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Domingo 01 de febrero de 2026 - 01:00 AM

A grandes males…

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Juan tiene clase tres días a la semana en la universidad. Se tiene que desplazar desde Piedecuesta hasta Bucaramanga, y además, permanecer una larga jornada, hasta el regreso en horas de la tarde. Eso le representa un presupuesto el cual, además de que le asegure el transporte, le permita pagar por una comida que se ajuste al bolsillo, de modo que el ‘corrientazo’ puede ser reemplazado, en ciertas ocasiones, por un par de empanadas con gaseosa cuando no trae el almuerzo desde casa.

Para llegar a tiempo recurre a una de las tantas aplicaciones móviles que existen, vehículo que lo recoge al frente de su residencia y lo deja a la entrada de la institución educativa. Cuando la demanda es alta, lo que presiona el valor del servicio hacia arriba, recurre a la motocicleta, que lo transporta más rápido y barato. Por su cabeza no pasa la opción de usar el transporte público: tendría que caminar hasta la estación más cercana, que desde hace años parece la escenografía de un capítulo de The Walking Dead, lo que lo obligaría a adelantar la hora de salida, sin saber con certeza cuánto demore en tomarlo o, en su defecto, perderlo.

Pensar en un taxi, tan solo un trayecto, lo descuadraría el resto de semana, por lo tanto, esa alternativa funcionaría solamente para una emergencia. Ahora, si Juan hace cuentas, podría sacar una moto a crédito, las hay para todos los gustos, tamaños, marcas, colores, cilindrajes y hasta eléctricas, con lo que se convertiría -a pesar del riesgo latente- en uno más de los cerca de quinientos mil conductores que nos movilizamos sobre estos aparatos en toda el área metropolitana.

Por eso, la medida de imponer la prohibición de circulación por la carrera 33 de esta clase de vehículos así como del ‘parrillero’ entre las carreras 15 y 19 sobre la calle 36, en las denominadas horas pico, con el fin de atacar el fenómeno del mototaxismo es, por decir lo menos, cómica. Con la aplicación del decreto la Alcaldía salva su responsabilidad ante el fallo de un juez que, pensemos bien, intenta contribuir a la solución del pandemónium en el que se ha convertido el tráfico de esta ciudad que ya no es la de los ‘quince minutos’.

Asumir que la informalidad en el transporte acaba con prohibir la circulación de motos por estos corredores es casi como pretender que quitar el sofá reduce la tentación de ser infiel. A grandes males, grandes remedios, un aforismo hipocrático que bien puede animar a nuestros gobernantes para buscar soluciones ajustadas a la realidad, antes de que aparezca otro mesías a insistir en el Metrolínea estrato 25. Esa quimera se despedaza ante nuestros ojos.

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