La tradición viene con días que conllevan intercambio de regalos, especialmente Navidad, pero la sociedad de consumo plantea un feroz ataque de días de regalar, de compras innecesarias, muchas veces “regalos viajeros” (aquellos que se reciben, se reempacan y se entregan después a otra víctima).
En defensa de ese ataque, pero con intención de no desaprovechar esos espacios, que pueden ser realmente valiosos para la fraternidad y el amor, terminamos jugando al “regalo robado”, un verdadero espacio de afecto. Mucho más que dinámica de entretenimiento, es contrapeso psicológico y social a las presiones de este montón de festividades modernas.
En nuestro sistema, que empuja a la compra individualizada y costosa, este juego introduce una racionalidad colectiva. Como se establece un presupuesto único y moderado para un solo regalo, se rompe la inercia de comprar uno para cada miembro de la familia y se reduce el estrés financiero y el desperdicio. Además, se desplaza del valor comercial del objeto hacia su capacidad de generar sorpresa o humor: muchas veces, el mejor regalo puede ser ingenioso o divertido, no necesariamente lo más caro; y se prefiere creatividad sobre conveniencia: al ser regalos para “cualquiera”, hay que buscar algo universalmente atractivo o curiosamente único, y se rescata el sentido de sorpresa que el consumo lineal ha desgastado.
El juego transforma el acto de regalar de transacción a experiencia, del tener al compartir; y el regalo deja de ser propiedad privada desde el inicio para convertirse en un elemento de juego comunitario. Lo importante no es lo que se lleva a casa, sino la dinámica (risas, “venganzas” amistosas, azar…). Esta dinámica actúa como un catalizador de interacción genuina: las jerarquías desaparecen y se crea un espacio de juego horizontal que rompe la formalidad de las cenas tradicionales; además, se evitan situaciones incómodas en que algunos miembros (con menos recursos o menos cercanía) se sienten desplazados por no poder dar o recibir regalos al mismo nivel que otros. Aquí, todos participan con las mismas reglas.
Este juego es una herramienta para fortalecer la complicidad y la resiliencia emocional, y se maneja la frustración y el desapego: “perder” un regalo que se quería permite practicar el desapego en un entorno seguro y lúdico, y enseña que el vínculo con el otro es más valioso que el objeto en disputa. Las anécdotas del intercambio suelen recordarse mucho más que el regalo en sí, lo que enriquece el entorno familiar y la cercanía emocional entre familia y amigos.
Mensæ tegumentum. Acerca de lo ocurrido en nuestro vecino país, recuerdo la historia de Hernán Cortés, que, con el apoyo necesario e imprescindible de los pueblos americanos, “liberó” del yugo imperial a una enorme región. ¿Y qué pasó después? Conversemos.










