Corre el viento frío y los árboles se mecen al ritmo de ese viento que baja del páramo al amanecer, mientras se asoma el sol que nos alegra a todos, pero especialmente a las aves que cantan en la espesura de los robledales. Al fondo se escucha el río claro y hermoso que desciende entre esas montañas donde todavía, en ciertas noches, se oyen los lamentos de los soldados caídos en la Batalla de Cachirí. Allá murieron convencidos de estar haciendo patria. Esparcidos quedaron sus huesos solitarios que en las noches de luna llena alumbran y nos recuerdan que todavía están ahí.
Mientras tanto, al otro lado, en el Cañón del Chicamocha homenajeado por artistas como la maestra Beatriz González Aranda, el sol no da tregua con sus eternos rayos sobre la tierra convertida en polvo. Santander es inigualable, tiene hermosos páramos que nos dan el agua y el cóndor, y que regulan los ciclos de la agricultura, y tiene un hermoso cañón como una herida abierta que mira al fuego. Tiene un calor bíblico y un páramo celestial.
En el páramo donde ahora estamos pasan las torcazas a comer arrayán. Las vemos pasar mientras Manuel nos va contando las historias de la batalla, las bayonetas encontradas, las balas perdidas y su búsqueda de guacas enterradas y de monedas de plata y oro encontradas en los caminos reales, dejadas por los viajeros camino a Bogotá. Me regala un dólar encontrado, dejado por un norteamericano aventurero perdido en estos filos. Aquí el cielo y la tierra se “unen con infinita ternura”.

A esta tierra buena no “cuesta sacarle el pan”, todavía hay gente que siembra trigo y papa, mora, tomate de árbol, lulo, sábila, tomate, y que tiene ovejas y miel, que aman el frío como yo lo amo. Aquí se derrama el asombroso amor a la vida y a la tierra. Hasta el poderoso ruibarbo brota y brotan los berros.
Cómo no amar esta tierra, a la que nuestros campesinos no abandonan porque sienten por ella un amor superior, que no tiene explicación. Vivirán como vivieron sus padres y sus abuelos. A pesar de los tiempos de odio, trabajan ahora más en los campos. Dicen que siempre ha sido así la política, saben que tiene una misión y un destino, amar la tierra, porque mientras haya manos que siembren y miradas que reconozcan la dignidad de la tierra, ningún olvido ni ninguna violencia logrará borrar lo que somos. Sin saberlo recuerdan a Virgilio: “Es por vosotros que sembramos los campos”.











