Ese viejo mundo que surgió hace no más de 35 años, que se erigió sobre la derrota de la Unión Soviética y la caída del Bloque del Este, está dando sus últimos estertores.
Mientras en Venezuela un grupo de operaciones especiales del ejército estadounidense asaltaba el dormitorio del entonces presidente Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flórez, en Irán la gente ha salido de nuevo a las calles en contra de la teocracia de los Ayatollahs, en medio de la zozobra de que Israel vuelva a lanzar ataques contra ese país.
En Ucrania los rusos siguen avanzando a paso lento sobre las ruinas de las ciudades de la región de Donetsk y Zaporizhzhye, mientras que en el sur las correrías entre árabes saudíes y emiratíes tienen ardiendo lo que antes se conocía como Yemen del Sur.
Ni qué decir de lo que pasa en Sudán, en el Sahel, en la República Democrática del Congo, la disputa por el Mar Rojo entre quienes reconocen a Somalilandia y a Somalia, y hasta en Birmania, que pasan desapercibidos para el lector y la audiencia en estas tierras.
¿Qué tienen en común todos estos puntos geográficos aparentemente distantes entre sí? En que el viejo orden internacional que los sostenía, la arquitectura misma de la seguridad global, que desde 1945 había prometido evitar a través de la negociación y el diálogo entre naciones el ocaso de todas las guerras, terminó de romperse. Esa ruptura no es una novedad, pero sí es diferente la aceptación tácita que el mismo orden internacional le ha dado a una nueva arquitectura mucho más agresiva, directa y militarista, que ya no confía en la posibilidad de negociar entre iguales, sino a través del ejercicio de la fuerza.
Sin un árbitro internacional legítimo (pues las organizaciones internacionales han terminado siendo incapaces de contener o resolver estos conflictos), los países del mundo han comenzado a entender que la fuerza ya no era el último recurso, reservado para las acciones más graves en el marco de la “responsabilidad internacional”, sino el único lenguaje que garantiza la supervivencia, que queda enmarcada en la idea de la soberanía y autonomía nacional.
Con el fracaso de la reunión de la CELAC tras la captura de Maduro, y con la incapacidad del Consejo de Seguridad de la ONU de dar respuesta a las acciones militares norteamericanas, es hora de despedirnos de la diplomacia de las cumbres y los concilios, que está dando paso a la diplomacia de los drones, los helicópteros artillados y los comandos de asalto.












