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Columnistas
Viernes 13 de febrero de 2026 - 01:00 AM

Y a posar para las cámaras

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El Renacimiento fue un momento de apertura radical en la historia europea que no solo se limitó a rescatar los textos y las formas del mundo clásico, sino que los arrancó de su condición de reliquia y los convirtió en instrumentos vivos para pensar el presente, afirmar la dignidad del ser humano y reinventar la relación entre arte, conocimiento y poder.

La época, por ello, ha sido definida en los términos más elogiosos. Burckhardt describió el Renacimiento como la cuna del ser humano nuevo, en la que Italia se convirtió en el escenario de un despertar integral de la conciencia individual y colectiva, mientras que Stefan Zweig lo evocó con melancolía y admiración, apuntando a que «nunca Europa volvió a creer con tanta intensidad en la armonía entre belleza, conocimiento y vida».

Quien haya visto los frescos de Rafael, la tenacidad de los colores y la manera en que lo divino y lo humano se entrelazan; quien, frente a la Pietà de Miguel Ángel, haya seguido los pliegues del mármol que se derraman como una tela viva, declarando la hazaña extraordinaria de grabar sobre una piedra muerta el vivo dolor, la ternura y el peso, ese, decimos, entenderá por qué se insiste (con Nietzsche) en celebrar el Renacimiento como «la última edad de oro» del milenio.

Cierto es que esta época tan celebrada también inauguró procesos profundamente problemáticos. Con todo, hoy no he querido escribir ni sobre el arte ni tampoco «sobre el lado oscuro» del Renacimiento. Por lo menos no directamente. Lo que mueve esta columna es otra cosa. Hace unas semanas, en el Foro Económico Mundial de Davos, el presidente argentino proclamó solemnemente la «muerte de Maquiavelo».

Según su diagnóstico, la política entendida como cálculo frío, manipulación estratégica y administración cínica del poder habría quedado atrás, y estaríamos ingresando en una nueva época fundada en la verdad, la libertad y una suerte de transparencia ética global en la que los políticos no mienten y las corporaciones anteponen el bien común al suyo propio.

Antes que nada, habría que hacer dos precisiones elementales. La primera es que Maquiavelo es un pensador decisivo porque concibe la política como una esfera autónoma, regida por una racionalidad propia e irreductible a la moral cristiana y a la tradición normativa clásica.

Su aporte, así pues, consistió en sustituir la reflexión sobre el buen gobierno por el análisis de los mecanismos reales del poder, el conflicto y la obediencia; o, dicho de otro modo, en enseñarnos a pensar no cómo debería ser, sino cómo es efectivamente la vida política. Ya solo por esa genialidad, Maquiavelo es inmortal.

Con todo, hay una segunda precisión, y es que hay «dos» Maquiavelos. El primero es el autor célebre de El Príncipe, que escribe para un gobernante único que necesita mantenerse en el poder. El segundo es el escritor (menos citado) de los Discursos, en donde reflexiona desde una perspectiva más amplia y civil, atenta no tanto a la astucia del individuo que manda como a la arquitectura institucional que hace posible la libertad común y la convivencia pacífica.

En El Príncipe, Maquiavelo observa la política desde el punto de vista del gobernante individual que debe conservar el poder en un mundo atravesado por la inestabilidad, la ambición y la fortuna. Acá, por eso, el énfasis no está en cómo un monarca debe ser bueno, sino en todo lo que tiene que hacer para evitar ser destruido. Por eso mismo, allí se enseña que «un príncipe nunca carece de razones legítimas para romper sus promesas».

La virtud que allí se exalta, desde luego, no es la cristiana, sino la virtù, entendida como energía, decisión y capacidad de leer las circunstancias para torcerlas a favor propio; de ahí que el engaño, la dureza y la violencia no aparezcan como vicios, sino como instrumentos legítimos cuando la supervivencia del Estado, en cabeza de un príncipe, está en juego.

En los Discursos, en cambio, el foco se desplaza hacia la república, las leyes y la libertad común: la política aparece como un campo de tensiones inevitables entre intereses contrapuestos, pero también como un espacio donde el conflicto puede ser institucionalizado y convertido en motor de estabilidad y prosperidad.

Declarar muerto a Maquiavelo es declarar no haber leído ni al primero ni al segundo. O quizás es haber leído (y muy bien) solo al primero, pues en cierto modo no hay nada más «maquiavélico» que un político declarándose bueno. ¿Por qué? Porque leída «entre líneas», esa declaración es una operación estratégica destinada a producir confianza, a ocupar el lugar de quien habla «más allá» del cálculo mientras calcula con extrema precisión.

La política no deja de ser maquiavélica cuando lo proclama: lo es precisamente cuando finge haber dejado de serlo, tal y como nos lo recordaba alguna vez en Madrid el profesor Fernando Vallespín. Porque, en efecto, Maquiavelo, o la política maquiavélica, ni se ha muerto ni se va a morir. Lo único que pasó es que aprendió a hablar el lenguaje de la moral pública y a posar para las cámaras.

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