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Columnistas
Viernes 08 de agosto de 2025 - 01:00 AM

Y de una nueva lectora

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Cuando el ejercicio de la ciencia y de la filosofía dejó de ser un privilegio exclusivamente masculino, las mujeres, largamente excluidas, aprovecharon para cambiar el curso de la historia para siempre. ¿De qué manera? «El giro del debate intelectual en Europa, del latín al francés y de los círculos académicos de las cortes a los cafés, clubes y salones», escribe Jonathan Israel, «le permitió a algunas mujeres, especialmente de la nobleza, acompañadas de monjas fugadas, actrices, cantantes y cortesanas, descubrir la “nueva filosofía” y la ciencia, y por medio de la “ilustración” intelectual transformar su perspectiva de la vida tanto como sus vidas mismas».

Ese desplazamiento lingüístico del latín a las lenguas vulgares, y ese desplazamiento espacial de las cortes a los cafés, no fueron solo un cambio de tono o de público, sino el comienzo de una verdadera (y nada fácil) apertura histórica, que permitió que voces largamente excluidas entraran por fin en conversación con la filosofía y, al hacerlo, comenzaran a cuestionar —y a desmontar— los pilares ideológicos de su exclusión.

Sophie von der Pfalz, que devoraba al ateo y «peligroso» Spinoza entre sermones luteranos, o Émilie du Châtelet, que tradujo a Newton al francés y corrigió las matemáticas de Voltaire; Mary Astell, que reivindicó la educación femenina universal con una agudeza cartesiana y Catharine Macaulay, primera historiadora profesional de Inglaterra y crítica feroz del absolutismo, todas mostraban con su vida y su obra que la razón, la política y la ciencia no podían ser patrimonio exclusivo del hombre, y que las capacidades intelectuales no tenían género, contrario a lo que muchos «científicos» afirmaban.

La filosofía había llegado para desacralizar el orden tradicional y para plantear preguntas incómodas: ¿por qué los hombres se atrevían a legislar sobre sus vidas? ¿Con qué derecho decidían sobre su educación y su libertad? Si todas las luces de la Ilustración apuntaban a la emancipación del individuo, ¿por qué debían ellas seguir relegadas a la sombra? ¿Y si el lugar secundario de las mujeres en la historia del saber no era el reflejo de una inferioridad innata?

Los reaccionarios intuyeron y advirtieron el peligro pero, a la larga, no pudieron hacer nada. El pastor Undereyck insistió en que la «devoción femenina» y su lugar subordinado no eran por falta de capacidades sino porque sencillamente así lo querían los «designios divinos», y Massillon, con cara de espanto, se quejó de las damas de Versalles por debatir sobre sus vestidos con la misma pasión e interés con que debatían, vaya escándalo, sobre matemáticas.

Esas escenas, que hoy parecen triviales o incluso pintorescas, eran entonces profundamente subversivas. Mujeres que discutieran públicamente ideas abstractas amenazaban las muy buenas y santas costumbres. Y además, no era solo que hablaran de ciencia, sino que lo hicieran con soltura, con placer, con autoridad, en los mismos ámbitos en donde antes solo se les permitía adornar o servir.

Esta revolución no comenzó en las barricadas, sino, como decíamos, en los salones de café y té, y todo gracias a mujeres que osaron leer, discutir y reírse de los dogmas «entre el clic de sus abanicos». Y fue quizás la risa —esa risa femenina tan temida a lo largo de los siglos— lo que más contribuyó a socavar el viejo orden. ¿Por qué? Porque la risa desarma, desacraliza y subvierte; vuelve absurdo, ridículo, humano, lo que el poder presenta como sobrehumano.

Cuando las ilustradas se burlaban de los sermones misóginos o de la supuesta «debilidad natural» de su sexo, no solo «pensaban», sino que también despojaban a la opresión de su máscara sagrada. La carcajada en los salones era, entonces, un acto político con poderosos efectos: demostraba que los argumentos de sus opresores no merecían ser solo rebatidos, sino también ridiculizados.

Esa risa y ese pensamiento irreverente que empezó a abrir grietas en los muros del saber excluyente, fue el inicio de una transformación que aún continúa. En el siglo XX, tras incansables luchas, las mujeres lograron importantes avances en derechos fundamentales: el voto, el acceso a la educación, al trabajo, a la ciencia, a la cultura, y en varios lugares, también al control sobre sus propios cuerpos.

Con todo, aquellas conquistas no fueron ni globales ni lineales. En muchas regiones del mundo siguen siendo incipientes, frágiles o directamente negadas. Y allí donde se alcanzaron, las mujeres tuvieron que seguir insistiendo en que la igualdad real no se agotaba en el reconocimiento legal, sino que exigía transformar de raíz las estructuras que durante siglos habían naturalizado su subordinación.

Justamente por eso, el siglo XXI promete ser, como decía un amigo (parafraseando, creo, a García Márquez), el siglo de las mujeres y el de Nietzsche. No solo por su creciente presencia en los espacios de poder, sino porque su liderazgo ayudará a redefinir lo que entendemos por progreso.

La emancipación femenina no es solo una causa de las mujeres, es una promesa para toda la humanidad. Y en un siglo semejante, me alegran mucho dos cosas: ser el autor de una tesis doctoral sobre Nietzsche —y, sobre todo, ser el futuro padre de una niña… y de una nueva lectora.

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