El orden jurídico internacional de post-guerra nació como un andamiaje frágil, pensado para refrenar la pulsión social más dañina: la imposición del fuerte sobre el débil. Su origen no fue la ingenuidad sino el cansancio. Tras siglos de conquistas y sometimientos, los Estados intentaron reconocerse entre sí como iguales, comprometidos con principios elementales como la no intervención, la libre autodeterminación, la igualdad jurídica entre naciones y la restricción al uso de la fuerza.
Ese orden no es un punto de llegada, es un camino que se transita constantemente y cuyo objetivo principal no es avanzar, sino evitar retrocesos. Cada violación a esos principios abre grietas que ya sabemos adónde conducen. La Carta de las Naciones Unidas, junto con los tratados multilaterales, son el intento más serio —aunque imperfecto— de contener el eterno ciclo de supremacías violentas.
En derecho internacional, a diferencia de los héroes fabricados por Hollywood, el fin no justifica los medios. Y ello cobra especial relevancia por una razón estructural: no existe una verdadera autoridad supranacional. No hay un ente que ejerza jurisdicción planetaria. Precisamente por eso, cuando se relajan los medios prohibidos —y un Estado se abroga el poder de intervenir unilateralmente — se rompe el delicado equilibrio que entre Estados formalmente iguales: se abre la caja de Pandora.

Estas líneas se escriben deliberadamente sin nombres propios para restarle emocionalidad a la perspectiva. No solamente el uso de la fuerza es cuestionable; todo comienza antes, con actos supuestamente menores -pero jurídicamente graves-, como la injerencia de un Estado en los procesos electorales de otros Estados, aprovechando relaciones de poder comercial, de deuda o de dependencia financiera. Asustan a los votantes para inclinar la balanza desde afuera.
El mundo se lanza al precipicio cuando, por unánime que sea el repudio a un régimen, tolera que otro Estado haga trabajo sucio por iniciativa propia rompiendo los principios del derecho internacional. Cerramos los ojos y nos tapamos la nariz para que pase lo que tenga que pasar; porque dizque el fin justifica los medios. Si el pretexto del repudio fundado se normaliza, la acción unilateral se vuelve un método del que cualquiera, y por lo que sea, puede ser víctima.
Lo que procede -y aunque cueste asentarlo- es el derecho internacional. Las vías diplomáticas y políticas: la acción multilateral, el no reconocimiento de gobiernos ilegítimos, las sanciones internacionales colectivas, la suspensión de cooperación y la responsabilidad penal internacional de quienes encabezan regímenes vinculados a delitos transnacionales como el narcotráfico o el lavado de activos; todo ejercido por vías jurídicas, multilaterales y colectivas. Intervenir unilateralmente y con invasión, aunque se disfrace de buena intención, derrumba el orden que sostiene los valores que se busca defender.











