El principal desafío de las elecciones atípicas para elegir alcalde en Bucaramanga no es, ni siquiera, que estén ocho candidatos en contienda. El esfuerzo se inclina más en lograr la afluencia masiva de votantes que valide, con suficiente legitimidad, el mandato de quien resulte ganador en un domingo de plena temporada decembrina, cuando el ambiente propio de las festividades ocupa el tiempo que se dedica, generalmente, a compartir en familia. Léase vacaciones, visitas, compras, viajes, matrimonios, primeras comuniones, paseos, reencuentros, despedidas de año y todo aquello que ‘huela’ a ‘pasarla bueno’.
La preocupación no es que las discusiones giren alrededor de un plan de desarrollo lo suficientemente seductor para convencer al electorado, porque este ya fue aprobado hace dos años, y quien llegue a dirigir los destinos de la ciudad tendrá que velar por su cumplimiento, sí o sí, el detalle está en una frase recogida al vuelo en una de esas conversaciones que dejan el rumor, por ahí, rondando en la cabeza: “el peligro es que podemos elegir a cualquiera”.
Y eso, en plata blanca, representaría el riesgo de caer en el peor de los escenarios cuando la ciudad reclama acciones que, de cierta manera, se han venido dilatando por culpa de la incertidumbre que rodeó la salida del titular en el cargo, quien fue perdiendo de a poco la gobernabilidad necesaria para cumplir con su plan de gobierno mientras atendía su anulación inminente, y el espectáculo que el alcalde designado montó, con posesión rimbombante incluida, para apenas cinco semanas de ‘paloma’.

Bucaramanga merece mucho más que eso, de manera que todos los caminos deberían conducir a motivar que los ciudadanos acudan el domingo 14 de diciembre a las urnas a escoger la persona que, prioritariamente, se concentre en culminar el periodo que dejó Beltrán a medio camino, con una votación significativa en una ciudad la cual, en las últimas tres elecciones, ha convocado más o menos a la mitad de su censo electoral -este último se acerca a las quinientos mil personas habilitadas- y los alcaldes elegidos, o han acariciado los cien mil sufragios o los superaron, en el caso de Juan Carlos Cárdenas, empujado por el ‘efecto’ Rodolfo Hernández.
Eso quiere decir que, haciendo cuentas alegres, una sola persona termina determinando por cinco la suerte del lugar donde viven, que puede ser una relación aún menor porque, por ejemplo, Hernández terminó siendo elegido por apenas el 28 % del total de votantes, y en nuestro caso que se avecina el domingo de elecciones, la votación se repartirá entre ocho aspirantes. La responsabilidad que tenemos no es menor, nos quedan cuatro semanas para pensar en un voto informado, los buñuelos y la natilla no nos pueden nublar la mente.










