Nuestra crianza se dio en un ambiente tranquilo, con matoneadores, sí, porque no faltan en la historia de la humanidad, pero tranquilo en el entorno familiar y afectivo, y en el ámbito educativo, a pesar de muchísimas limitaciones, que hoy casi han desaparecido por cuenta de la tecnología y del apoyo estatal. Disfrutábamos la televisión en el único canal, que comenzaba después de las cinco de la tarde y terminaba antes de las diez de la noche. Montábamos en bicicleta, alquilada o propia, y jugábamos en patota frente a nuestras casas, ante la furia justificada de nuestros vecinos, que recibían constantes pelotazos en sus puertas, y a veces salían a gritarnos –en serio– que no fuéramos gamines (a reírnos y a correr).
Fuimos uniformados a la primaria, y sin uniforme al bachillerato, y, en la esquina, con nuestros amigos, conversábamos durante largas horas acerca de canciones de moda, de las proezas del Rey Pelé y de la ilusión truncada de haberlo visto jugando contra nuestra selección. Hablábamos de la bonhomía del negro Ibargüen y de la coja Luisa.
Nos enfrentábamos en el escenario en los concursos de intérpretes y trabajábamos en equipo y ahorrábamos para la despedida del colegio, porque el papá ni la mamá aportaban para esos encuentros. Veíamos cómo las chicas desarrollaban sus habilidades en mecanografía y taquigrafía, que de pronto se convirtieron en meca y taqui, así como para todos también la trigonometría se convirtió en trigo y comenzamos a confundir la física con la educación física.
Un día, nos vimos convertidos en adultos, y tuvimos que recurrir al análisis para entender ese nuevo lenguaje que comenzó a aparecer en nuestros oídos, recortado y extraño, que dice que los chicos admiran a nuestra sele, montan en bici, especialmente el finde, cuando no están viendo la tele, y no juegan con el parche porque están pegados al celu, ni ahorran para el prom porque pa y ma se portan bien y les suministran el billegas.
«Es la “economía del lenguaje”», me dijeron, para explicarme este desalmado hábito de recortar las palabras, pero pienso que este “concepto” debiera referirse a la pobreza del lenguaje, por esa mínima cantidad de conceptos lingüísticos que manejan nuestros muchachos, que los somete a tratar de hacerse entender con ‘algo’, ‘cosa’, ‘igual’ y a expresar sus emociones por medio de “emojis”.
Y, para completar, ellos deben ser “políticamente correctos”, así que, además de participar en festivales de la canción inglesa y en el yindéi para celebrar con los parces y hablar del compa afro y de la chica con situación de discapacidad por movilidad reducida, hay que llamarles la atención –a lo bien– para que no los comparen con personas en condición de calle.












