Uno de los grandes avances en el camino de la igualación de las personas fue la universalización de la condición ciudadana. La fórmula democrática “un ciudadano: un voto” despojó a los ciudadanos del color y del olor. Rememoren el momento en el que la Registraduría nos cambió la cédula de ciudadanía antigua para que no apareciera más el color trigueño, los ojos cafés y la nariz aguileña, dejando en la nueva, solo por seguridad, el sexo, la estatura y el tipo sanguíneo. Pero esa bendición legal fue revertida por los constituyentes de 1991, los que abrieron la puerta a las nuevas etnias de trepadores y rentistas que nos tienen en un berenjenal de desgobierno.
El sacerdote jesuita Alonso de Sandoval, quien bautizó en Cartagena a miles de africanos esclavizados traídos en barcos, les asignó los siguientes atributos: “color negro, rudeza, desnudez y mal olor”. Como los vecinos de origen hispano eran blancos y los africanos eran negros, los procesos de mulataje y zambaje produjeron nuevos colores: el color Loro, “que está entre blanco y negro”, como el trigo antes de llegar a su perfecta madurez (según el refrán, cuando el trigo está loro, vale el mugil oro), y el color Atezado, que equivalía a los colores moreno, tostado, bronceado, cetrino, aceitunado y cobrizo. Mi maestra María Gómez me enseñó: “hay cuatro razas humanas: blanca, negra, amarilla y cobriza”. Otro color que existió fue el Carmelita, un reconocimiento al hábito talar de las monjas de la advocación mariana de El Carmen, reemplazado por el color Café ya tostado.
Hoy ya no queda ningún recuerdo de esos colores, porque completamos 200 años de construcción de un cuerpo ciudadano universal. Pero, al calor de la carta de 1991, los demagogos sofistas nos quieren convencer de que tenemos un color. Repito: un ciudadano no tiene color ni olor, solo un voto libre que debe cuidar de esos oportunistas. Como los colombianos no tienen color ni olor, y todos somos afrodescendientes y parientes, cuando lleguen a la mesa de las votaciones y les pregunten por su etnia y color, no respondan. El silencio es elocuente.












