificarse en Tunja. Tres días después, Bolívar vencía en Boyacá.
Este episodio, relegado en los relatos oficiales, es piedra angular de la identidad santandereana. Allí nos convertimos en la raza que lucha y sueña, siempre arrogante, aquella que no olvida, que lleva en su sangre la libertad.










