La tradicional fiesta de disfraces se aproxima. Cada 31 de octubre, las calles se llenan de color, risas y el plan imperdible es salir a pedir dulces. Entre el brillo de los atuendos y la euforia de celebrar, se nos olvida lo esencial: la seguridad y el cuidado de nuestros niños. Halloween no solo debe ser una fecha amena, sino un recordatorio de nuestra responsabilidad colectiva ante la infancia.
Los indicadores de maltrato infantil en Colombia evidencian una realidad alarmante. Según la Procuraduría General de la Nación, entre enero y abril de 2024, se registraron 177 homicidios de menores y más de 11.000 denuncias de violencia contra niños, niñas y adolescentes, incluyendo casi 6.000 exámenes médico-legales por presunto abuso sexual. En 2023, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) reportó a más de 69.000 menores en procesos de restablecimiento de derechos por negligencia, abandono o maltrato.
Por su parte, el panorama en Santander no es muy distinto. Un estudio realizado por la Universidad Industrial de Santander, alertó que el 16% de los mejores ha sido víctima de algún tipo de violencia, y que la tasa de abuso es de 37 casos por cada 100.000 niños, por encima del promedio nacional. Estos datos deberían estremecernos y llevarnos a la acción con mayor conciencia.
Halloween puede parecer inofensivo, pero también puede convertirse en un escenario de riesgo si no estamos atentos. Los niños no deben salir sin supervisión, ni entrar a casas desconocidas, ni aceptar dulces sin que un adulto los revise. Los disfraces deben permitir la movilidad y buena visibilidad, y los padres deben establecer horarios claros para regresar a casa.
Esta fecha es una oportunidad para educar con diligencia: enseñar a los niños a reconocer situaciones incómodas, a decir que “no” y a confiar en los adultos protectores de su entorno. Es crucial que las familias y los colegios reforcemos los lazos de confianza y acompañamiento.
Cuidar a los niños no es solo protegerlos del peligro físico; es garantizar que crezcan en entornos donde se sientan seguros, escuchados y valorados. Este 31 de octubre, más que vigilar los disfraces, deberíamos proteger los sueños.
Cuando la infancia no está a salvo, cualquier celebración carece de sentido.












