Durante años, San Gil ha sido sinónimo de adrenalina. Rafting, parapente, espeleología… el municipio se ganó a pulso su lugar como capital del turismo de aventura en Colombia. Pero esta Semana Santa ha demostrado que hay otra veta, igual de poderosa, que empieza a abrirse camino con inteligencia: la cultura como motor de desarrollo turístico.
El Festival de Música Andina Colombiana y Música Sacra, impulsado por el Instituto de Cultura y Turismo de San Gil, es mucho más que una agenda de conciertos. Es una declaración de principios. Es entender que un destino no puede depender de una sola narrativa y que el verdadero valor está en diversificar su oferta para conquistar públicos distintos, con sensibilidades diferentes.
Porque mientras algunos turistas buscaban descender ríos, otros se encontraban con repertorios que elevan el espíritu. Obras de Johann Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart o Andrew Lloyd Webber resonaban en iglesias y espacios abiertos, recordándonos que la cultura también puede ser una experiencia transformadora para el visitante.
Lo más interesante no es solo la calidad del repertorio, sino la manera en que se ha democratizado el acceso a estos contenidos. Escenarios no convencionales, como la iglesia de la Divina Misericordia en la salida hacia Cabrera, se convierten en templos culturales donde un intérprete sirio como Fahed Almugawech logra conectar a los asistentes con sonoridades ancestrales a través del oud, ese instrumento que evoca la historia compartida de Oriente y Occidente.
En paralelo, agrupaciones como Incanto Lírico elevan la apuesta interpretativa con piezas exigentes como el tercer movimiento de El verano, de Antonio Vivaldi, o la sobrecogedora Lacrimosa. Y en el terreno de la música andina, la tradición y la contemporaneidad dialogan con naturalidad en las voces del dueto de los hermanos López, Sincopa2 o en la propuesta fresca y profundamente respetuosa de Katie James.
Pero si algo merece ser subrayado es el comportamiento del público. En tiempos donde la cultura muchas veces se reduce a un ruido de fondo, en San Gil está ocurriendo algo distinto: se están creando hábitos. Los asistentes no llegan a estos espacios a conversar o a distraerse; llegan a escuchar. A guardar silencio. A respetar el escenario, al artista y al momento. Y eso, en términos culturales, es quizás el mayor logro de todos.
Porque la cultura no solo se programa; se forma. Y lo que está pasando en San Gil es la siembra de una ciudadanía que entiende el valor de lo artístico como experiencia central, no como accesorio.
El cierre del festival con un homenaje a José Gerardo ‘Chepe’ Noriega no es solo un acto simbólico, es la confirmación de que hay una apuesta seria por reconocer las raíces mientras se abren puertas a nuevas influencias. Es, en esencia, una conversación entre generaciones.
Aquí hay una lección poderosa para el resto de municipios de Santander. El turismo cultural no compite con otras formas de turismo; las complementa, las enriquece, las hace más sostenibles. Un visitante que llega por aventura puede quedarse por la cultura. Y uno que llega por la cultura probablemente regresará por todo lo demás.
Santander tiene en sus provincias un potencial inmenso: iglesias, parques, teatros, tradiciones musicales, gastronomía, historia. Pero ese potencial necesita visión, articulación institucional y, sobre todo, convicción. La misma que hoy demuestra San Gil al entender que la cultura no es un gasto, sino una inversión.
Si queremos consolidarnos como un territorio competitivo, diverso y atractivo, debemos empezar a contar mejor nuestras historias. Y la cultura es, sin duda, el mejor lenguaje para hacerlo.
San Gil ya dio un paso adelante. Ojalá muchos más se atrevan a seguir ese camino.











