Reflexiones sobre decisiones difíciles al final de la vida. ¿Qué harías si tu madre, tu pareja o tu hijo estuviera al borde de la muerte y te pidieran que decidieras por ellos?
No hay entrenamiento emocional para ese momento. No hay manual. Solo el peso de una decisión que puede aliviar o prolongar el sufrimiento.
En mi práctica médica, he acompañado a colegas y familias en decisiones profundamente humanas: ¿proceder o no con una intervención en pacientes con enfermedades avanzadas? ¿Insistir en tratamientos que prolongan la vida, pero también el dolor?
Durante décadas, la medicina —con nobleza, pero también con cierta arrogancia— miró la muerte como enemiga. El mandato era claro: luchar contra ella a toda costa. Y no me refiero a costos económicos, sino al precio que pagan los pacientes en forma de angustia, dolor y pérdida de dignidad.
Desde el nacimiento de los cuidados paliativos, esta visión ha comenzado a cambiar. Hoy, cada vez más profesionales entienden que no siempre se trata de vivir más, sino de vivir mejor. Hay situaciones en las que la medicina moderna puede ofrecer más tiempo, pero a expensas de la calidad de vida. En esos casos, ¿vale la pena?
Cuando me encuentro con familias ante decisiones complejas, suelo decirles: “No me digan qué quieren ustedes para su ser querido. Piensen, más bien, qué me diría él si estuviera en pleno uso de sus facultades”. Esa pregunta, aunque dolorosa, abre espacio para la empatía, la honestidad y la compasión. También nos obliga a contemplar escenarios futuros que muchas veces no se discuten por temor a parecer pesimistas.
Nuestra sociedad tiende a negar todo lo relacionado con el final de la vida. Lo convierte en tabú. En muchas familias, basta con mencionar el tema para que surjan silencios incómodos o frases como “no invoque la muerte”. Pero el silencio, en estos casos, puede ser más cruel que la verdad.
¿Qué debemos tener en cuenta al tomar decisiones difíciles ante una enfermedad avanzada o de mal pronóstico? Lo primero es el deseo del paciente. Si está en capacidad de decidir, su voz debe ser la guía. Lo segundo es pensar con realismo en el mejor escenario posible.
Recientemente atendí a una paciente mayor de 80 años, postrada en cama, con deterioro cognitivo severo, incapaz de valerse por sí misma o de mantener una conversación. Se le detectó una masa abdominal sospechosa de cáncer. En común acuerdo con la familia, decidimos no realizar estudios complementarios como tomografías o resonancias. No queríamos añadir sufrimiento. Incluso con un diagnóstico confirmado, no se le ofrecería tratamiento. La decisión fue difícil, pero profundamente humana.
Tuve también muy recientemente otra paciente con un cáncer avanzado en este caso y a pesar del dolor de sus hijos y familia ella decidió no realizarse mas tratamientos que claramente se sabían eran únicamente paliativos pero que afectaban severamente su calidad de vida y su energía. Con un carácter amoroso pero firme le dijo a toda su familia hasta aca quiero tratamientos y prefiero estar en casa rodeada del amor de sus hijos.
Una vez más, invito a mis queridos lectores a hablar en familia sobre estos temas. Conversar sobre el final de la vida no es invocar la muerte, es invocar la dignidad. Y esa conversación puede ayudar a sus médicos a tomar mejores decisiones, evitando así sufrimientos innecesarios.
Porque a veces, el mayor acto de amor no es luchar por más tiempo, sino por menos dolor.












