El pasado 14 de marzo falleció Jürgen Habermas, un “rockstar” de la filosofía. Las redes sociales estallaron con la noticia de su partida a los 96 años. Fue un autor prolífico. Escribió decenas de libros, incluso durante sus últimos años. En 2024 publicó una nueva versión de los dos tomos de Una historia de la filosofía. Es uno de los autores más citados en el mundo de las humanidades, incluso por encima de Freud y Kant. Algunos lo consideran el filósofo más importante de la posguerra. Habermas obtuvo su doctorado en filosofía de la universidad de Bonn, dirigió el Instituto Max Planck y fue catedrático de la universidad de Frankfurt. Se le conoce como uno de los mayores exponentes de la famosa escuela de Frankfurt. No solo era un teórico sino también un activista. Participó en fuertes debates y controversias políticas y filosóficas; una de ellas con Joseph Ratzinger, quien luego se convirtió en el papa Benedicto XVI.
Entre sus principales apuestas estuvo la construcción de una democracia deliberativa, es decir, que la legitimidad de las decisiones se debe basar en la existencia de una discusión abierta y objetiva entre los ciudadanos. Decía que “la democracia no se sostiene solo con leyes o instituciones; vive de la participación de ciudadanos que discuten, que argumentan y que están dispuestos a escuchar razones mejores que las propias. Solo cuando el poder se somete al juicio público y a la fuerza del mejor argumento puede llamarse verdaderamente democrático”. De esta manera, la calidad de la democracia ya no está garantizada por la soberanía popular ni el funcionamiento de las instituciones, sino por el diálogo y en la fuerza de los argumentos.
Para Habermas, la democracia deliberativa es posible en un Estado liberal que permite la libre expresión. Su filosofía era antitotalitaria. Luchó contra lo que consideraba la “continua rehabilitación” de la dictadura nazi, y si bien fue considerado de izquierda, se enfrentó a estudiantes a quienes señaló de promover un fascismo de izquierda. Para él, la discusión crítica no solo debe permitirse sino fomentarse de manera pacífica. Destronó la filosofía como la reina de las humanidades para darle cabida a un abordaje interdisciplinar y estableció la comunicación como la base para superar barreras y lograr el entendimiento entre actores. Pese a haber sufrido de labio leporino, lo que le generó limitaciones al hablar, Habermas se convirtió en un experto en lingüística.
Los postulados de Habermas están más vigentes que nunca. En un mundo donde la algarabía, el irrespeto, el odio, la desinformación y la obsesión por la popularidad se han convertido en paisaje, parece revolucionario promover el diálogo, la búsqueda de consensos, la sensatez y la democracia. Larga vida al filósofo de Düsseldorf.












