El cielo está vacío, la cuarta novela de Sara Jaramillo Klinkert, publicada por Lumen, pone sobre la mesa la ambigüedad de las relaciones humanas y exhibe varias trampas mentales universales. ¿La comodidad extrema puede llegar a ser peligrosa? ¿Es el cerebro sabio o tramposo para que el inconformismo nos condene a la búsqueda perpetua? ¿Todo se aprende a amar con el tiempo? ¿Inventamos la realidad que más nos conviene?
Las relaciones, el choque cultural ante las dificultades de ser inmigrante, la soledad, el desarraigo, la lucha por la supervivencia, el deseo y la fragilidad humana son algunos de los temas centrales expuestos, a los que la protagonista, una joven colombiana de 24 años, se enfrenta al dejar Medellín para empezar una nueva vida en Londres, una ciudad que se siente hostil, justamente por la invisibilidad que experimenta como inmigrante colombiana y por la sensación de no encajar. Allí experimenta una relación con un hombre mayor marcada por la pasión, la dependencia, la asimetría emocional, la clandestinidad y es a partir de eso que la novela redefine conceptos abstractos como el tiempo, el futuro y la decencia. Se abren debates oportunos en tiempos en los que poco nos cuestionamos si estamos equivocados y nos aferramos a puntos de vista como si fueran verdades absolutas.
Esta novela, atravesada por la tragedia del padre muerto, rinde un claro homenaje a Silvia Plath (poema Ovejas en la niebla), en el que ambas autoras lloran al padre y revelan la sensación de desamparo de la protagonista, al buscar respuestas en un mundo que parece carente de ellas. La novela convierte la experiencia íntima en un espejo colectivo, que no sólo reconstruye los recuerdos, sino que transfiere al lector esa sensación de vulnerabilidad que enfrenta la protagonista en la eterna búsqueda del amor y de la figura del padre, invitando así al lector a bucear entre verdades ambivalentes.
No hay nada más deseable que lo que parece a punto de perderse, afirma Klinkert; y es que en ocasiones es común no saber si estamos orgullosos por tener algo o atemorizados por la posibilidad de perderlo. Y ese es justo el problema de caer en el engaño de creerse dueño de algo, al confundir la libertad y la seguridad. Con el paso de los años, aquellos conceptos se redefinen cuando comprendemos una perspectiva diferente; aquella que valora lo que antes se daba por sentado. Lo que consideramos lujo, por ejemplo, cambia, aprendiendo a disfrutar más de la naturaleza y hasta de la lentitud.
Vamos por la vida pensando que nos sobra tiempo y juventud y luego descubrimos que el amor como arma puede enaltecer al ser humano y al mismo tiempo destrozarlo. Es fácil fingir que no tenemos miedo, cultivar falsas ilusiones y tal vez, en palabras de la autora, es posible incluso vivir sin corazón. Se abre la reflexión: ¿Vale la pena tan sólo subsistir como un animal embalsamado? Klinkert nos susurra en el subtexto una narrativa luminosa sobre mujeres fieles a sí mismas, que desde la ficción, reescriben el papel de todas las que ya no necesitan ser salvadas, ni sostenidas y que, más bien, tienen el mundo a sus pies, sin renunciar a sí mismas.












