Esta columna habla de un político atornillado al poder. De nepotismo, personalismo, autoritarismo, de elecciones cuestionadas y hasta de acusaciones sobre evasión de impuestos a través de paraísos fiscales.
Yo sé que están pensando en alguien como Nicolás Maduro pero no. El presidente eterno al que me quiero referir es muy pereirano, y como un verdadero César, manda y desmanda en su partido desde antes que el autócrata venezolano llegara a Miraflores y casi octogenario ha vuelto a la palestra política aun cuando sus ambiciones de poder contrastan con su decrepitud.
Cesar Gaviria, no conforme con su legado luego del “revolcón” que nos dio entre 1990 y 1994, con nefastos resultados para nuestro frágil tejido industrial, para los agricultores de su irresponsable “apertura económica” y como coautor de la crisis de seguridad que le estallaría años después a Samper; está de vuelta como lo demostró su cacareada cumbre con Uribe en Llanogrande Antioquia.

Con esta especie de Frente Nacional trasnochado, Gaviria pretende contra toda evidencia, marcar un nuevo capítulo en la política colombiana.
Si señores, aunque ustedes no lo crean; el mismo personaje que junto a su hijo Simón se han alternado el mando del liberalismo desde 2011; que concentró el poder acabando con las direcciones colegiadas para llevar a su partido cada vez más lejos del clamor insomne de Uribe- Rafael no Álvaro-y Gaitán. El mismo que el año pasado se hizo reelegir en Cartagena en una convención en la que tuvo que intervenir la policía y en la que sus opositores denunciaron autoritarismo y fraude. Quien hace 8 años cuando pedía votos para la reelección de Santos, gritaba ¡Uribe mentiroso!; ahora se reúne con su antiguo adversario porque al parecer juntos tienen la fórmula mágica para cambiar el país.
Si de verdad Gaviria quiere prestarle un servicio a nuestra democracia que empiece por esclarecer su presunta responsabilidad en el escándalo de los “Papeles de Pandora” denunciado por el periodista Gerardo Reyes Copello. Es lo mínimo que se esperaría de un verdadero estadista; lo demás es doble moral y politiquería barata para engañar amnésicos.












