Juanita León, directora de La Silla Vacía, publicó un editorial varios días después de la muerte de Miguel Uribe Turbay, quien se encontraba en grave estado de salud tras haber sufrido un atentado en plena precampaña electoral en Bogotá. En su texto, titulado “No estamos condenados a la polarización”, León planteó varias vías para resolver la crisis política que atraviesa el país, en tanto considera, en concepto de organizaciones como la Fundación Ford y el Instituto para las Transiciones Integrales (Ifit), que la polarización conlleva el riesgo de que estancamientos en escenarios de resolución de problemas desde la misma sociedad.
Aunque es verdad que el antagonismo entre sectores políticos ha crecido en los últimos meses y que estamos en una situación novedosa para el sistema político colombiano (en el que un gobierno de tendencia progresista llegó al poder), también es cierto que la resolución de estos problemas no pasa, como propone León, por la promoción de “moderados ruidosos” (que tienen amplias audiencias en redes sociales) ni por la consolidación de embajadores cívicos que obren tras bambalinas.
Esto, en parte, porque estas lecturas asumen que la división entre el “nosotros” y el “ellos” es artificial y sólo funcional a bloques políticos en disputa, cuando la movilización social en sí misma ha demostrado que esa polarización existe de forma arraigada en la cultura política, como lo demuestran los sondeos de opinión.
El primer asunto está en resolver la aversión que sienten estos sectores moderados frente al disenso y la coexistencia pacífica con sectores políticos que no son afines a un programa de unidad. No solo en reconocer la diferencia política, sino entender que en este momento de la historia política de Colombia llegamos a un punto donde hay modelos de país y democracia en disputa, y que su resolución pasa por aceptar esta multiplicidad antagónica porque, al hacerlo, la discusión política se sincera. No es llegar al “punto medio”, sino establecer las condiciones para que estos antagonismos se resuelvan dentro de los marcos institucionales, reconociendo la existencia del contrario político como legítimo.
La discusión sobre la democracia no debe girar solo sobre cómo se construyen proyectos de “unidad” que, al final, no tienen en cuenta los antagonismos en política, sino también sobre la urgencia de que existan unas reglas de juego claras que permitan discusiones difíciles y conversaciones incómodas sobre los problemas que tiene el país. Sin ello, por más unidad que exista, mientras se siga negando la existencia política del otro, tanto en el discurso como en los hechos, la unidad será un espejismo.
Sin esas conversaciones, es muy complicado que salgamos del ciclo crítico orgánico que estamos atravesando, y de los que vendrán. Los exterminios políticos nos lo han demostrado.












