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Miércoles 04 de febrero de 2026 - 01:00 AM

Cuando un colegio cierra, la cobertura educativa también se reduce

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La cobertura educativa en Santander ha sido históricamente sostenida por el sector oficial y un número significativo de colegios privados de pequeña y mediana escala. Sin embargo, este equilibrio enfrenta un riesgo significativo en 2026: la posible salida del sistema de instituciones privadas que ya no logran mantener su operación financiera, ocasionado implicaciones directas sobre el acceso y la permanencia escolar en la región.

El aumento del salario mínimo y otras cargas prestacionales, costos de servicios, alimentación escolar y proveedores, han provocado una presión estructurar sobre los colegios privados. A diferencia de otros sectores económicos, estas instituciones tienen ingresos regulados, pues los incrementos en matrículas y pensiones están condicionados por topes definidos por el Ministerio de Educación, por lo general calculados con base en el IPC y otros criterios propios de cada institución educativa, y no en los costos reales en operación.

En Santander, muchos colegios privados atienden a estudiantes de estratos 2 y 3, operando en municipios intermedios o zonas urbanas con alta demanda y absorbiendo población que el sistema oficial no siempre puede atender de manera inmediata. El cierre de uno de estos colegios no es un hecho aislado, sino un evento que disminuye la oferta efectiva de cupos educativos obliga a traslados forzados y aumenta el riesgo de deserción, particularmente en básica secundaria y media.

Desde una mirada técnica, la disminución del alcance no se produce solo cuando se reduce la matrícula total del departamento, sino también cuando se deterioran las condiciones de acceso, cercanía y permanencia. Estudiantes que deben recorrer largas distancias, cambiar de jornada o ingresar a instituciones con sobrecupo presentan mayor probabilidad de ausentismo y abandono escolar.

A su vez, el impacto laboral no es menor. El cierre de colegios implica la pérdida de empleos docentes y administrativos calificados, perjudicando la estabilidad del ecosistema educativo regional y debilitando procesos pedagógicos que han tomado años en consolidarse.

Es preocupante que, sin medidas diferenciales, esta situación termine trasladando abruptamente la demanda al sector oficial, el cual encara barreras restricciones presupuestales, de infraestructura y de personal. La cobertura educativa, entendida como un derecho y como solo como una cifra, requiere estrategias de sostenibilidad institucional, ajustes normativos realistas y mecanismos de apoyo para colegios privados que cumplen un rol público.

Santander requiere una lectura regional del problema. Proteger la cobertura educativa hoy implica evitar cierres futuros. Ignorar esta señal de alerta puede traducirse en una pérdida silenciosa pero profunda de oportunidades para cientos de estudiantes y sus familias.

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