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Columnistas
Viernes 12 de diciembre de 2025 - 01:00 AM

¿Ya podemos reconocer la crisis?

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Si existe peor ciego que el que no quiere ver, es el ciego cínico que ve por momentos, cuando le conviene, cuando le sirve señalar la crisis —que es evidente— mientras hace oposición, pero que la desconoce mientras gobierna. Y es que, para lo que hay que ver, con un ojo basta. Estamos en crisis. Esto no resiste ni requiere un análisis profundo. Solo piense que, en dos días, estaremos en atípicas, lo que por definición nos aparta de la campana de Gauss, es decir, de lo que es normal. Solo por esto ya estamos en medio de una crisis institucional. Pero hay más.

Nos estamos acostumbrando a vivir —y ahora a morir— en cualquier tiroteo inimaginado hace algunos años. Disparos en un centro comercial, atracos cinematográficos que se difunden en las redes sociales. Al día siguiente, el atril, el mandatario y la fuerza pública mostrando y tratando de enviar un mensaje de rudeza inexistente, poco creíble, con la cara pintada para simular una guerra que se está perdiendo. Al rato un sicariato, otro más, aumenta la cifra. Al fin y al cabo es solo estadística, nadie lleva la cuenta.

Luego aparecen los fantasmas de la ciudad, de arriba abajo y sin pasajeros, sin destino, como los buses de pesebre que simulan un recorrido de gran importancia que no conduce a ningún lado. Dicen que son prestados o arrendados, que no es lo mismo. Sin estaciones, totalmente destruidas, y por ende sin pasajeros, conviene preguntarnos para qué zapatos si no hay casa. En el fondo no hablamos de buses, hablamos de una ciudad que perdió la capacidad de moverse. No hay mayor síntoma de decadencia.

Para acompañar los fantasmas cae la noche, y con ella la oscuridad premoderna, a la espera de que la luna tenga paciencia con el alumbrado público y haga un esfuerzo por iluminar las calles. Una ciudad tenue, a oscuras, nostálgica. Todo ello a pesar de que en el recibo puntualmente llega el cobro del alumbrado, así este sea inexistente, incluso en época decembrina, que en otrora se iluminaba completamente. Si hubo contrato o convenio, que no es lo mismo, tampoco se ve.

Lo que sí se ve son los semáforos, pero no funcionan, intermitentes casi siempre. Fueron reemplazados por agentes de tránsito a la antigüita, algunos improvisados, que piden monedas por dar el paso. Usted los ha visto, casi comedia. También se ve la basura en cada esquina, como si no hubiese botadero ni sistema de recolección, cumpliendo el sueño de un juez. Termino torciendo una frase de Fernando Vallejo, que hablaba del amor con crudeza. Si usted ama Bucaramanga, vaya, vote si puede y, si no, pues no.

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