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Viernes 05 de septiembre de 2025 - 06:27 AM

Bogotá, basurero a cielo abierto

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A mí no me tocó la Bogotá de María Mercedes Carranza: «ciudad de mundo / que no conocerá la alegría». Me tocó (desde el 2008) una ciudad destruida por la corrupción política pero feliz, llena de horribles problemas, sobrellevados todavía con algo de dignidad. Una ciudad forrada de oportunidades tanto como de fiestas que, gracias a todos los ríos de la provincia que confluyeron en ella, conoció por fin la alegría.

Siempre que alguien habla mal de Bogotá (pasa más veces de las que es justo), yo salgo en defensa de su causa, que, todavía me lo parece, no está perdida del todo. La ciudad me educó y me enseñó la amistad, la ciudad me machacó, pero también me instruyó. Me dio de beber su mejor agua, me entregó sus mejores libros y me enseñó a caminar largo y tendido. Por eso, cuando puedo, trato de pagarle bien.

Pero ahora, precisamente, no puedo hacerlo. ¿Qué implica hoy por hoy recorrer a pie la ciudad? Implica, sin más preámbulos, caminar por entre la basura, cuando no por entre la infamia. ¿No están las calles de Bogotá convertidas en basureros? O, lo que es peor, ¿no están convertidas en basureros y atracaderos? (Por si acaso, no saque su celular si está en alguna de estas cinco localidades).

Desde el año pasado se han hecho numerosas denuncias sobre más de 600 puntos críticos de acumulación de basura y, sin embargo, al día de hoy estamos casi tan mal como entonces (ver denuncias aquí y aquí), sin olvidar que, desde el Concejo, se anticipa una crisis sanitaria para el 2026.

Basta con salir a la calle para ver cómo se amontonan colchones, escombros, bolsas negras reventadas, llantas y hasta muebles completos en las esquinas. De Chapinero a Kennedy, de Suba a San Cristóbal, los montones de basura forman parte del paisaje diario: una postal del abandono que habla con más contundencia que cualquier discurso político.

La consecuencia de la cuestionable gestión es una ciudad que parece abandonada a su suerte. Una ciudad donde caminar significa esquivar bolsas rotas y respirar el olor de desechos en descomposición, todo acompañado del humo tóxico de uno que otro bus o camión-chimenea que, para nuestra sorpresa, se resiste a abandonar el paisaje urbano (aunque en esta materia el Distrito avanza mucho mejor).

La ciudad, sucia como está, no tiene solo un problema estético: también tiene un problema existencial. El espacio público degradado demuestra desidia y desprecio por la vida y, lo que es peor, refuerza por su abandono los problemas de inseguridad tanto como la percepción de la misma. Además de tener que caminar entre la porquería, muchos bogotanos tienen que vivir asustados.

Bogotá no puede esperar un futuro brillante mientras no sea capaz de resolver algo tan básico como la limpieza y la seguridad de sus calles. No hay promesa de capital verde ni discurso de ciudad moderna que resista cuando los desechos —y los cuchillos— forman parte del paisaje.

Y es que, digan ustedes, si al menos fuera una ciudad afilada a la manera borgiana, es decir, con cuchilleros honrados, con peleadores valientes: «alto lo veo y cabal, / con el alma comedida, / capaz de no alzar la voz / y de jugarse la vida». Pero no, la situación es deshonrosa: la vida vale muy poco en medio de los basureros, y a la gente la matan por un pedazo de celular.

Mientras se reconozca y se hable del problema creería uno que hay salida. Sin embargo, los medios nacionales (salvo El Tiempo desde febrero), le han restado importancia a la situación, mostrándose más blandos de lo aconsejado con una Alcaldía que, aunque bienintencionada, no está enfrentando la crisis como se debe.

Tuvieron que salir los alemanes a alertar sobre el asunto y a decirlo como era: «el sistema de recogida de basura de Bogotá enfrenta problemas en la coordinación, recolección y separación de residuos […] La capital colombiana aspira a convertirse en un destino turístico, pero los problemas en su sistema de recogida de basuras suponen un obstáculo. Y los reclamos para mejorarlo parecen caer en oídos sordos» (ver aquí).

Ejemplos exitosos no faltan. Bogotá solo necesita aprender de ellos y dejar de improvisar. Indore (India) se convirtió en la ciudad más limpia del país gracias a la recolección con GPS y separación total de residuos (ver aquí). Parma (Italia) alcanzó más del 80 % de reciclaje con su estrategia de «residuos cero» y sanciones severas (ver aquí). Y Seúl (Corea del Sur) redujo en 90 % la basura enviada a vertederos con su sistema «paga-por-volumen» (ver aquí).

Bogotá necesita, con urgencia, unirse y limpiarse. Una ciudad que se resigna a caminar entre la basura ya ha comenzado a caminar entre las ruinas de sí misma. Y si no defendemos juntos el derecho a calles limpias y seguras, pronto no quedará nada por defender: ni la alegría que alguna vez nos sostuvo, ni la dignidad que aún nos mantiene en pie.

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