Todo comenzó con una carta de renuncia como candidato a la Alcaldía de Bucaramanga, como estrategia electoral, con palabras que ni su autor creyó: “Después de una profunda reflexión personal y familiar, y poniendo en primer lugar la responsabilidad, la coherencia y la honestidad que siempre he defendido, he tomado la decisión de retirar mi candidatura a la Alcaldía de Bucaramanga para las próximas elecciones atípicas”.
“Esta determinación —continuaba— responde a motivos estrictamente personales que requieren de mi tiempo, mi atención y mi compromiso. En este momento considero que la labor de servir a nuestra ciudad merece entrega total, enfoque y energía plena. Hoy, por sentido de responsabilidad, debo actuar con transparencia y sinceridad ante ustedes”. ¿Y ahora esas palabras también cayeron al vacío?
Hablo de la gestión del alcalde, pues no lo conozco personalmente, y así digan algunos asesores de Jaime Andrés Beltrán lo contrario: “Él no conoce la ciudad ni está preparado para el cargo” (Vanguardia, 5 de noviembre de 2025). Ahora bien, como nos interesa la ciudad que tanto amamos —la ciudad donde están enterrados nuestros padres y abuelos—, nos preocupa el malestar de sus habitantes, que es inmenso.
“Padecemos la movilidad tan complicada y difícil. Padecemos la baja calidad de vida. Padecemos la inseguridad. Padecemos la agresividad de sus ciudadanos. Padecemos la intolerancia y padecemos la suciedad”, dice un peatón. Y agrega: “Por eso reclamamos una ciudad con calidad de vida, donde no vivamos arrinconados por la inseguridad y la violencia”.
El plan de gobierno de Portilla pretendía “posicionar a Bucaramanga como una ciudad competitiva y moderna, a la vanguardia de las transformaciones institucionales, sociales y económicas y, sobre todo, segura para sus habitantes”. “La seguridad, la competitividad”: palabras repetidas y desgastadas. “Hoy doy un paso en firme por Bucaramanga para seguir avanzando y construyendo el proyecto de ciudad fundamentado en la seguridad, la competitividad y el valor de la gestión pública”. “No es el momento para abandonar a Bucaramanga a su suerte”, dijo también.
Que la seguridad era la prioridad del gobierno de Portilla quedó escrito en su plan de gobierno. Además, se prometía «la recuperación de parques y el control del microtráfico», que, en efecto, anda por toda la ciudad como fuente de sustento familiar.
También se habló de una supuesta “ampliación y mejora de corredores viales alternos”, ante una movilidad tan caótica, desordenada, olvidada por las políticas públicas y tomada por las motos.
El problema es que todo eso parece haberse quedado en palabras. Tanto los electores como los elegidos se olvidaron de que la ciudad no se gobernaba con eslóganes ni con promesas recicladas, y de que todo es una cuestión de resultados. Bucaramanga, hoy, no necesita más discursos sobre seguridad o competitividad; necesita pruebas de que esas palabras todavía significan algo.












